Pasan los días

El relato de alguien que intenta sobrevivir a una ruptura.

Las frías sábanas me envuelven y los días pasan, como si nada. Abro las ventanas y dejo que entre la luz. Ahí afuera, nada cambia. Pero aquí dentro, cambia todo. Han pasado varios meses sin ti y yo ya he pasado por todas las fases: odio, dolor, añoranza, melancolía, amor… Ahora ni siquiera sé en qué fase estoy. ¿O quizá me encuentro en todas? ¿Es cíclico, consiste en eso?

Pensar, “darle al coco” está sobrevalorado. Me está consumiendo y matando poco a poco, sin que apenas me dé cuenta. Porque de día sobrevivo, me alimento de emociones, guardo el equilibrio; el mar me calma, la lectura me evade, la música me distrae… Pero en cuanto llega la noche, entonces viene, sin que yo se lo pida. Viene para recordarme quién es, me aprieta entre las sábanas hasta que me asfixia. Y así, día tras día.

Abismo

Hay situaciones que no podemos controlar y, cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde.

Por más vueltas que le daba, no entendía cómo había podido llegar a aquella situación que escapaba a su control. Durante toda su vida había sido un hombre alegre y positivo, sin más pretensión que la de vivir. Tenía a su familia y a sus amigos de siempre, había alquilado junto a su pareja un bonito apartamento cerca de la playa, tenía trabajo…; pero lo que él no sabía es que lo había encontrado todo en la vida, menos a sí mismo.

Aquel día explotó. Hacía semanas que por su cabeza rondaban todo tipo de mensajes hirientes cuya propia autoría aún le costaba creer:

“Eres un fracasado.”

“No vas a ser nadie en la vida.”

“El resto de gente es mejor que tú.”

Se lo había repetido a sí mismo una y otra vez, hasta conseguir que la mentira se hiciera verdad. Al fin entendió aquella frase que había escuchado en alguna ocasión y que nunca se había tomado en serio: “estoy rodeado de gente, pero me siento solo.”

Y allí, con los pies al borde del abismo, veía a personas diminutas desde decenas de metros de altura. Por primera vez, había ganado.

Renacer

Esta joven, que se replantea su vida tras años de sufrimiento, tendrá que ser más fuerte que nunca.

Apoyada en el cristal, con la mirada perdida, notaba los fuertes latidos de su corazón y las lágrimas bañando lentamente su rostro.

Trataba de asimilar lo que acababa de ocurrir. Él le había hecho tanto daño que no podía soportarlo ni un minuto más. Se sentía humillada, frágil, sola… Aquella maleta que había traído en su momento, llena de ilusión, se acababa de vaciar por completo. Ahora solo le quedaba la rabia; y las ganas de gritar.

Había decidido que esa iba a ser la última vez que lo perdonaba, pues ya había sufrido bastante todos esos años. Sin embargo, todavía aterrada y confusa, se preguntaba cómo iba a rehacer su vida después de haberlo perdido todo por él: su adolescencia, sus primeros años de juventud y a su familia. Se había marchado de casa sin pensarlo ni un minuto, dando las mínimas explicaciones. No se lo perdonarían jamás.

Pero logró que las dudas se convirtieran en su escudo y el miedo en sus armas. Sin vacilar, apretó los puños con fuerza y volvió de nuevo a su habitación. Cuando llegó, todo a su alrededor parecía más quieto que nunca.

Tan solo cogió su maleta vacía. No iba a necesitar nada más. Se la llevó con la esperanza de llenarla de nuevo algún día.

 

Ojos tristes

Solemos pensar que el silencio o la indiferencia no significan nada, pero en ocasiones lo significan todo. Óscar sí parece entenderlo.

A sus trece años, una de las actividades que más le gustaba practicar a Óscar era montar en bicicleta. Vivía en un pueblo rodeado de sierras, donde los caminos eran perfectos para moverse con su bici de montaña e ir de acá para allá, explorando nuevos lugares.

Durante una de sus tardes de paseo encontró a un compañero de clase que también iba con su bici. Nunca se había relacionado mucho con él: era un chico bastante callado y no parecía tener muchos amigos

—¡Hola, Alfon!— le dijo.

Alfonso parecía que no se había dado cuenta de su presencia. Cuando Óscar lo saludó, se giró desorientado.

—Hola —respondió simplemente.

Después, lo miró con ojos tristes y continuó con su marcha lenta. Óscar, que iba ligeramente más rápido que él, pasó de largo por su lado y le lanzó una sonrisa mientras desaparecía entre el polvo de la tierra que su bici había levantado.

Desde esa tarde, Óscar había dejado de buscar caminos alternativos para repetir el encuentro con su compañero de colegio. Cada día que pasaba y lo saludaba, Alfonso parecía un poco menos triste. Hasta que un día, sin más, este le devolvió la sonrisa y usó por primera vez unas palabras distintas.

—A ver si me ganas… —dijo mientras aceleraba con su bici.

Óscar sonrió, lo miró unos segundos y fue tras él. Ambos empezaron a correr todo lo rápido que pudieron mientras gritaban de emoción.

A partir de entonces, ya no se volvieron a separar jamás.