Perseguidos

A las tres de la mañana, la ciudad atesora mejor que nadie los secretos más íntimos de sus habitantes. Por eso, Diana y Sebastián se mueven en ella como peces en el agua. Conduce ella con su habitual suavidad, lo que le viene muy bien a Sebastián para la traza de sus planes y, por qué no, para echar una cabezadita de vez en cuando.

—Ahí delante hay una gasolinera abierta —dice Diana.

—Vale, bajo yo a por provisiones.

—No, mejor voy yo, que quiero ir al baño. Y luego conduces tú, que estoy un poco agotada hoy.

Su mujer baja del coche y se dirige con sigilo a una zona escondida del fondo de las instalaciones. «Esos vaqueros claros le sientan bien», piensa Sebastián, que baja del vehículo y llena el depósito hasta arriba de gasolina. Después, compra agua, las chocolatinas favoritas de Diana y paga el total.

La pareja sale con su Audi azul y se pierde de nuevo en la oscuridad de la noche. Todo está en calma y en silencio. Diana cambia la lista de Spotify y se escuchan ahora bandas sonoras de películas que han visto en el cine. Del cielo caen gotas que pronto se convierten en una fina llovizna.

—Creo que ese coche nos sigue.

Sebastián mira a través del retrovisor y ve un coche oscuro que guarda una cierta distancia; es de alta gama, pero no reconoce el modelo. Hasta ese momento no le había prestado atención y se siente mal por ello. En eso Diana es mucho más avispada.

—¿Será la policía?

—¿De paisanos? ¿A estas horas? Lo dudo bastante.

Tras las palabras de su mujer, Sebastián se revuelve intranquilo. La policía estuvo detrás de ellos un tiempo, pero eso ya era agua pasada. Piensa en los últimos días de trabajo y no recuerda nada anormal. Él y su mujer cumplen con los plazos que les piden sus clientes y no tienen problemas. A no ser que…

—Cariño, se acercan más. Acelera.

Sebastián aprieta el acelerador y el coche empieza a rugir con fuerza por las calles de la ciudad. Su gran cilindrada permite que se alejen con rapidez, pero el coche que les sigue no tarda en hacer lo mismo. Sigue sin reconocer el modelo concreto, pero sí distingue que se trata de un BMW deportivo.

Ahora lo recuerda: aquella noche en que Diana y él entregaron una mercancía en la zona costera de Alicante y decidieron quedarse con una parte. Fue un trabajo puntual para un minorista al que le auguraron un futuro poco prometedor. Sin embargo, meses después se enteraron de que aquel tipo se había hecho grande.

—Los tenemos muy encima —dice ella.

Sebastián acelera todo lo que puede. La lluvia es más intensa y los coches parecen animales mojados en plena persecución. El Audi sigue con ventaja, aunque el BMW se acerca a un ritmo incesante. Diana grita cuando ve que el copiloto saca un arma por la ventana y Sebastián no duda ni un segundo en pisar con fuerza el freno.

—¡Agáchate!

Ambos coches pierden estabilidad tras el impacto, pero el Audi se hace de nuevo con el control. Los pierden de vista durante un rato y su mujer saca la pistola que tienen guardada en la guantera. La tregua dura poco, pues en tan solo un par de minutos el morro del BMW se asoma de nuevo por el retrovisor.

—Mierda —dice Diana—. ¿Ahora qué hacemos?

La respuesta que le viene a Sebastián a la cabeza es una auténtica locura, y lo sabe. Pero es su única opción. Mientras maneja con destreza su coche, dibuja un mapa mental de cómo llegar hasta el sitio. La lluvia impide que vea con claridad la carretera, pero confía en su instinto y en que su coche aguante la travesía.

—¿Vamos hacia el puente? Estás loco, Sebastián. Vamos a morir.

El copiloto del BMW vuelve a la carga y Diana se prepara. Se oyen dos disparos que pasan directos por la luna trasera del Audi. Después, reciben otro disparo en la rueda derecha. El vehículo se tambalea, pero Sebastián mantiene el control. Su mujer se asoma rápido por la ventana y dispara dos veces seguidas.
—Parece que le has dado en el brazo, bien hecho.

El conductor del BMW conduce con más agresividad y trata de alcanzar el Audi por todos los medios. Se escucha un pequeño golpe en la parte trasera del coche, que pierde la estabilidad durante unos segundos, pero Sebastián mantiene agarrado el volante con fuerza y se dirige al puente.

—¡Dispárales ahora!

Diana actúa con rapidez y dispara varias veces al BMW, que se mueve haciendo eses. Uno de los disparos alcanza al piloto y el coche se precipita hacia el lado izquierdo del puente. El choque contra la barandilla es tan fuerte, que el vehículo salta por los aires y cae de la construcción. Sebastián y su mujer gritan de emoción.
—Cielo, hoy nos hemos ganado unas chocolatinas…

Mi entrevista en Voice Radio Mx

Aquí os comparto la entrevista que realicé hace unos días con Luis Rodríguez en el programa de radio mexicano #LetrasRimadas, de #VoiceRadioMx.

En ella hablamos largo y tendido sobre mis novelas, en especial sobre “Los caminos de la lucha: Convicciones”, la que analizamos en profundidad; también hablamos un poco sobre mí y sobre literatura en general.

Espero que la disfrutéis 😉

En la boca del lobo (III)

Tercera parte de este thriller políciaco cuya protagonista es una agente de campo de la unidad antidroga.

Colgué a mi jefa y empecé a dar vueltas por la casa pensativa. Estaba claro que alguien de los nuestros estaba metido o metida en aquella red de narcotráfico llevándose un buen pellizco. Enseguida recordé aquella historia de Sito Miñanco y sus colegas gallegos, que pudieron hacer crecer sus negocios con la ayuda de algunos políticos de la época. La historia siempre se repite.

Me vino entonces a la cabeza un antiguo colega que era un hacha en el mundo del hackeo. Había sido contratado por nuestro departamento para rastrear ciertas pistas, aunque tenía que pisar la cárcel de vez en cuando por infringir multitud de leyes de seguridad cibernética. Yo sabía que para contratarlo había que pagar un precio muy alto, pero mi desesperación me obligaba a actuar.

—¿Sí?

—Hola, Fran.

—Hola, ¿quién es?

—Soy Camila.

—Ah, vaya, Camila. Cuánto tiempo sin saber de ti. ¿Qué necesitas?

Agradecí que al menos fuera directo al grano.

—Necesito pedirte un favor.

—Cuéntame, de qué se trata.

—Necesito que investigues a mi equipo.

Pasó un tiempo antes de que Fran contestara.

—Esto que me pides… no es normal.

—Lo sé, pero te necesito más que nunca, Fran. Es cuestión de vida o muerte.

—Ya, bueno. Pero ¿qué me llevo yo a cambio?

—¿Qué quieres?

—Teniendo en cuenta lo que me pides, un millón —Parecía que había terminado la frase, pero añadió rápidamente antes de que me diera tiempo a contestar—; y que me quiten los dos años de condicional.

—Eso es imposible, Fran. No sé si te das cuenta, pero de momento estoy sola en esto.

Cuando pensé en mi respuesta, me di cuenta de que mi subconsciente hablaba por mí; necesitaba a alguien de dentro, pero hasta que no averiguara quién era el traidor, no podía confiar en nadie.

—Yo no soy una ONG, Camila. Y esto que me pides no es un simple favor.

Continué dando vueltas por la habitación y me asomé al salón para observar a mi pareja mientras veía la tele.

—Déjame que negocie la reinserción. Pero de pasta, no puedo darte esa cantidad. Como mucho, dos cientos mil.

Mi colega informático no decía nada hasta que, al fin, se dispuso a hablar.

—Lo pensaré —dijo.

—Tengo prisa. Esto no puede esperar.

Lo oí resoplar y quejarse en voz baja.

—Está bien, pero averíguame lo de la cárcel cuanto antes.

—De acuerdo.

—Otra cosa más —dijo.

—¿Qué?

—Quiero tu moto.

“¡No, mi Harley querida, no!”, pensé conteniendo mi rabia.

—Está bien.

Tras varias horas de espera y a punto de rozar la desesperación, al fin recibí una llamada.

—¿Sí?

—Lo tengo, Camila —dijo Fran con convicción.

—¿Quién es?

—Alberto Noriega.

—No puede ser, ¿el tirillas? —le dije.

—De tirillas nada, tiene un cuerpazo.

—¿Qué has encontrado?

—Conversaciones con ellos en clave. Está metido hasta las trancas.

Tenía sentido: Alberto era un chaval recién salido del huevo que acababa de empezar con nuestra unidad. Por el momento se limitaba a oír, callar y servir cafés a sus superiores, por lo que cumplía el perfil de novato ambicioso con ansias de poder.

—Gracias, Fran. Tus papeles están en marcha. Y de la pasta… y la moto, hablaremos.

Por suerte, moverse en esos lares y conocer a la gente de los tribunales también tenía sus ventajas, y con un par de llamadas más un favor a devolver logré que tramitaran la reinserción de mi colega.

Una vez terminada la conversación con Fran le di un beso a mi pareja para despedirme. Solo le dije que tenía que irme, una frase que estaba más que acostumbrado a escuchar y que ni siquiera me replicaba. Sin embargo, esta vez me contestó un “ten cuidado” que me dejó helada.

Sorteo de tres ejemplares de “Los caminos de la lucha” en Instagram

Esta semana os invito a participar en el sorteo de tres ejemplares en papel de mi novela “Los caminos de la lucha: convicciones”. Para participar tenéis que seguir estos dos sencillos pasos:

1. Seguirme en  mi perfil de Instagram (@aitanamoralestrocoli)

2. Comentar la publicación del sorteo en Instagram etiquetando a dos amig@s.

¿Fácil, verdad? El martes 5 de marzo a las 23:59 finalizará el sorteo. Y el miércoles 6 de marzo publicaremos en Instagram el nombre de las tres personas ganadoras que disfrutarán de este thriller de infarto.

NOTA: solo válido para ESPAÑA.

¡Empieza el sorteo! ¡Suerte! 😉

El ritual (II)

Continuación de “El ritual (I)”, un relato de suspense donde se interpone la ambición de poder.

De rodillas frente a él se encontraba el hombre que había cambiado su vida; para bien y para mal. Pero, lejos de mostrar esos aires de suficiencia y de soberbia de cuando se encontraron por primera vez, esta vez sus ojos reflejaban el peor de los miedos, el miedo a morir.

Aquel hombre que lo tenía todo y que había intentado utilizarlo a él como a otro de sus secuaces, se había equivocado. Lo había subestimado. Su traje ya no estaba impecable, sino sucio y arrugado; su pelo ya no estaba perfectamente peinado, sino manchado de sudor y sangre; intentaba mostrarse imponente, pero su voz temblorosa lo delataba:

—Te estás equivocando —dijo—. En cuanto vean lo que has hecho irán a por ti.

—Puede ser —le contestó el joven con la pistola apuntando a su cabeza—. Pero también es posible que les esté haciendo un favor a todos. Seguramente te odien hasta la médula y no hayan tenido el valor para matarte aún. Pero yo no te tengo miedo.

—¿¡Qué estás diciendo, chaval!? —respondió nervioso, como una presa que no tiene escapatoria—. Ellos no son nadie sin mí. Ni tú tampoco —decía mientras intentaba desatarse las cuerdas de las manos sin éxito—. Si no me hubieras conocido no tendrías donde caer muerto. ¿De dónde es has sacado esa pistola, eh? ¡Mía! ¡Es mía! ¡Yo te la di!

Cansado de oír sus palabras, le disparó. Después miró sus propias manos manchadas de muerte y pensó en repetir de nuevo el ritual; aquel que empezaría a practicar (desde ese día) con asiduidad.

El ritual (I)

Este joven experimenta el poder del dinero fácil y ahora debe tomar una importante decisión.

El agua en movimiento lo atrapa. Nadie sabe dónde está, y así pretende que siga siendo. Solo pide un poco de soledad para pensar en lo acontecido durante las últimas horas. Tiene que decidir qué hacer: una elección nada fácil para él. El cielo se oscurece, pero el último color en desaparecer es el rojo, como el de la sangre de sus manos. Se las ha lavado varias veces en el agua del mar, como si así siguiera una especie de ritual; pero aún así se siente sucio.

Es la primera vez que asesina a alguien. No puede negar haberse sentido poderoso por un instante, cuando sostenía el arma apuntando a su víctima. El horror de sus ojos lo había hecho sentir como un depredador en medio de la selva. El disparo le costó menos de lo que esperaba, pero fue después cuando reaccionó ante el cuerpo sin vida que tenía delante. Se sintió como un monstruo sin alma pero, al mismo tiempo, se sintió bien.

Lo había hecho por dinero. Quienes lo contrataron le pagaban una gran suma con la que podría vivir durante dos o tres años viajando por toda Europa, como siempre había querido. Ellos se lo vendieron como el verdadero paraíso. Pero no todo podía ser tan fácil: querían más de él y no lo iban a dejar marchar. Matando a ese pobre diablo se había convertido automáticamente en uno de ellos y ahora tenía dos opciones: huir o jugar su juego.

Se levantó de la piedra en la que estaba postrado y fue en busca de su pistola. Comenzaba su plan.

En la boca del lobo (II)

Esta es la segunda parte de “En la boca del lobo (I)”, un relato inspirado en el thriller policíaco.

Salimos con cautela de nuestro hogar y lo dejamos todo tal cual. Yo apuntaba hacia las escaleras mientras esperábamos llegar los ascensores y rezaba para no encontrarnos con ningún vecino. Mi pareja me miraba sin decir nada. Una vez llegamos a la planta baja, salimos al rellano de la calle y, aunque no parecía haber una sola alma por allí, yo sabía que teníamos a alguien cerca. Abrí la puerta exterior con cuidado y apunté con mi pistola medio escondida en la chaqueta. Allí estaba la furgoneta prometida y no parecía haber nadie alrededor. El copiloto salió con discreción de la furgoneta y nos abrió la puerta trasera para que entráramos.

Primero entró mi pareja. Después salí yo del portal mientras agudizaba mis sentidos en todas direcciones y cuando estaba a punto de entrar en el vehículo se oyeron dos disparos muy de cerca. El copiloto cayó al suelo en un intento de disparar hacia la acera de enfrente y meterse en la furgoneta. ¡No!”, grité mientras me agachaba y corría hacia la puerta abierta del vehículo. Volvieron a disparar, pero logré esconderme detrás de la puerta. Después, me asomé con decisión hacia el lugar de donde provenían los disparos y vi la cabeza de un hombre sobresalir detrás de un coche. Estaba apuntando con su pistola hacia nuestro conductor, pero yo fui más rápida y le disparé en la frente. 

La furgoneta ya había arrancado. Me metí dentro con rapidez y cerré las puertas, lancé a mi pareja al suelo y lo cubrí con mi cuerpo. Hubo más disparos que agujerearon la chapa de nuestro vehículo, pero por suerte no nos alcanzó ninguno más. Seguramente alguien de mi unidad ya había intervenido. Cuando nos alejamos de allí me senté en el suelo y comprobé que todos estábamos bien. Yo aún respiraba con dificultad por la fatiga y mi conciencia se iba hecha añicos tras haber dejado allí a mi compañero. Porque, a esas alturas, poco podrían hacer por él.

¿Cómo es que habían descubierto mi verdadera identidad? Quizá mi compañero de operaciones (que había fallecido hacía unas semanas) y yo habíamos metido demasiado nuestras narices en aquella red de narcotráfico. Estábamos tan cerca que sentíamos el calor de las llamas, pero no podíamos echarnos atrás. Ya era tarde. Nos habíamos hecho pasar por dos contactos de otra red de narcos interesados en hacer negocios con ellos para introducir su droga en la costa de Murcia y, con ello, hacer crecer sendos negocios.

En la casa que nos habían acondicionado para permanecer encerrados sin salir hasta nuevo aviso, hablaba con mi jefa por teléfono desde la habitación mientras observaba a mi pareja leyendo un periódico en el sofá. Parecía más tranquilo que yo, aunque bien es cierto que él no solía mostrarse tenso cuando lo estaba de verdad. Yo no hacía más que darle vueltas al asunto: iban a por mí y no pararían hasta encontrarme. Además, daba por hecho que a mi casa ya no podríamos volver nunca más.

—Cocaína, hachís, marihuana y speed. Están creando todo un imperio estos cabrones —le dije en voz baja.

—Piensa, Camila, tenemos que averiguar la dirección del lugar de producción.

—¡TE DIGO QUE NO LO SÉ! —Yo misma me di cuenta de que había gritado demasiado y bajé el volumen—. Íbamos a reunirnos con dos de ellos en un punto la tarde en que mataron a Ángel. Nos los habíamos ganado ya por completo, pero alguien les dio el soplo de quiénes éramos y fueron a por nosotros. Solo te puedo decir que el punto de encuentro era el Palmeral de Elche, pero eso no tiene por qué significar nada.

Sabíamos que esa gente era peligrosa, pues acumulaban centenares de armas y tenían a su disposición toda una tropa de matones y chivatos repartidos por Alicante, pero de ahí a matar a dos de los nuestros sin pestañear, era cruzar una barrera importante. Estábamos a punto de desmontar el corazón de sus negocios y eso les estaba molestando. Ya conocíamos sus caras y sus nombres y, desde luego, actuaban así porque estaban desesperados o porque se creían intocables, en cuyo caso significaba que había más gente en su bando de la que nos imaginábamos.

—Tiene que ser alguien de los nuestros.

—No puede ser, Camila. Eso es imposible.

—¡No me toques las narices, María! Que no somos monjas de la caridad. Hay que averiguar lo que está pasando y deshacerse de esa escoria cuanto antes, porque mientras tanto voy a tener que quedarme aquí encerrada poniendo en peligro la vida de mi familia —Colgué el teléfono y miré con una mezcla de tristeza y culpabilidad al hombre de mi vida.