Las noches que te pierdo

El silencio y la oscuridad invitan a Clara a encontrarse con los peores fantasmas: los de la soledad.

<<No existe peor pesadilla que la que soñamos despiertos>>, piensa Clara mientras intenta dormir sin éxito. Son varias las noches sin pegar ojo, dándole vueltas al mismo tema. La oscuridad no la ayuda. El silencio, tampoco. Su pareja descansa a su lado: parece que no le afecta nada de lo que está sucediendo; parece tranquilo. ¿Acaso es Clara la que está exagerando?

A él casi siempre se le olvida (o eso quiere creer ella) darle el beso de buenos días mientras desayuna tostadas con mantequilla. Ya no existe el abrazo cálido que se daban por las tardes cuando se encontraban en casa después de trabajar. Eso lo echa mucho de menos. En las conversaciones solo hay números y responsabilidades. En la cama hay dos extraños.

Ella asume su parte de culpa: demasiado trabajo y notificaciones que atender como para sentarse a hablarlo. Demasiado temor a que se acabe del todo. Porque con cada nueva discusión que tienen parece que su distancia se multiplica de forma exponencial. Porque cada vez lo siente más lejos y eso la reconcome por dentro. <<¿Qué nos ha pasado, mi amor? Siento en las noches que te pierdo>>, susurra en voz baja mientras se coloca frente a él.

Lo observa en silencio sin poder verlo, y sin juzgarlo por nada más que su respiración. Empieza a acariciar su cabello fuerte y aterciopelado que todavía huele a jabón. Él, ante su contacto, parece despertar de su profundo sueño.

—¿Estás bien? —le pregunta con voz ronca.

—Sí, solo que no puedo dormir.

—Anda, ven, intenta relajarte —le responde él mientras la arropa con sus brazos y añade—. Lo siento, cariño, saldremos de esta.

Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos. Aún se quieren.

Renacer

Esta joven, que se replantea su vida tras años de sufrimiento, tendrá que ser más fuerte que nunca.

Apoyada en el cristal, con la mirada perdida, notaba los fuertes latidos de su corazón y las lágrimas bañando lentamente su rostro.

Trataba de asimilar lo que acababa de ocurrir. Él le había hecho tanto daño que no podía soportarlo ni un minuto más. Se sentía humillada, frágil, sola… Aquella maleta que había traído en su momento, llena de ilusión, se acababa de vaciar por completo. Ahora solo le quedaba la rabia; y las ganas de gritar.

Había decidido que esa iba a ser la última vez que lo perdonaba, pues ya había sufrido bastante todos esos años. Sin embargo, todavía aterrada y confusa, se preguntaba cómo iba a rehacer su vida después de haberlo perdido todo por él: su adolescencia, sus primeros años de juventud y a su familia. Se había marchado de casa sin pensarlo ni un minuto, dando las mínimas explicaciones. No se lo perdonarían jamás.

Pero logró que las dudas se convirtieran en su escudo y el miedo en sus armas. Sin vacilar, apretó los puños con fuerza y volvió de nuevo a su habitación. Cuando llegó, todo a su alrededor parecía más quieto que nunca.

Tan solo cogió su maleta vacía. No iba a necesitar nada más. Se la llevó con la esperanza de llenarla de nuevo algún día.

 

Ojos tristes

Solemos pensar que el silencio o la indiferencia no significan nada, pero en ocasiones lo significan todo. Óscar sí parece entenderlo.

A sus trece años, una de las actividades que más le gustaba practicar a Óscar era montar en bicicleta. Vivía en un pueblo rodeado de sierras, donde los caminos eran perfectos para moverse con su bici de montaña e ir de acá para allá, explorando nuevos lugares.

Durante una de sus tardes de paseo encontró a un compañero de clase que también iba con su bici. Nunca se había relacionado mucho con él: era un chico bastante callado y no parecía tener muchos amigos

—¡Hola, Alfon!— le dijo.

Alfonso parecía que no se había dado cuenta de su presencia. Cuando Óscar lo saludó, se giró desorientado.

—Hola —respondió simplemente.

Después, lo miró con ojos tristes y continuó con su marcha lenta. Óscar, que iba ligeramente más rápido que él, pasó de largo por su lado y le lanzó una sonrisa mientras desaparecía entre el polvo de la tierra que su bici había levantado.

Desde esa tarde, Óscar había dejado de buscar caminos alternativos para repetir el encuentro con su compañero de colegio. Cada día que pasaba y lo saludaba, Alfonso parecía un poco menos triste. Hasta que un día, sin más, este le devolvió la sonrisa y usó por primera vez unas palabras distintas.

—A ver si me ganas… —dijo mientras aceleraba con su bici.

Óscar sonrió, lo miró unos segundos y fue tras él. Ambos empezaron a correr todo lo rápido que pudieron mientras gritaban de emoción.

A partir de entonces, ya no se volvieron a separar jamás.