Ser quien soy

Relato breve con el que me presenté al I Certamen Internacional de microrrelatos Simionema 2018

Acabar con el hartazgo de fingir. Borrar ese “yo” construido por todo el mundo, menos por mí. ¿Qué pasa si incumplo las malditas reglas no escritas?

Miro al frente y veo el mar, el único que entiende mi furia. Él recoge mis cábalas y se las lleva consigo, mientras las voces a mi alrededor intentan llevarme de vuelta.

¿Y la felicidad? No es más que otra construcción social que rompe los espejos de mi interior, sin dejar espacio a los sentimientos más recónditos, más humanos.

Vuelvo la vista al horizonte y, con la inmensidad del agua en movimiento, mis dudas se van aclarando: no quiero aparentar que soy feliz, no quiero ser como todo el mundo quiere que sea.

Quiero ser quien soy.

La cima de los sueños

Un viaje (in)alcanzable a las alturas.

Los montes escarpados se enredan entre las nubes, coronados por el sol.
Son tan altos que la vista apenas alcanza a verlos; tan oscuros en contraste con el suelo, que parecen provenir de otro universo.

El cielo es todavía de un color azul intenso, pero que se va adormeciendo por la entrada del otoño.
Y yo aquí, tan diminuto, pretendo encajar entre toda esta inmensidad, e intento tocar con los dedos lo que solo el alma puede rozar.

Lejano

Mostrar nuestras emociones parece ser un signo de debilidad, o al menos eso piensa Rober, nuestro protagonista de hoy.

Era la mujer más bella que había visto en su vida. Él mismo había pensado que sonaba a tópico, pero no podía expresarlo de otro modo; era lo que de verdad sentía al verla. Sin embargo, siempre lo hacía de puertas para adentro, pues le resultaba demasiado ridículo exteriorizar sus sentimientos.

Cuando ella se acercaba a su grupo de amigos en el bar donde solían coincidir, empezaban a sudarle las manos y su boca se quedaba entreabierta. Estaba como hipnotizado. Y mientras él miraba su sonrisa brillante, el resto de sus amigos miraba sus piernas.

Tras la retirada de la mujer más hermosa del mundo, sus manos dejaban de sudar y su boca volvía a su posición normal, si bien notaba aún su cuerpo temblar. Ese era el momento en que sus amigos empezaban con los típicos comentarios que parecían estimular sus vidas:

―Está tremenda ―decía uno.

―Yo le enseñaba cuatro cosas ―seguía el otro.

―¿Has visto cómo le han crecido las tetas, Rober?

Pero Rober ese día no quería seguirles la corriente y se quedó mirando con rabia a su amigo, que esperaba su respuesta.

―¿Quieres que te diga la verdad? ―le respondió.

Su amigo asintió confuso.

―Lo que más me gustan son sus piernas.