Lejano

Mostrar nuestras emociones parece ser un signo de debilidad, o al menos eso piensa Rober, nuestro protagonista de hoy.

Era la mujer más bella que había visto en su vida. Él mismo había pensado que sonaba a tópico, pero no podía expresarlo de otro modo; era lo que de verdad sentía al verla. Sin embargo, siempre lo hacía de puertas para adentro, pues le resultaba demasiado ridículo exteriorizar sus sentimientos.

Cuando ella se acercaba a su grupo de amigos en el bar donde solían coincidir, empezaban a sudarle las manos y su boca se quedaba entreabierta. Estaba como hipnotizado. Y mientras él miraba su sonrisa brillante, el resto de sus amigos miraba sus piernas.

Tras la retirada de la mujer más hermosa del mundo, sus manos dejaban de sudar y su boca volvía a su posición normal, si bien notaba aún su cuerpo temblar. Ese era el momento en que sus amigos empezaban con los típicos comentarios que parecían estimular sus vidas:

―Está tremenda ―decía uno.

―Yo le enseñaba cuatro cosas ―seguía el otro.

―¿Has visto cómo le han crecido las tetas, Rober?

Pero Rober ese día no quería seguirles la corriente y se quedó mirando con rabia a su amigo, que esperaba su respuesta.

―¿Quieres que te diga la verdad? ―le respondió.

Su amigo asintió confuso.

―Lo que más me gustan son sus piernas.

Otros tiempos

El concepto de “hogar” que tienen nuestras anteriores generaciones puede ser muy diferente del que tenemos ahora. Y si no, que se lo digan a Leonor.

Leonor tenía 87 años y en su corazón andaluz guardaba muchas más alegrías que penas (aunque estas últimas no habían sido pocas). Nació en una época en la que el hambre se había convertido en costumbre y en que solo existía una opción: trabajar en el campo.

Tras emigrar con su marido y sus dos hijos a tierras más prometedoras, consiguieron asentarse en una humilde casa. Una vez allí, les costó poco ser felices. Manolito —así llamaba con cariño a su marido— había encontrado un buen trabajo en una fábrica y le dijo a su mujer que no hacía falta que trabajara. Así fue como a sus dos hijos se les sumaron otras cinco criaturas (más dos intentos que no pudieron ser) y aquella pequeña morada se llenó de juegos, discusiones y generosidad entre hermanos.

Su bisnieta de ocho años le preguntaba incrédula cómo habían podido vivir tantas personas en una casa. Ella siempre le respondía que no se trataba de poder, sino de querer:

—Mira, es sencillo: los tres hombres dormían en un cuarto; tres de las mujeres en otro; y la más chica durmió en la cuna con tu abuelo y conmigo hasta los seis años. Creo que por eso no ha crecido mucho —decía mientras se reía—. Después se vino mi madre una temporada y nos tuvimos que apretar un poco, pero enseguida le hicimos hueco.

Con el vaivén de la mecedora Leonor tarareaba las coplas de su juventud y miraba a su alrededor. Su nieta tenía una casa espaciosa y bien bonita, que era como cuatro veces más grande que la suya, aunque eso no quitaba que le faltara algo de alegría, o al menos ese era su parecer.

Una tarde su nieta volvía de trabajar y se sentó a su lado para darle una noticia:

—Abuela, nos vamos a mudar a otra casa.

—Ah ¡qué bien, hija! Pero ¿no te gusta este piso? Si es precioso.

—Sí, claro que me gusta. Pero queremos tener más familia y esto se nos queda pequeño.

Leonor no dijo nada a su nieta, solamente asintió y pensó en cómo habían cambiado las cosas.

Sombras

¿El amor se puede elegir? Es lo que se pregunta esta mujer mientras duerme con su amante.

La despertó el calor de su respiración, suave y profunda, que reflejaba la complacencia de haber compartido la noche juntos. Tras observarlo durante un rato concluyó que poseía un atractivo natural del que resultaba difícil resistirse y por el cual había acabado por enésima vez, durmiendo a su lado. También era amable, sincero, divertido…; cualquiera habría matado por estar con un hombre así.

Por si fuera poco, en más de una ocasión había demostrado que la quería, pero ella, con tristeza, no podía corresponderlo. <<¿Por qué?>>, se preguntaba impulsivamente conociendo de antemano la respuesta.

Sabía que no podía desprenderse del recuerdo del único hombre al que había amado en su vida. Aquel cuyo rostro invadía su mente por completo antes y después de dormir. Aquel que con su sola presencia conseguía partir todos los planes en mil pedazos.

Qué injusto era no poder ver el cuerpo que tenía delante, sino tan solo la sombra del hombre al que de verdad quería. Así que, después de haber intentado borrarlo por todos los medios posibles, se dio cuenta de la inutilidad de escoger a alguien haciendo uso de la razón.

Era él; solamente lo amaba a él.