Agua sexy

Puedes ser natural (como él) o mostrar tan solo tu mejor versión.

Los viajes de negocios siempre le resultaban aburridos, aunque solía aprovechar el poco tiempo libre que le quedaba para disfrutar de cada ciudad que visitaba. Esta vez le había tocado una zona de playa, así que lo mejor que podía hacer era coger un libro y  pasar el atardecer a orillas del mar.

Tras un buen rato de lectura le entró la sed y se acercó al chiringuito más cercano del paseo. No llegó ni a ponerse la camiseta, tan solo llevaba el bañador y las chanclas.

Cuando la camarera se giró para atenderlo se quedó impresionado: era guapa a rabiar. Sus labios carnosos estaban pintados de rojo, al igual que sus uñas. Eso le encantaba. Ella debió de leer su mente, pues entornó sus ojos y le esbozó una sonrisa. Después, lo miró de arriba abajo y él pensó en si había hecho bien quitándose la camiseta.

—¿Qué te pongo?

—Una botella de agua, por favor.

<<Dios, ¿había algo menos sexy para pedir?>>, pensó.

La camarera volvió a sonreír.

—¿Eres de por aquí? —le dijo.

—No, he venido por temas de trabajo. Me marcho mañana.

—Bueno, tenemos algo de tiempo para conocernos— respondió ella mientras le guiñaba un ojo.  

Las noches que te pierdo

El silencio y la oscuridad invitan a Clara a encontrarse con los peores fantasmas: los de la soledad.

<<No existe peor pesadilla que la que soñamos despiertos>>, piensa Clara mientras intenta dormir sin éxito. Son varias las noches sin pegar ojo, dándole vueltas al mismo tema. La oscuridad no la ayuda. El silencio, tampoco. Su pareja descansa a su lado: parece que no le afecta nada de lo que está sucediendo; parece tranquilo. ¿Acaso es Clara la que está exagerando?

A él casi siempre se le olvida (o eso quiere creer ella) darle el beso de buenos días mientras desayuna tostadas con mantequilla. Ya no existe el abrazo cálido que se daban por las tardes cuando se encontraban en casa después de trabajar. Eso lo echa mucho de menos. En las conversaciones solo hay números y responsabilidades. En la cama hay dos extraños.

Ella asume su parte de culpa: demasiado trabajo y notificaciones que atender como para sentarse a hablarlo. Demasiado temor a que se acabe del todo. Porque con cada nueva discusión que tienen parece que su distancia se multiplica de forma exponencial. Porque cada vez lo siente más lejos y eso la reconcome por dentro. <<¿Qué nos ha pasado, mi amor? Siento en las noches que te pierdo>>, susurra en voz baja mientras se coloca frente a él.

Lo observa en silencio sin poder verlo, y sin juzgarlo por nada más que su respiración. Empieza a acariciar su cabello fuerte y aterciopelado que todavía huele a jabón. Él, ante su contacto, parece despertar de su profundo sueño.

—¿Estás bien? —le pregunta con voz ronca.

—Sí, solo que no puedo dormir.

—Anda, ven, intenta relajarte —le responde él mientras la arropa con sus brazos y añade—. Lo siento, cariño, saldremos de esta.

Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos. Aún se quieren.

Labios distintos

En el momento menos pensado nuestra vida puede dar un giro radical, como le sucede a la protagonista de esta historia.

Todo empezó entre botellas de alcohol y música animada. Tras varios tragos, alguien propuso jugar a los desafíos. <<¡Vaya chorrada de adolescentes!>>, pensó. Sin embargo, ella no sabía que aquel dichoso juego iba a cambiar su vida.

Cuando la retaron a besar a otra mujer del grupo se negó de inmediato con actitud agresiva. Estaba a punto de marcharse de aquella estúpida fiesta que no le aportaba nada hasta que alguien dijo las palabras mágicas:

—¡Eres una cobarde!

Se paró en seco y volvió sobre sus pasos decidida. Siempre había sido la tímida del grupo y quería mostrar que era capaz de vencer su vergüenza.

—Que sí… Un pico y me largo a casa.

El alcohol contribuyó a que se lanzara de forma impulsiva hacia su amiga. Al rozar ambas bocas, su instinto hizo que se mantuvieran unidas. Descubrió que le estaba excitando besarla, aunque el resto de gente empezó a gritar y a echarse las manos a la cabeza mostrando su decepción. Entonces quiso apartarse de ella, pero no podía; una fuerza extraña se lo impedía.

Sus manos sudaban, sus mejillas ardían, estaba agobiada y no podía separar su boca de la de su amiga, hasta que despertó sobresaltada del sueño que había parecido una pesadilla. Se incorporó y rumió durante horas sobre la cama. Llevaba toda la vida engañándose a sí misma: aquellos no eran unos labios distintos. Aquellos labios le gustaban.

Se levantó de la cama decidida a contarlo, a ser ella misma y a dejar de esconderse. Lloró de emoción al pensarlo: empezaba a ser libre.