Ilusiones

Una joven pide consejo en una reveladora tarde de domingo. ¿Conseguirá resolver sus dudas?

Cada tarde de domingo que salía a correr la encontraba sentada en el mismo banco, frente a aquel pequeño universo de agua. Era un parque inmenso, pero ambas compartían el don de la rutina y desde hacía tiempo se había convertido en una costumbre: la joven apuraba su marcha, estiraba sus músculos y se subía la cremallera de la chaqueta para no helarse. La anciana la miraba sonriente y hacía un hueco a su lado para que se sentara. Durante un rato el silencio las acompañaba, hasta que la joven se disponía a hablar.

—He tenido una semana reveladora —dijo—: creo que, por fin, he madurado.

La mujer la escuchaba con atención, a pesar de que seguía mirando el agua fijamente.

—Estoy enamorada —continuó la joven—, pero me he dado cuenta de que el amor ya no es un pilar tan importante en mi vida. Ahora quiero realizar otras actividades que me llenen, como estudiar, viajar, leer…; luchar por tener una vida plena, pero sin necesidad de depender de nadie más que de mí.

—Comprendo. ¿Y qué problema hay con eso, cielo? —preguntó la anciana.

—Pues que por un lado estoy feliz, porque he ganado confianza en mí misma y ahora tengo las cosas más claras pero, por otro lado, tengo miedo de las consecuencias de este cambio. ¿Significa que perderé las ilusiones de mi juventud, que dejaré de <<sentir>> como lo hacía antes?

La anciana esbozó una pequeña sonrisa y dejó de fijar su vista al frente para mirarla.

—Significa que has aceptado que estás sola frente a este mundo. No debes tener miedo.

Por ti

Una carta dirigida al amor.

De niña te imaginaba como en un cuento de hadas, de vivos colores y lleno de fantasía. Tus finales felices perduraban para toda la vida. Eras belleza y perfección. La perfecta mentira. Eras el que más protagonismo tenía en todas y cada una de mis historias.

De adolescente eras obsesión, posesión, desconocimiento. Te recordaba en cada suspiro y rostro que se me antojaba; te quería todo entero para mí. Una vez, sin embargo, llegó el día y apareciste sin que te lo pidiera…; viniste con la intención de quedarte, pero me engañaste. Todavía recuerdo cuánto me hiciste sufrir…

De adulta te ando buscando en varios frentes, siempre desde el miedo y la desconfianza. En algunos voy ganando y en otros voy perdiendo. Aunque te he sentido varias veces, muchas han sido a lo lejos. No obstante, ahora te siento muy cerca. Quizá demasiado. Porque quemas, dueles. Permito que hagas y deshagas como quieras. Te consiento más que antes.

De anciana deseo que estés presente en mi vida, en cada gesto, en cada sonrisa. Te quiero sincero, no interesado ni fingido. Espero que cuides de mí y que jamás me abandones, pues serás de lo poco que me quedará por vivir. Nunca me olvides y yo haré lo propio contigo. Porque mi intención es cerrar los ojos sonriendo por ti.

Agua sexy

Puedes ser natural (como él) o mostrar tan solo tu mejor versión.

Los viajes de negocios siempre le resultaban aburridos, aunque solía aprovechar el poco tiempo libre que le quedaba para disfrutar de cada ciudad que visitaba. Esta vez le había tocado una zona de playa, así que lo mejor que podía hacer era coger un libro y  pasar el atardecer a orillas del mar.

Tras un buen rato de lectura le entró la sed y se acercó al chiringuito más cercano del paseo. No llegó ni a ponerse la camiseta, tan solo llevaba el bañador y las chanclas.

Cuando la camarera se giró para atenderlo se quedó impresionado: era guapa a rabiar. Sus labios carnosos estaban pintados de rojo, al igual que sus uñas. Eso le encantaba. Ella debió de leer su mente, pues entornó sus ojos y le esbozó una sonrisa. Después, lo miró de arriba abajo y él pensó en si había hecho bien quitándose la camiseta.

—¿Qué te pongo?

—Una botella de agua, por favor.

<<Dios, ¿había algo menos sexy para pedir?>>, pensó.

La camarera volvió a sonreír.

—¿Eres de por aquí? —le dijo.

—No, he venido por temas de trabajo. Me marcho mañana.

—Bueno, tenemos algo de tiempo para conocernos— respondió ella mientras le guiñaba un ojo.  

Las noches que te pierdo

El silencio y la oscuridad invitan a Clara a encontrarse con los peores fantasmas: los de la soledad.

<<No existe peor pesadilla que la que soñamos despiertos>>, piensa Clara mientras intenta dormir sin éxito. Son varias las noches sin pegar ojo, dándole vueltas al mismo tema. La oscuridad no la ayuda. El silencio, tampoco. Su pareja descansa a su lado: parece que no le afecta nada de lo que está sucediendo; parece tranquilo. ¿Acaso es Clara la que está exagerando?

A él casi siempre se le olvida (o eso quiere creer ella) darle el beso de buenos días mientras desayuna tostadas con mantequilla. Ya no existe el abrazo cálido que se daban por las tardes cuando se encontraban en casa después de trabajar. Eso lo echa mucho de menos. En las conversaciones solo hay números y responsabilidades. En la cama hay dos extraños.

Ella asume su parte de culpa: demasiado trabajo y notificaciones que atender como para sentarse a hablarlo. Demasiado temor a que se acabe del todo. Porque con cada nueva discusión que tienen parece que su distancia se multiplica de forma exponencial. Porque cada vez lo siente más lejos y eso la reconcome por dentro. <<¿Qué nos ha pasado, mi amor? Siento en las noches que te pierdo>>, susurra en voz baja mientras se coloca frente a él.

Lo observa en silencio sin poder verlo, y sin juzgarlo por nada más que su respiración. Empieza a acariciar su cabello fuerte y aterciopelado que todavía huele a jabón. Él, ante su contacto, parece despertar de su profundo sueño.

—¿Estás bien? —le pregunta con voz ronca.

—Sí, solo que no puedo dormir.

—Anda, ven, intenta relajarte —le responde él mientras la arropa con sus brazos y añade—. Lo siento, cariño, saldremos de esta.

Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos. Aún se quieren.

Labios distintos

En el momento menos pensado nuestra vida puede dar un giro radical, como le sucede a la protagonista de esta historia.

Todo empezó entre botellas de alcohol y música animada. Tras varios tragos, alguien propuso jugar a los desafíos. <<¡Vaya chorrada de adolescentes!>>, pensó. Sin embargo, ella no sabía que aquel dichoso juego iba a cambiar su vida.

Cuando la retaron a besar a otra mujer del grupo se negó de inmediato con actitud agresiva. Estaba a punto de marcharse de aquella estúpida fiesta que no le aportaba nada hasta que alguien dijo las palabras mágicas:

—¡Eres una cobarde!

Se paró en seco y volvió sobre sus pasos decidida. Siempre había sido la tímida del grupo y quería mostrar que era capaz de vencer su vergüenza.

—Que sí… Un pico y me largo a casa.

El alcohol contribuyó a que se lanzara de forma impulsiva hacia su amiga. Al rozar ambas bocas, su instinto hizo que se mantuvieran unidas. Descubrió que le estaba excitando besarla, aunque el resto de gente empezó a gritar y a echarse las manos a la cabeza mostrando su decepción. Entonces quiso apartarse de ella, pero no podía; una fuerza extraña se lo impedía.

Sus manos sudaban, sus mejillas ardían, estaba agobiada y no podía separar su boca de la de su amiga, hasta que despertó sobresaltada del sueño que había parecido una pesadilla. Se incorporó y rumió durante horas sobre la cama. Llevaba toda la vida engañándose a sí misma: aquellos no eran unos labios distintos. Aquellos labios le gustaban.

Se levantó de la cama decidida a contarlo, a ser ella misma y a dejar de esconderse. Lloró de emoción al pensarlo: empezaba a ser libre.