El instinto

Primer piso. Portal número 7. La puerta derecha entreabierta. En el suelo un cadáver en decúbito prono. La víctima, una mujer joven vestida con falda y botines. No hay signos aparentes de violación o robo, por lo que parece un asesinato premeditado o promovido por motivos personales. «Otro caso de violencia de género no, por favor. Me ponen de muy mal humor», piensa la inspectora.

Ella y su compañero se acercan a la zona de la cabeza; su rostro delata unos treinta años de edad y el cuello presenta un corte transversal fino. «Seguramente murió asfixiada por un alambre», comenta su compañero. Su frente y sus manos están llenas de heridas. La víctima luchó antes de morir.

¿Entraba en casa justo cuando apareció su asesino? A priori no parece lógico, según piensa la inspectora, pues el ruido que habrían hecho a esas horas habría alertado a los vecinos. No obstante, si el asesino era rápido y fuerte, quizá pudo pasar desapercibido.

Otra posibilidad era que la mujer estuviese saliendo de casa y el asesino aprovechara para bloquearla cuando abrió la puerta. El instinto normalmente nos hace huir hacia un lugar seguro para escondernos, por lo que, al verse acorralada, la víctima intentó cerrar la puerta en las narices de quien la intentaba atacar.

No lo consiguió. En cualquier caso, la inspectora se encontraba ante otra víctima más que no había conseguido ganar la batalla.

Vacaciones

Terminamos la relación pocos días antes. Era tóxica a niveles escandalosos, pero no sé por qué había tardado tanto en dar el paso. En otras ocasiones no había dudado ni un segundo, pero este chico egocéntrico e inmaduro me había atrapado con su palabrería barata y sus regalos insulsos.

Conducía el coche a un ritmo regular y tranquilo por las carreteras secundarias del norte de España. Era agosto, y por fin disfrutaba de mis ansiadas vacaciones. Esta vez decidí irme sola, pues me apetecía perderme entre la naturaleza y las playas semisalvajes para meditar.

Lo que más necesitaba en esos momentos era pensar con calma y hacer un balance de mi vida. Siempre eran las vísceras y las corazonadas las que hablaban por mí, así que tenía que ser más objetiva (o al menos eso era lo que decían los coaches vendehúmos de internet).

Tras regresar de mis pensamientos fugaces, me adentré en un puerto de montaña neblinoso con unas vistas espectaculares y decidí parar a tomar algo para reponer fuerzas mientras disfrutaba del paisaje. Tomé un refresco y un sándwich vegetal del hostal donde había pasado la noche y me sentí como nueva.

De forma repentina y por inercia miré el móvil sin cobertura y, para mi sorpresa, había un mensaje de él que no había visto aún:

«No puedo vivir sin ti. Por favor, dame otra oportunidad. Te quiero».

Mientras me reía y recordaba cuántas veces había leído mensajes así, apagué el móvil y lo lancé dentro de la mochila. «Qué original», pensé en voz alta.

Después, hice algunas anotaciones en mi libreta y respiré profundo durante unos minutos antes de volver a la carretera. Proseguí la marcha con el coche a un ritmo pausado; el camino seguía descendiendo por el puerto de montaña hasta llegar a un pueblecito pesquero impresionante, de los que te oprimen el corazón cuando lo ves por primera vez.

Una vez asentada en aquel lugar idílico (por un precio más que asequible), decidí dar una vuelta y estirar las piernas. El verde de la vegetación frondosa se reflejaba en el azul del mar y los colores variopintos de las casas aportaban una gracia y alegría especial al horizonte. Definitivamente, había escogido un lugar perfecto para desconectar.

Me senté en una terraza cercana a la playa a disfrutar de un delicioso café. La tarde soleada comenzaba a desaparecer y el fresco se empezaba a sentir en la piel. Después, cuando me disponía a leer el último libro que había comprado en mi reader, mis ojos desviaron la atención hacia un chico sentado en otra mesa. Debía de tener más o menos mi edad y era bastante atractivo.

«No has venido a este pueblo perdido del mundo para esto», dijo mi incipiente parte racional. Volví a intentar prestar atención al libro y di un sorbo al café, pero comencé a plantearme qué podía hacer aquel chico solo en medio una playa del norte. «Quizás está aquí por el mismo motivo que tú», pensé mientras me centraba de nuevo en la lectura y lo miraba de reojo al mismo tiempo.

El ritual (I)

Este joven experimenta el poder del dinero fácil y ahora debe tomar una importante decisión.

El agua en movimiento lo atrapa. Nadie sabe dónde está, y así pretende que siga siendo. Solo pide un poco de soledad para pensar en lo acontecido durante las últimas horas. Tiene que decidir qué hacer: una elección nada fácil para él. El cielo se oscurece, pero el último color en desaparecer es el rojo, como el de la sangre de sus manos. Se las ha lavado varias veces en el agua del mar, como si así siguiera una especie de ritual; pero aún así se siente sucio.

Es la primera vez que asesina a alguien. No puede negar haberse sentido poderoso por un instante, cuando sostenía el arma apuntando a su víctima. El horror de sus ojos lo había hecho sentir como un depredador en medio de la selva. El disparo le costó menos de lo que esperaba, pero fue después cuando reaccionó ante el cuerpo sin vida que tenía delante. Se sintió como un monstruo sin alma pero, al mismo tiempo, se sintió bien.

Lo había hecho por dinero. Quienes lo contrataron le pagaban una gran suma con la que podría vivir durante dos o tres años viajando por toda Europa, como siempre había querido. Ellos se lo vendieron como el verdadero paraíso. Pero no todo podía ser tan fácil: querían más de él y no lo iban a dejar marchar. Matando a ese pobre diablo se había convertido automáticamente en uno de ellos y ahora tenía dos opciones: huir o jugar su juego.

Se levantó de la piedra en la que estaba postrado y fue en busca de su pistola. Comenzaba su plan.

En la boca del lobo (II)

Esta es la segunda parte de “En la boca del lobo (I)”, un relato inspirado en el thriller policíaco.

Salimos con cautela de nuestro hogar y lo dejamos todo tal cual. Yo apuntaba hacia las escaleras mientras esperábamos llegar los ascensores y rezaba para no encontrarnos con ningún vecino. Mi pareja me miraba sin decir nada. Una vez llegamos a la planta baja, salimos al rellano de la calle y, aunque no parecía haber una sola alma por allí, yo sabía que teníamos a alguien cerca. Abrí la puerta exterior con cuidado y apunté con mi pistola medio escondida en la chaqueta. Allí estaba la furgoneta prometida y no parecía haber nadie alrededor. El copiloto salió con discreción de la furgoneta y nos abrió la puerta trasera para que entráramos.

Primero entró mi pareja. Después salí yo del portal mientras agudizaba mis sentidos en todas direcciones y cuando estaba a punto de entrar en el vehículo se oyeron dos disparos muy de cerca. El copiloto cayó al suelo en un intento de disparar hacia la acera de enfrente y meterse en la furgoneta. ¡No!”, grité mientras me agachaba y corría hacia la puerta abierta del vehículo. Volvieron a disparar, pero logré esconderme detrás de la puerta. Después, me asomé con decisión hacia el lugar de donde provenían los disparos y vi la cabeza de un hombre sobresalir detrás de un coche. Estaba apuntando con su pistola hacia nuestro conductor, pero yo fui más rápida y le disparé en la frente. 

La furgoneta ya había arrancado. Me metí dentro con rapidez y cerré las puertas, lancé a mi pareja al suelo y lo cubrí con mi cuerpo. Hubo más disparos que agujerearon la chapa de nuestro vehículo, pero por suerte no nos alcanzó ninguno más. Seguramente alguien de mi unidad ya había intervenido. Cuando nos alejamos de allí me senté en el suelo y comprobé que todos estábamos bien. Yo aún respiraba con dificultad por la fatiga y mi conciencia se iba hecha añicos tras haber dejado allí a mi compañero. Porque, a esas alturas, poco podrían hacer por él.

¿Cómo es que habían descubierto mi verdadera identidad? Quizá mi compañero de operaciones (que había fallecido hacía unas semanas) y yo habíamos metido demasiado nuestras narices en aquella red de narcotráfico. Estábamos tan cerca que sentíamos el calor de las llamas, pero no podíamos echarnos atrás. Ya era tarde. Nos habíamos hecho pasar por dos contactos de otra red de narcos interesados en hacer negocios con ellos para introducir su droga en la costa de Murcia y, con ello, hacer crecer sendos negocios.

En la casa que nos habían acondicionado para permanecer encerrados sin salir hasta nuevo aviso, hablaba con mi jefa por teléfono desde la habitación mientras observaba a mi pareja leyendo un periódico en el sofá. Parecía más tranquilo que yo, aunque bien es cierto que él no solía mostrarse tenso cuando lo estaba de verdad. Yo no hacía más que darle vueltas al asunto: iban a por mí y no pararían hasta encontrarme. Además, daba por hecho que a mi casa ya no podríamos volver nunca más.

—Cocaína, hachís, marihuana y speed. Están creando todo un imperio estos cabrones —le dije en voz baja.

—Piensa, Camila, tenemos que averiguar la dirección del lugar de producción.

—¡TE DIGO QUE NO LO SÉ! —Yo misma me di cuenta de que había gritado demasiado y bajé el volumen—. Íbamos a reunirnos con dos de ellos en un punto la tarde en que mataron a Ángel. Nos los habíamos ganado ya por completo, pero alguien les dio el soplo de quiénes éramos y fueron a por nosotros. Solo te puedo decir que el punto de encuentro era el Palmeral de Elche, pero eso no tiene por qué significar nada.

Sabíamos que esa gente era peligrosa, pues acumulaban centenares de armas y tenían a su disposición toda una tropa de matones y chivatos repartidos por Alicante, pero de ahí a matar a dos de los nuestros sin pestañear, era cruzar una barrera importante. Estábamos a punto de desmontar el corazón de sus negocios y eso les estaba molestando. Ya conocíamos sus caras y sus nombres y, desde luego, actuaban así porque estaban desesperados o porque se creían intocables, en cuyo caso significaba que había más gente en su bando de la que nos imaginábamos.

—Tiene que ser alguien de los nuestros.

—No puede ser, Camila. Eso es imposible.

—¡No me toques las narices, María! Que no somos monjas de la caridad. Hay que averiguar lo que está pasando y deshacerse de esa escoria cuanto antes, porque mientras tanto voy a tener que quedarme aquí encerrada poniendo en peligro la vida de mi familia —Colgué el teléfono y miré con una mezcla de tristeza y culpabilidad al hombre de mi vida.

 

 

Ilusiones

Una joven pide consejo en una reveladora tarde de domingo. ¿Conseguirá resolver sus dudas?

Cada tarde de domingo que salía a correr la encontraba sentada en el mismo banco, frente a aquel pequeño universo de agua. Era un parque inmenso, pero ambas compartían el don de la rutina y desde hacía tiempo se había convertido en una costumbre: la joven apuraba su marcha, estiraba sus músculos y se subía la cremallera de la chaqueta para no helarse. La anciana la miraba sonriente y hacía un hueco a su lado para que se sentara. Durante un rato el silencio las acompañaba, hasta que la joven se disponía a hablar.

—He tenido una semana reveladora —dijo—: creo que, por fin, he madurado.

La mujer la escuchaba con atención, a pesar de que seguía mirando el agua fijamente.

—Estoy enamorada —continuó la joven—, pero me he dado cuenta de que el amor ya no es un pilar tan importante en mi vida. Ahora quiero realizar otras actividades que me llenen, como estudiar, viajar, leer…; luchar por tener una vida plena, pero sin necesidad de depender de nadie más que de mí.

—Comprendo. ¿Y qué problema hay con eso, cielo? —preguntó la anciana.

—Pues que por un lado estoy feliz, porque he ganado confianza en mí misma y ahora tengo las cosas más claras pero, por otro lado, tengo miedo de las consecuencias de este cambio. ¿Significa que perderé las ilusiones de mi juventud, que dejaré de <<sentir>> como lo hacía antes?

La anciana esbozó una pequeña sonrisa y dejó de fijar su vista al frente para mirarla.

—Significa que has aceptado que estás sola frente a este mundo. No debes tener miedo.

Por ti

Una carta dirigida al amor.

De niña te imaginaba como en un cuento de hadas, de vivos colores y lleno de fantasía. Tus finales felices perduraban para toda la vida. Eras belleza y perfección. La perfecta mentira. Eras el que más protagonismo tenía en todas y cada una de mis historias.

De adolescente eras obsesión, posesión, desconocimiento. Te recordaba en cada suspiro y rostro que se me antojaba; te quería todo entero para mí. Una vez, sin embargo, llegó el día y apareciste sin que te lo pidiera…; viniste con la intención de quedarte, pero me engañaste. Todavía recuerdo cuánto me hiciste sufrir…

De adulta te ando buscando en varios frentes, siempre desde el miedo y la desconfianza. En algunos voy ganando y en otros voy perdiendo. Aunque te he sentido varias veces, muchas han sido a lo lejos. No obstante, ahora te siento muy cerca. Quizá demasiado. Porque quemas, dueles. Permito que hagas y deshagas como quieras. Te consiento más que antes.

De anciana deseo que estés presente en mi vida, en cada gesto, en cada sonrisa. Te quiero sincero, no interesado ni fingido. Espero que cuides de mí y que jamás me abandones, pues serás de lo poco que me quedará por vivir. Nunca me olvides y yo haré lo propio contigo. Porque mi intención es cerrar los ojos sonriendo por ti.

Agua sexy

Puedes ser natural (como él) o mostrar tan solo tu mejor versión.

Los viajes de negocios siempre le resultaban aburridos, aunque solía aprovechar el poco tiempo libre que le quedaba para disfrutar de cada ciudad que visitaba. Esta vez le había tocado una zona de playa, así que lo mejor que podía hacer era coger un libro y  pasar el atardecer a orillas del mar.

Tras un buen rato de lectura le entró la sed y se acercó al chiringuito más cercano del paseo. No llegó ni a ponerse la camiseta, tan solo llevaba el bañador y las chanclas.

Cuando la camarera se giró para atenderlo se quedó impresionado: era guapa a rabiar. Sus labios carnosos estaban pintados de rojo, al igual que sus uñas. Eso le encantaba. Ella debió de leer su mente, pues entornó sus ojos y le esbozó una sonrisa. Después, lo miró de arriba abajo y él pensó en si había hecho bien quitándose la camiseta.

—¿Qué te pongo?

—Una botella de agua, por favor.

<<Dios, ¿había algo menos sexy para pedir?>>, pensó.

La camarera volvió a sonreír.

—¿Eres de por aquí? —le dijo.

—No, he venido por temas de trabajo. Me marcho mañana.

—Bueno, tenemos algo de tiempo para conocernos— respondió ella mientras le guiñaba un ojo.