Soy yo, la muerte

Es la muerte que te habla, directamente.

Me crees lejana, pero te observo siempre desde mis tinieblas. Piensas que jamás iré a visitarte, pero te equivocas. Lo haré. Aún no he decidido cuándo ni cómo: quizá sea tarde, de madrugada; tal vez por la mañana, al despertar. Sé que no me crees. Sé que quieres quitarme de tu cabeza, pero siempre estoy ahí: en cada paisaje que ves, en cada bocado que pruebas. Nunca me escondo; por eso me temes. Por eso te inquietas con cada sonido que oyes. Por eso te estremeces al oír el tañido de las campanas, porque van al son de mis pisadas.

Me crees cruel, pero no sabes muy bien por qué: porque soy impredecible; porque hago sufrir; porque no me puedes controlar. Sueles pintarme de negro, como la noche sin luna. A veces me tiñes de rojo también. Y de blanco es como me quieres ver. ¿Por qué me evitas cuando estoy cerca? ¿Por qué te quita el sueño hablar de mí? Con mi enemiga no sufres tanto. Ella, igual que yo, se presenta en cada lugar que visitas, pero no la quieres ver; ella pasa desapercibida en cada sonido que oyes. A ella no la temes como a mí… peor que eso; a ella la olvidas.

Vendetta

Este es el relato de una mujer irreverente que desea vengarse de quienes la dejaron sin su casa.

Siempre me ha faltado el dinero, pero nunca me ha sobrado el ingenio. Por eso estoy aquí, agazapada, esperando el momento perfecto para meter mis narices en uno de los tantos vertederos de billetes comúnmente conocidos como cajeros. Los llamo así porque es de sobra conocido que el dinero que contienen procede de la máxima mierda. Sí, lo reconozco, también lo hago por pura diversión. Me gusta el mundo oscuro de internet y no depender de nadie para hacerlo.

Te preguntarás cómo soy, dónde vivo y esas cosas que le gusta saber a la gente. Pues siento decepcionarte, pero lejos de ser una rubia despampanante, soy una morena sin tintes ni trucos, bajita y de complexión pequeña. ¿Quieres que te siga decepcionando? Porque si es así te contaré que vivo en una pocilga, en el extrarradio de una gran urbe repleta de gente amargada y de contaminación. Mis “compañeros” de piso, por llamarlos de alguna forma, viven por y para drogarse. Yo no. En algo tenía que dar ejemplo. ¿No?

La gente me trata como si no sirviera para nada. Tan pequeña, tan frágil, tan mujer. Un día sentada en un banco, sola, escuchando música a todo volumen mientras miraba el mar, se me acercó un desgraciado que me dio un susto de muerte. Entonces, me quité los cascos cabreada por haberme cortado la canción y lo miré con odio.
—¿Estás bien? ¿Te he asustado? —me preguntó.
—¡¿Tú qué crees?! —le dije.
—Perdona, es que te he visto ahí tan sola y tan guapa… ¿Todo bien, cielo?
—Todo genial —respondí con sarna—. Estaba aquí, tan tranquila, intentando escuchar nu metal, hasta que has venido tú.
—¿Nu… qué?
—¡QUE TE LARGUES Y ME DEJES EN PAZ!

Como puedes observar, la paciencia no es mi fuerte. Además, hace tiempo que dejé de fingir ser simpática y agradable para caer bien a todo el mundo. Ahora solo quiero que me dejen vivir mi vida, y yo haré lo propio con los demás. Menos con los bancos; a esos no los pienso dejar en paz. Me quitaron mi casa y me dejaron arruinada cuando las cosas ya no iban bien. Y olvidaron demasiado pronto todo lo que había pagado cuando pude hacerlo. Así que ahora lo van a pagar con creces. O con intereses, como dicen ellos.

El personal de limpieza está a punto de marcharse. Deben de ser casi las diez de la noche. A estas horas, en invierno, la gente cena calentita en sus casas. Menos yo y cuatro gatos (literalmente) que vagamos en solitario por las calles. Para ellos (los gatos) no estoy segura, pero para mí solo es la hora de fumar. Creo que la nicotina no me hace nada en especial; ni me ayuda a pensar ni a concentrarme, solo a engancharme a un vicio más y a matar el infierno de la impaciencia. Porque así me siento, impaciente, cada vez que estoy a punto de acceder a las entrañas de la peor gentuza habida y por haber: la del dinero y el poder.