Retazos de una pandemia

A raíz de la crisis que nos persigue desde hace meses, nuestra visión sobre el mundo y sobre la vida está cambiando a pasos acelerados. Ahora valoramos cosas que antes ni pensábamos, como disfrutar más de la naturaleza o de la compañía de los nuestros. Y hasta aquí la parte más Happy Mind.

El coronavirus no solo es un fenómeno que afecta a nuestra salud durante un tiempo y que nos deja indiferentes después, es un giro drástico en nuestras vidas que nos hace cambiar como individuos y como sociedad.

Las diferencias sociales se acentúan, las distancias sociales aumentan, los problemas psicológicos se multiplican. Cada uno de nosotros nos hemos visto afectados por esta debacle que causará estragos en nuestra forma de vida y que será estudiada en el futuro por historiadores y sociólogos, como ya ha sucedido con otras pandemias como la peste negra.

¿Quién diría hace unos meses que el teletrabajo iba a adquirir la importancia que tiene en estos tiempos? ¿Quién iba a pensar en la importancia de leer, de informarse, de contrastar las noticias falsas que nos bombardean cada día? ¿Quién diría lo importante que es tener salud (y un buen sistema sanitario) para que todo vaya sobre ruedas? Nótese la ironía…

Quizá ahora y en el futuro debamos replantearnos nuestra forma de comunicarnos, de trabajar y de convivir, aunque muchas personas se aventuren a pensar que esto va a servir de poco y que, por mucho que queramos subsanar nuestros errores del presente y del pasado, la historia siempre se repite.

Al menos habrá que intentarlo.

Nuevas sensaciones

Ha de pasar una catástrofe o una crisis como la de esta pandemia para que se pare el mundo y nos demos cuenta de las pequeñas bondades que nos rodean. También nos damos cuenta de lo contrario, pero eso lo dejamos para otro día…

En mi caso, por ejemplo, después de tanto tiempo encerrada en casa, me deleito con pequeños detalles que hasta el momento habían sido insignificantes para mí (o al menos estaba demasiado acostumbrada a ellos y no los valoraba lo suficiente):

  • La naturaleza que nos rodea.
  • El sonido del mar.
  • La lectura de un buen libro en papel (recomendado además por tu librería de confianza y no por reseñas más o menos impersonales de Amazon).
  • Una cerveza al aire libre en buena compañía.
  • Los encuentros con la familia y las amistades después de tantos días.

Me gustaría que estas sensaciones que estoy experimentando tras el confinamiento perduraran en el tiempo. Sé que será difícil porque, como ser humano que soy, en mi naturaleza está olvidar. Sé que me acostumbraré pronto.

Quizá la clave esté en saber parar de vez en cuando, en dejar que el ritmo frenético de nuestras vidas no nos controle, sino al revés, que seamos nosotros quienes llevemos la voz cantante.

¿Creéis que esto será posible?

Yo lo voy a intentar.

Redes

En 2095 las cosas han cambiado, aunque no a mejor. No preguntes por qué, pero soy de tu misma época y he conseguido llegar hasta lo que tú llamarías “el futuro”.

Aquí —en el futuro— las calles están prácticamente desiertas. No hay transeúntes, tan solo coches y drones pululando por la ciudad. Las cafeterías, las oficinas y los colegios apenas existen, mientras que las tiendas desaparecieron hace ya mucho tiempo. A diferencia de nuestras anteriores generaciones, las personas trabajan en sus casas, toman cafés virtuales por las redes o esperan a que les llegue por dron postal el último artículo que han comprado.

Imagino que te lo estarás preguntando: lo idóneo para aspirar a una buena posición económica en el año 2095 es ser visible en las redes. Tanto para conseguir un trabajo, como para encontrar pareja o nuevas amistades, la gente se devana los sesos con tal de acrecentar su popularidad. Los tratos de favores se suceden, y mucha gente ofrece grandes sumas de dinero (incluso sexo) a quienes tienen muchos contactos, todo ello con el fin de posicionarse mejor.

Esta dinámica de vida genera una gran frustración y afecta al índice de suicidios, que cada vez son más altos. Según los expertos en psicología (tengo mucho tiempo para leer por internet), se debe a la baja autoestima que sufren las personas y al sentimiento de soledad generalizado. La ansiedad es recurrente en menores y mayores, y la obsesión por mantener una actividad cibernética constante satura las mentes humanas.

Los expertos no dejan de recordarnos la importancia de salir a la calle para aprovechar el tiempo libre y, en especial, para estar en contacto con otras personas. No sé si algún día la población volverá a la situación de antaño, es decir, la que estás viviendo tú ahora; ni si volverán los cafés, las escuelas y las oficinas físicas. Yo, desde luego, lo echo mucho de menos.

La nueva “filosofía”

Cuando te sientes bien y estás en paz contigo mism@ descubres nuevas facetas de la vida que no conocías. En mi caso, por ejemplo, he descubierto que los mensajes positivos o de superación son como las drogas: enganchan y te hacen sentir bien durante un tiempo, pero en el fondo sabes que algo no funciona bien.

Yo fui adicta durante un tiempo a la filosofía “¡hoy va a ser un gran día!” y “qué maravilloso es este mundo”, pero cuando te bajas de ese estado de ensoñación temporal te das cuenta de que no, el mundo es una basura en todos los sentidos. Y no hay ni que esconderlo, ni que esconderse. Hay que aceptarlo conforme es y actuar en consecuencia.

Habrá días mejores y peores en tu vida. Cuando aprendes eso, las frustraciones también son menores. Y lo mejor que se puede hacer es sobrellevarlo (con más humor, a poder ser), evitar que te tomen por idiota y rodearte de las mejores personas que encuentres para aprender de ellas.

Igual estoy equivocada, pero es lo que creo que nos puede ayudar a ser un poco más felices. No una taza con mensajes inútiles.

Imborrable

Ayer usó la tinta del dolor y la memoria.

Hoy utilizará la tinta de los sueños y el amor.

La primera permanecerá para siempre allá donde vaya;

la segunda, probablemente, no.

Pero no le importa:

prefiere gozar de la breve felicidad a vivir en la imborrable desdicha.

No me arrepiento

Un ejercicio de introspección.

En ocasiones es necesario echar la vista atrás y mirar en perspectiva nuestras acciones pasadas. Yo lo hago de vez en cuando y suelo encontrarme con respuestas que en su momento ignoraba o no quería ver: egoísmo, excusas, falta de madurez, impaciencia; también me encuentro con (in)conformismo, buenas y malas decisiones, momentos de lucidez…

Quizás con el tiempo continúe repitiendo alguna de estas acciones (o todas ellas, a modo de patrón), pero desde luego solo sé que seguiré aprendiendo de cada una de ellas; que intentaré mejorar todas las que sea posible mejorar; que haré lo posible por perfeccionar todas las que puedan ser perfeccionadas; y, sobre todo, lo que voy a intentar siempre es no arrepentirme de ninguna de ellas. Jamás.

Ser quien soy

Relato breve con el que me presenté al I Certamen Internacional de microrrelatos Simionema 2018

Acabar con el hartazgo de fingir. Borrar ese “yo” construido por todo el mundo, menos por mí. ¿Qué pasa si incumplo las malditas reglas no escritas?

Miro al frente y veo el mar, el único que entiende mi furia. Él recoge mis cábalas y se las lleva consigo, mientras las voces a mi alrededor intentan llevarme de vuelta.

¿Y la felicidad? No es más que otra construcción social que rompe los espejos de mi interior, sin dejar espacio a los sentimientos más recónditos, más humanos.

Vuelvo la vista al horizonte y, con la inmensidad del agua en movimiento, mis dudas se van aclarando: no quiero aparentar que soy feliz, no quiero ser como todo el mundo quiere que sea.

Quiero ser quien soy.