Otros tiempos

El concepto de “hogar” que tienen nuestras anteriores generaciones puede ser muy diferente del que tenemos ahora. Y si no, que se lo digan a Leonor.

Leonor tenía 87 años y en su corazón andaluz guardaba muchas más alegrías que penas (aunque estas últimas no habían sido pocas). Nació en una época en la que el hambre se había convertido en costumbre y en que solo existía una opción: trabajar en el campo.

Tras emigrar con su marido y sus dos hijos a tierras más prometedoras, consiguieron asentarse en una humilde casa. Una vez allí, les costó poco ser felices. Manolito —así llamaba con cariño a su marido— había encontrado un buen trabajo en una fábrica y le dijo a su mujer que no hacía falta que trabajara. Así fue como a sus dos hijos se les sumaron otras cinco criaturas (más dos intentos que no pudieron ser) y aquella pequeña morada se llenó de juegos, discusiones y generosidad entre hermanos.

Su bisnieta de ocho años le preguntaba incrédula cómo habían podido vivir tantas personas en una casa. Ella siempre le respondía que no se trataba de poder, sino de querer:

—Mira, es sencillo: los tres hombres dormían en un cuarto; tres de las mujeres en otro; y la más chica durmió en la cuna con tu abuelo y conmigo hasta los seis años. Creo que por eso no ha crecido mucho —decía mientras se reía—. Después se vino mi madre una temporada y nos tuvimos que apretar un poco, pero enseguida le hicimos hueco.

Con el vaivén de la mecedora Leonor tarareaba las coplas de su juventud y miraba a su alrededor. Su nieta tenía una casa espaciosa y bien bonita, que era como cuatro veces más grande que la suya, aunque eso no quitaba que le faltara algo de alegría, o al menos ese era su parecer.

Una tarde su nieta volvía de trabajar y se sentó a su lado para darle una noticia:

—Abuela, nos vamos a mudar a otra casa.

—Ah ¡qué bien, hija! Pero ¿no te gusta este piso? Si es precioso.

—Sí, claro que me gusta. Pero queremos tener más familia y esto se nos queda pequeño.

Leonor no dijo nada a su nieta, solamente asintió y pensó en cómo habían cambiado las cosas.

Confort en la zona

Hay ocasiones en que el subconsciente puede alterar nuestro ritmo, como le sucede a la protagonista de esta historia.

Su vida era completamente normal. O al menos eso pensaba ella. Se levantaba a las ocho, le daba el beso de todos los días a su mujer cuando esta se marchaba a trabajar y desayunaba pan integral, frutas y café mientras leía la prensa. Después de una ducha con su música favorita de fondo, elegía uno de sus looks elegantes para ir a la oficina.

Siempre se había sentido feliz y cómoda: a pesar de no tener grandes lujos, consideraba que no le faltaba de nada. Ella y su mujer podían permitirse salir a cenar los fines de semana, viajar todos los veranos y tener contratado a un asistente de limpieza en casa. Qué más podía pedir.

Sin embargo ese día, de camino al trabajo, estaba más pensativa que de costumbre. De hecho, ni siquiera había conectado la radio del coche para escuchar su programa de siempre. El subconsciente aquel día se había rebelado por completo y se empeñaba en trastocarla por dentro:

¿Quieres vivir así toda tu vida, rodeada de comodidades, pero sin luchar por aquello que de verdad te apasione?

Aquellas palabras consiguieron que se revolviera en su asiento, pero intentó borrarlas de su cabeza concentrándose en la conducción. Encendió la radio esta vez: la voz del locutor conseguía que se evadiera de la gente estresada al volante, de los largos ratos de espera al semáforo, y de sus pensamientos.