Noche mágica

Era la primera vez que Mar pisaba aquellas tierras tan simples y hermosas. Sus gentes eran amables y hospitalarias, a la par que sencillas, y en parte le recordaban a los pocos habitantes que vivían en el pueblo de sus abuelos.

Había ido allí para desconectar del estrés. Allá en la gran urbe, donde vivía sola desde hacía unos años, Mar había decidido tomarse unos días libres en el primer lugar del país que se le había antojado.

«Es la noche de San Juan. ¿Por qué no ir a celebrarlo?», pensó. Y en unas pocas horas estaba en una playa perdida a más de 400 km de distancia de su casa. Se fue sola, mochila en mano, con las cosas necesarias: una toalla, un poco de comida y sus pensamientos.

Mar no era creyente, pero le gustaba conocer la historia de los lugares que visitaba. Por lo que había leído, la noche de San Juan parecía ser de origen pagano, aunque el cristianismo la adoptó y la convirtió en la festividad que hoy en día conocemos.

La versión pagana que más se repetía de esta festividad era la de que el sol se había enamorado de la Tierra, y que este se resistía a abandonarla con la entrada del solsticio de verano, tras el cual los días se acortaban.

Mientras pensaba que la versión pagana de esta noche mágica le había encantado, se adentró en una zona concurrida de la playa, donde varias familias y grupos de jóvenes se preparaban para recibir la famosa víspera de San Juan.

Eligió un lugar lo suficientemente cercano a la gente como para sentirse acompañada, pero lo suficientemente lejano como para tener un poco de intimidad. Después, dispuso su toalla frente al mar y disfrutó del sonido de las olas.

—Te falta lo más importante —oyó decir a alguien.

Se incorporó y vio a una chica de su misma edad observándola sonriente junto a dos personas más.

—¿Qué es lo que me falta? —respondió Mar.

—¡Pues hacer una hoguera! —dijo la chica mientras el resto reía y después le tendió su mano para presentarse—. Me llamo Sol.

—Encantada, yo soy Mar —respondió confusa ante el asalto inesperado de aquel grupito—. No sé hacer una hoguera, si te soy sincera. Pero no me importaría tener una, empieza a hacer frío.

—No te preocupes —contestó Sol sonriente—, estamos preparando una. Vente con nosotros.

Mar se fue con ellos a una zona con montones de comida, troncos y papeles de revistas. Sol y varias personas cavaron un gran hoyo en la arena con las manos y, en cuestión de pocos minutos, encendieron la hoguera con fuerza.

—¡Wow, me encanta! —dijo Mar, que alucinaba por la fiereza de las llamas.

Sol sonrió y todos formaron un círculo alrededor del fuego. Pronto se se sintió el calor de las brasas con las que Mar se quedaba embobada constantemente, y los demás bebían y comían mientras contaban anécdotas.

Llegada la medianoche, todos escribieron sus deseos en un papel. Después, se iban turnando para lanzarlo al fuego a la vez que saltaban la hoguera. Mar se sintió en esos momentos arropada y a gusto, como si conociera a aquellas personas desde siempre.

Pero lo que más le gustó es que, en más de una ocasión, pilló a Sol observándola con una sonrisa tímida que ella, a su vez, le devolvía. Mar vio en ella una luz diferente a la del resto de personas que había conocido hasta el momento.

Era el turno de Mar. Esta miró a Sol, apretó con su puño el papel que contenía su deseo, y se levantó para lanzarlo a la hoguera en aquella noche mágica que no olvidaría jamás.