Retiro en el pueblo

Es mediados de agosto y Sofía se encuentra en una casa rústica con su marido de vacaciones. Tan solo se oyen los aleteos de los pájaros y los ecos de las cigarras. De vez en cuando, también se oye el tañido de una campana que obedece a la lentitud del tiempo.

Él duerme en paz, mientras que ella sueña despierta. A Sofía siempre le ha gustado vivir alejada de la realidad. Se siente libre y tranquila por el simple hecho de no hacer nada, aunque esa es más bien la visión de estos tiempos que corren: ver, escuchar y callar ya es hacer algo, como le decía su abuelo.

Tras tantos meses de duro trabajo que han acrecentado las cuentas de sus bancos y les han traído más de un disgusto, Sofía y su marido aprenden a frenar sus ajetreadas vidas y a esconder sus relojes digitales. Pero lo que no saben es que han ido a visitar el pueblo equivocado.

Cuando aquella figura, a la que Sofía no le da tiempo a ver, la agarra por el cuello hasta que se le nubla la vista, el tiempo sí se para esta vez.