Soy yo, la muerte

Es la muerte que te habla, directamente.

Me crees lejana, pero te observo siempre desde mis tinieblas. Piensas que jamás iré a visitarte, pero te equivocas. Lo haré. Aún no he decidido cuándo ni cómo: quizá sea tarde, de madrugada; tal vez por la mañana, al despertar. Sé que no me crees. Sé que quieres quitarme de tu cabeza, pero siempre estoy ahí: en cada paisaje que ves, en cada bocado que pruebas. Nunca me escondo; por eso me temes. Por eso te inquietas con cada sonido que oyes. Por eso te estremeces al oír el tañido de las campanas, porque van al son de mis pisadas.

Me crees cruel, pero no sabes muy bien por qué: porque soy impredecible; porque hago sufrir; porque no me puedes controlar. Sueles pintarme de negro, como la noche sin luna. A veces me tiñes de rojo también. Y de blanco es como me quieres ver. ¿Por qué me evitas cuando estoy cerca? ¿Por qué te quita el sueño hablar de mí? Con mi enemiga no sufres tanto. Ella, igual que yo, se presenta en cada lugar que visitas, pero no la quieres ver; ella pasa desapercibida en cada sonido que oyes. A ella no la temes como a mí… peor que eso; a ella la olvidas.