Ser quien soy

Relato breve con el que me presenté al I Certamen Internacional de microrrelatos Simionema 2018

Acabar con el hartazgo de fingir. Borrar ese “yo” construido por todo el mundo, menos por mí. ¿Qué pasa si incumplo las malditas reglas no escritas?

Miro al frente y veo el mar, el único que entiende mi furia. Él recoge mis cábalas y se las lleva consigo, mientras las voces a mi alrededor intentan llevarme de vuelta.

¿Y la felicidad? No es más que otra construcción social que rompe los espejos de mi interior, sin dejar espacio a los sentimientos más recónditos, más humanos.

Vuelvo la vista al horizonte y, con la inmensidad del agua en movimiento, mis dudas se van aclarando: no quiero aparentar que soy feliz, no quiero ser como todo el mundo quiere que sea.

Quiero ser quien soy.

Despegue

A Claudia le toca iniciar el ascenso hacia otras tierras en busca de nuevas oportunidades.

Cuando se subió en aquel avión y se asomó por la ventanilla sintió un cosquilleo en su estómago por la emoción de afrontar nuevos retos y aventuras en otra ciudad. Aún así, seguía con esa sensación extraña de querer irse y a la vez no, que acababa derivando en la misma pregunta: 

¿Me arrepentiré de haber tomado esta decisión?

Fue al inicio del despegue cuando Claudia empezó a reaccionar; el dejar de pisar su tierra hizo que reparara ante lo que de verdad parecía ser una nueva etapa en su vida. Las lágrimas empezaron a descender de forma suave por sus mejillas y a emborronar el negro de su lápiz de ojos.

¿Se trataba de alegría o de tristeza? ¿O quizá de ambas cosas? El hecho de ir a trabajar a una nueva ciudad a miles de kilómetros de distancia de su casa, donde se hablaba otro idioma y conocer gente nueva le atraía, pero dejar a su gente allí la entristecía.

Aunque Claudia habría preferido que no se hubiese dado cuenta nadie, ya era tarde; notaba sus ojos congestionados y su respiración acelerada por el llanto. Su compañero de asiento la miraba con preocupación y sus gestos denotaban la intención de ayudarla. 

—¿Tienes miedo a volar? —le preguntó, ofreciéndole un pañuelo con torpeza.

—No, no es eso —respondió Claudia aceptando el pañuelo—. Gracias. —Continuó hablando mientras se secaba las lágrimas—. Me voy a trabajar a Londres, sola. Mi familia, mis amigos y mi pareja se quedan aquí.

Su compañero asintió con la cabeza como si ya lo hubiese escuchado en más de una ocasión y la dejó tranquila. Claudia agradeció su gesto y se asomó de nuevo a aquel trozo de cristal que la separaba de la nostalgia.