Ya no eres esa niña…

Que abraza la felicidad con un simple juego.

Que solo sonríe en los buenos momentos.

Que llora siempre que algo no sale bien.

 

Ya no eres esa niña…

Que espera impaciente su regalo de cumpleaños.

Que se ilusiona con cualquier trivialidad.

Que teme la oscuridad de la noche.

 

Ahora eres esa mujer…

Que abraza el cariño de quien está cerca.

Que sonríe sin excepción ante las adversidades.

Que solo llora cuando ya no puede más.

 

Ahora eres esa mujer…

Que espera sin impaciencia.

Que se ilusiona nada más que cuando debe hacerlo.

Que ansía la oscuridad de la noche y el silencio.

 

Ya no eres esa niña. Ahora eres esa mujer.

La escalera

Las divagaciones de un hombre que alcanza su paz interior.

A veces se pregunta si es solo el tiempo o su forma de ser la que ha cambiado, pero jamás había sentido tanta paz en sus adentros. Como si un solo de piano lo acompañara a todas partes, ha aprendido a aceptar la realidad que lo rodea: en lo positivo se regocija y respecto a lo negativo, ha aprendido a ignorar.

Es increíble como el tiempo enseña a distinguir entre los gestos de admiración y de envidia, entre las palabras sinceras de amor y las de puro cinismo, o entre las miradas de complicidad y las de aversión (que suelen ser mutuas). Pero, como en un prado verde y llano, se siente neutral. No hay muros ni montañas, solo agua y cantos de pájaros.

Ha aprendido a respirar con calma y a escuchar más que a hablar. A veces se preocupa de su estado no catatónico y se pregunta en más de una ocasión si ya está todo lo malo pasado o es que ha sido solo una visión, como en las películas de dudoso final. ¿Es él quien ha cambiado? ¿Ya lo ha llorado y odiado y vivido todo?

Quizá solo significa que ha aprendido a aceptar y a querer. Quizás ha aprendido a ser más fuerte que nunca y se encuentra en el último de los peldaños de la escalera que la vida representa. Y, sin duda, esto también es gracias a unas personas que no destacan por cantidad, sino por el valor que han aportado a su vida.

Entre dichas personas, unas ocupan su tiempo y su corazón desde hace años; otras en cambio han salido de la nada y le han enseñado lo que es amar de verdad la vida. En todas ellas y en sí mismo se va a apoyar para no volver jamás al profundo y oscuro hueco de la escalera que visitó en un par de ocasiones y del que tanto le ha costado escapar.

En cualquier caso, no piensa bajar.

Ilusiones

Una joven pide consejo en una reveladora tarde de domingo. ¿Conseguirá resolver sus dudas?

Cada tarde de domingo que salía a correr la encontraba sentada en el mismo banco, frente a aquel pequeño universo de agua. Era un parque inmenso, pero ambas compartían el don de la rutina y desde hacía tiempo se había convertido en una costumbre: la joven apuraba su marcha, estiraba sus músculos y se subía la cremallera de la chaqueta para no helarse. La anciana la miraba sonriente y hacía un hueco a su lado para que se sentara. Durante un rato el silencio las acompañaba, hasta que la joven se disponía a hablar.

—He tenido una semana reveladora —dijo—: creo que, por fin, he madurado.

La mujer la escuchaba con atención, a pesar de que seguía mirando el agua fijamente.

—Estoy enamorada —continuó la joven—, pero me he dado cuenta de que el amor ya no es un pilar tan importante en mi vida. Ahora quiero realizar otras actividades que me llenen, como estudiar, viajar, leer…; luchar por tener una vida plena, pero sin necesidad de depender de nadie más que de mí.

—Comprendo. ¿Y qué problema hay con eso, cielo? —preguntó la anciana.

—Pues que por un lado estoy feliz, porque he ganado confianza en mí misma y ahora tengo las cosas más claras pero, por otro lado, tengo miedo de las consecuencias de este cambio. ¿Significa que perderé las ilusiones de mi juventud, que dejaré de <<sentir>> como lo hacía antes?

La anciana esbozó una pequeña sonrisa y dejó de fijar su vista al frente para mirarla.

—Significa que has aceptado que estás sola frente a este mundo. No debes tener miedo.

La madurez

Interpretación en forma de poema sobre esa gran etapa que nos adviene cuando menos lo esperamos, la de la madurez.

Madurar es que se te atragante el romanticismo.
El exceso de arrepentimiento.
La falta de tiempo.
El ego.
Es la soledad.
Es la otra perspectiva.
La que pensabas que no iba contigo.
La que viene para quedarse y no irse en la vida.
Son las decisiones que nos marcan para siempre.
Es la obligación de tener que elegir.
Es sufrir las consecuencias.
Y transigir.
Es padecer.
Aprender a golpes.
Pelear con uñas y dientes.
Es el proceso más duro, vivo y humano de crecer.

El gancho

Un poema sobre el amor que perdura en el tiempo.

Tú me miras. Yo te miro.

Las penas se disipan en el viento.

Lo llano, lo plano,

es lo que llena este momento.

Nada más necesitamos,

solos tú y yo.

Con nuestros juegos absurdos.

Con nuestro encanto.

 

El tiempo nos une,

la juventud ya nos ha desafiado.

La madurez no nos disgusta,

más bien al contrario;

porque sabemos que juntos,

con nuestros juegos absurdos,

con nuestro encanto,

para nosotros es el gancho.