Ilusiones

Una joven pide consejo en una reveladora tarde de domingo. ¿Conseguirá resolver sus dudas?

Cada tarde de domingo que salía a correr la encontraba sentada en el mismo banco, frente a aquel pequeño universo de agua. Era un parque inmenso, pero ambas compartían el don de la rutina y desde hacía tiempo se había convertido en una costumbre: la joven apuraba su marcha, estiraba sus músculos y se subía la cremallera de la chaqueta para no helarse. La anciana la miraba sonriente y hacía un hueco a su lado para que se sentara. Durante un rato el silencio las acompañaba, hasta que la joven se disponía a hablar.

—He tenido una semana reveladora —dijo—: creo que, por fin, he madurado.

La mujer la escuchaba con atención, a pesar de que seguía mirando el agua fijamente.

—Estoy enamorada —continuó la joven—, pero me he dado cuenta de que el amor ya no es un pilar tan importante en mi vida. Ahora quiero realizar otras actividades que me llenen, como estudiar, viajar, leer…; luchar por tener una vida plena, pero sin necesidad de depender de nadie más que de mí.

—Comprendo. ¿Y qué problema hay con eso, cielo? —preguntó la anciana.

—Pues que por un lado estoy feliz, porque he ganado confianza en mí misma y ahora tengo las cosas más claras pero, por otro lado, tengo miedo de las consecuencias de este cambio. ¿Significa que perderé las ilusiones de mi juventud, que dejaré de <<sentir>> como lo hacía antes?

La anciana esbozó una pequeña sonrisa y dejó de fijar su vista al frente para mirarla.

—Significa que has aceptado que estás sola frente a este mundo. No debes tener miedo.

Ojos tristes

Solemos pensar que el silencio o la indiferencia no significan nada, pero en ocasiones lo significan todo. Óscar sí parece entenderlo.

A sus trece años, una de las actividades que más le gustaba practicar a Óscar era montar en bicicleta. Vivía en un pueblo rodeado de sierras, donde los caminos eran perfectos para moverse con su bici de montaña e ir de acá para allá, explorando nuevos lugares.

Durante una de sus tardes de paseo encontró a un compañero de clase que también iba con su bici. Nunca se había relacionado mucho con él: era un chico bastante callado y no parecía tener muchos amigos

—¡Hola, Alfon!— le dijo.

Alfonso parecía que no se había dado cuenta de su presencia. Cuando Óscar lo saludó, se giró desorientado.

—Hola —respondió simplemente.

Después, lo miró con ojos tristes y continuó con su marcha lenta. Óscar, que iba ligeramente más rápido que él, pasó de largo por su lado y le lanzó una sonrisa mientras desaparecía entre el polvo de la tierra que su bici había levantado.

Desde esa tarde, Óscar había dejado de buscar caminos alternativos para repetir el encuentro con su compañero de colegio. Cada día que pasaba y lo saludaba, Alfonso parecía un poco menos triste. Hasta que un día, sin más, este le devolvió la sonrisa y usó por primera vez unas palabras distintas.

—A ver si me ganas… —dijo mientras aceleraba con su bici.

Óscar sonrió, lo miró unos segundos y fue tras él. Ambos empezaron a correr todo lo rápido que pudieron mientras gritaban de emoción.

A partir de entonces, ya no se volvieron a separar jamás.