Sueño cumplido

Mara tenía muy claro lo que quería ser en la vida. No se trataba de trabajo ni de estudios; eso venía de la mano con el tiempo.

Llevaba tiempo sin salir de casa, y sin ver a su familia ni a sus amistades. Tras varios meses de tratamiento para cumplir un deseo que planeaba desde hacía años, por fin lo consiguió. Todavía no quería dar la noticia, pues deseaba reservarse esos primeros momentos para sí misma. 

Cuando volvió a dejarse ver por el barrio le preguntaron si estaba bien y si había tenido alguna enfermedad.

—Estoy mejor que nunca —contestaba ilusionada.

Mara era consciente de que algunas personas no lo iban a comprender y por ello prefirió guardar las explicaciones para sus círculos más íntimos. Pero los meses pasaron y ya no lo podía ocultar. Entonces, vinieron las preguntas incómodas:

—¿Pero, cómo puede ser? —le decían mirándole la barriga pronunciada—.  ¿Si no estás con nadie, no? ¿Eres lesbiana?

—¿Y por qué no te has ido un fin de semana por ahí a buscarlo en vez de pasar por esos tratamientos?

—¡¿La vas a criar tú sola?! Tendrás problemas cuando se relacione con otros niños…

A su familia le costó asumirlo al principio, aunque enseguida se prestaron a ayudarla, pero la respuesta incrédula por parte de tanta gente —mucha más de la que se esperaba— la había llevado a sentirse culpable en más de una ocasión. En concreto hubo un día que, mirándose en el espejo y acariciándose la barriga, llegó a plantearse si había sido un error:

¿Y si no puedo darte yo sola el cariño y la atención que te mereces, pequeña?

Notó enseguida unas enérgicas patadas que iban formando bultitos en su barriga. Sonrió. Su hija iba a salir fuerte y resistente, como ella.

Renacer

Esta joven, que se replantea su vida tras años de sufrimiento, tendrá que ser más fuerte que nunca.

Apoyada en el cristal, con la mirada perdida, notaba los fuertes latidos de su corazón y las lágrimas bañando lentamente su rostro.

Trataba de asimilar lo que acababa de ocurrir. Él le había hecho tanto daño que no podía soportarlo ni un minuto más. Se sentía humillada, frágil, sola… Aquella maleta que había traído en su momento, llena de ilusión, se acababa de vaciar por completo. Ahora solo le quedaba la rabia; y las ganas de gritar.

Había decidido que esa iba a ser la última vez que lo perdonaba, pues ya había sufrido bastante todos esos años. Sin embargo, todavía aterrada y confusa, se preguntaba cómo iba a rehacer su vida después de haberlo perdido todo por él: su adolescencia, sus primeros años de juventud y a su familia. Se había marchado de casa sin pensarlo ni un minuto, dando las mínimas explicaciones. No se lo perdonarían jamás.

Pero logró que las dudas se convirtieran en su escudo y el miedo en sus armas. Sin vacilar, apretó los puños con fuerza y volvió de nuevo a su habitación. Cuando llegó, todo a su alrededor parecía más quieto que nunca.

Tan solo cogió su maleta vacía. No iba a necesitar nada más. Se la llevó con la esperanza de llenarla de nuevo algún día.