Despegue

A Claudia le toca iniciar el ascenso hacia otras tierras en busca de nuevas oportunidades.

Cuando se subió en aquel avión y se asomó por la ventanilla sintió un cosquilleo en su estómago por la emoción de afrontar nuevos retos y aventuras en otra ciudad. Aún así, seguía con esa sensación extraña de querer irse y a la vez no, que acababa derivando en la misma pregunta: 

¿Me arrepentiré de haber tomado esta decisión?

Fue al inicio del despegue cuando Claudia empezó a reaccionar; el dejar de pisar su tierra hizo que reparara ante lo que de verdad parecía ser una nueva etapa en su vida. Las lágrimas empezaron a descender de forma suave por sus mejillas y a emborronar el negro de su lápiz de ojos.

¿Se trataba de alegría o de tristeza? ¿O quizá de ambas cosas? El hecho de ir a trabajar a una nueva ciudad a miles de kilómetros de distancia de su casa, donde se hablaba otro idioma y conocer gente nueva le atraía, pero dejar a su gente allí la entristecía.

Aunque Claudia habría preferido que no se hubiese dado cuenta nadie, ya era tarde; notaba sus ojos congestionados y su respiración acelerada por el llanto. Su compañero de asiento la miraba con preocupación y sus gestos denotaban la intención de ayudarla. 

—¿Tienes miedo a volar? —le preguntó, ofreciéndole un pañuelo con torpeza.

—No, no es eso —respondió Claudia aceptando el pañuelo—. Gracias. —Continuó hablando mientras se secaba las lágrimas—. Me voy a trabajar a Londres, sola. Mi familia, mis amigos y mi pareja se quedan aquí.

Su compañero asintió con la cabeza como si ya lo hubiese escuchado en más de una ocasión y la dejó tranquila. Claudia agradeció su gesto y se asomó de nuevo a aquel trozo de cristal que la separaba de la nostalgia.