Por ti

Una carta dirigida al amor.

De niña te imaginaba como en un cuento de hadas, de vivos colores y lleno de fantasía. Tus finales felices perduraban para toda la vida. Eras belleza y perfección. La perfecta mentira. Eras el que más protagonismo tenía en todas y cada una de mis historias.

De adolescente eras obsesión, posesión, desconocimiento. Te recordaba en cada suspiro y rostro que se me antojaba; te quería todo entero para mí. Una vez, sin embargo, llegó el día y apareciste sin que te lo pidiera…; viniste con la intención de quedarte, pero me engañaste. Todavía recuerdo cuánto me hiciste sufrir…

De adulta te ando buscando en varios frentes, siempre desde el miedo y la desconfianza. En algunos voy ganando y en otros voy perdiendo. Aunque te he sentido varias veces, muchas han sido a lo lejos. No obstante, ahora te siento muy cerca. Quizá demasiado. Porque quemas, dueles. Permito que hagas y deshagas como quieras. Te consiento más que antes.

De anciana deseo que estés presente en mi vida, en cada gesto, en cada sonrisa. Te quiero sincero, no interesado ni fingido. Espero que cuides de mí y que jamás me abandones, pues serás de lo poco que me quedará por vivir. Nunca me olvides y yo haré lo propio contigo. Porque mi intención es cerrar los ojos sonriendo por ti.

Lejano

Mostrar nuestras emociones parece ser un signo de debilidad, o al menos eso piensa Rober, nuestro protagonista de hoy.

Era la mujer más bella que había visto en su vida. Él mismo había pensado que sonaba a tópico, pero no podía expresarlo de otro modo; era lo que de verdad sentía al verla. Sin embargo, siempre lo hacía de puertas para adentro, pues le resultaba demasiado ridículo exteriorizar sus sentimientos.

Cuando ella se acercaba a su grupo de amigos en el bar donde solían coincidir, empezaban a sudarle las manos y su boca se quedaba entreabierta. Estaba como hipnotizado. Y mientras él miraba su sonrisa brillante, el resto de sus amigos miraba sus piernas.

Tras la retirada de la mujer más hermosa del mundo, sus manos dejaban de sudar y su boca volvía a su posición normal, si bien notaba aún su cuerpo temblar. Ese era el momento en que sus amigos empezaban con los típicos comentarios que parecían estimular sus vidas:

―Está tremenda ―decía uno.

―Yo le enseñaba cuatro cosas ―seguía el otro.

―¿Has visto cómo le han crecido las tetas, Rober?

Pero Rober ese día no quería seguirles la corriente y se quedó mirando con rabia a su amigo, que esperaba su respuesta.

―¿Quieres que te diga la verdad? ―le respondió.

Su amigo asintió confuso.

―Lo que más me gustan son sus piernas.

El sol no volverá

Poema con el que me presenté al Concurso de Poesía “Pasiones de Verano” de Zenda Libros.

Tus ojos irradian frescura

en nuestras tardes de verano

frente al mar.

Se abre un abanico de estrellas

y crece su luna a medias

que nos hace olvidar.

 

Sobre el fino lecho de arena

ya no somos amigos,

somos amantes.

Las olas bailan nuestro canto,

y nos deleitan con el rastro

de su brisa fragante.

 

Noche de miedos y promesas,

sueños e ilusiones

que solo nuestras manos pueden tocar.

“No te vayas”, me dices.

“Ven conmigo”, te digo.

Creyendo que el sol no volverá.

Las noches que te pierdo

El silencio y la oscuridad invitan a Clara a encontrarse con los peores fantasmas: los de la soledad.

<<No existe peor pesadilla que la que soñamos despiertos>>, piensa Clara mientras intenta dormir sin éxito. Son varias las noches sin pegar ojo, dándole vueltas al mismo tema. La oscuridad no la ayuda. El silencio, tampoco. Su pareja descansa a su lado: parece que no le afecta nada de lo que está sucediendo; parece tranquilo. ¿Acaso es Clara la que está exagerando?

A él casi siempre se le olvida (o eso quiere creer ella) darle el beso de buenos días mientras desayuna tostadas con mantequilla. Ya no existe el abrazo cálido que se daban por las tardes cuando se encontraban en casa después de trabajar. Eso lo echa mucho de menos. En las conversaciones solo hay números y responsabilidades. En la cama hay dos extraños.

Ella asume su parte de culpa: demasiado trabajo y notificaciones que atender como para sentarse a hablarlo. Demasiado temor a que se acabe del todo. Porque con cada nueva discusión que tienen parece que su distancia se multiplica de forma exponencial. Porque cada vez lo siente más lejos y eso la reconcome por dentro. <<¿Qué nos ha pasado, mi amor? Siento en las noches que te pierdo>>, susurra en voz baja mientras se coloca frente a él.

Lo observa en silencio sin poder verlo, y sin juzgarlo por nada más que su respiración. Empieza a acariciar su cabello fuerte y aterciopelado que todavía huele a jabón. Él, ante su contacto, parece despertar de su profundo sueño.

—¿Estás bien? —le pregunta con voz ronca.

—Sí, solo que no puedo dormir.

—Anda, ven, intenta relajarte —le responde él mientras la arropa con sus brazos y añade—. Lo siento, cariño, saldremos de esta.

Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos. Aún se quieren.

El gancho

Un poema sobre el amor que perdura en el tiempo.

Tú me miras. Yo te miro.

Las penas se disipan en el viento.

Lo llano, lo plano,

es lo que llena este momento.

Nada más necesitamos,

solos tú y yo.

Con nuestros juegos absurdos.

Con nuestro encanto.

 

El tiempo nos une,

la juventud ya nos ha desafiado.

La madurez no nos disgusta,

más bien al contrario;

porque sabemos que juntos,

con nuestros juegos absurdos,

con nuestro encanto,

para nosotros es el gancho.

Sombras

¿El amor se puede elegir? Es lo que se pregunta esta mujer mientras duerme con su amante.

La despertó el calor de su respiración, suave y profunda, que reflejaba la complacencia de haber compartido la noche juntos. Tras observarlo durante un rato concluyó que poseía un atractivo natural del que resultaba difícil resistirse y por el cual había acabado por enésima vez, durmiendo a su lado. También era amable, sincero, divertido…; cualquiera habría matado por estar con un hombre así.

Por si fuera poco, en más de una ocasión había demostrado que la quería, pero ella, con tristeza, no podía corresponderlo. <<¿Por qué?>>, se preguntaba impulsivamente conociendo de antemano la respuesta.

Sabía que no podía desprenderse del recuerdo del único hombre al que había amado en su vida. Aquel cuyo rostro invadía su mente por completo antes y después de dormir. Aquel que con su sola presencia conseguía partir todos los planes en mil pedazos.

Qué injusto era no poder ver el cuerpo que tenía delante, sino tan solo la sombra del hombre al que de verdad quería. Así que, después de haber intentado borrarlo por todos los medios posibles, se dio cuenta de la inutilidad de escoger a alguien haciendo uso de la razón.

Era él; solamente lo amaba a él.