Nueva vida

Desperté en un hospital tras un largo sueño y apenas recordaba mi nombre o el de mi familia. Mi pierna derecha no cesaba de palpitar. Me dolía.

Los médicos decían que había tenido mucha suerte, pero no sé a qué se referían. Intenté doblarme hacia mi lado izquierdo y un súbito dolor me lo impidió.

Entonces recordé. Yo conducía, y Mario estaba a mi lado. Ambos reíamos y cantábamos canciones malas de nuestra juventud.

Eran las dos de la mañana y volvíamos de cenar con unos amigos. Yo no bebía nunca, así que siempre me tocaba conducir.

Pero un kamikaze se nos cruzó en medio de la autovía y no hubo forma de esquivarlo. Solo escuché un golpe seco y mi cabeza dio vueltas. 

Cuando volví a la realidad, miré a la enfermera que me atendía y le pregunté por Mario. Ella me devolvió una mirada de preocupación. 

—Está grave. Voy a preguntar cómo va. Tú estáte tranquila. 
—Si consigue hablar con él, por favor, dígale que le quiero —contesté.

La enfermera sonrió y se fue, pero volvió para avisarme de que seguía grave y que por desgracia no había podido hablar con él.

Lloré durante varias horas. Quería ir a verlo, pero tenía la pierna rota y no podía moverme. Lo echaba tanto de menos… 

Nuestra relación siempre se había tambaleado como una tabla en medio del océano. Aunque siempre terminaba flotando. 

Al día siguiente me despertó el sonido de una bandeja. Venían a traerme el desayuno, pero no tenía apetito.
—Tienes que comer algo —me dijo el enfermero, como si supiera qué estaba pensando.

Abrí la bandeja y comí con desgana. 
—Además —añadió—, tienes que recuperarte pronto, porque él también te quiere y está deseando verte.