Abismo

Hay situaciones que no podemos controlar y, cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde.

Por más vueltas que le daba, no entendía cómo había podido llegar a aquella situación que escapaba a su control. Durante toda su vida había sido un hombre alegre y positivo, sin más pretensión que la de vivir. Tenía a su familia y a sus amigos de siempre, había alquilado junto a su pareja un bonito apartamento cerca de la playa, tenía trabajo…; pero lo que él no sabía es que lo había encontrado todo en la vida, menos a sí mismo.

Aquel día explotó. Hacía semanas que por su cabeza rondaban todo tipo de mensajes hirientes cuya propia autoría aún le costaba creer:

“Eres un fracasado.”

“No vas a ser nadie en la vida.”

“El resto de gente es mejor que tú.”

Se lo había repetido a sí mismo una y otra vez, hasta conseguir que la mentira se hiciera verdad. Al fin entendió aquella frase que había escuchado en alguna ocasión y que nunca se había tomado en serio: “estoy rodeado de gente, pero me siento solo.”

Y allí, con los pies al borde del abismo, veía a personas diminutas desde decenas de metros de altura. Por primera vez, había ganado.

El gancho

Un poema sobre el amor que perdura en el tiempo.

Tú me miras. Yo te miro.

Las penas se disipan en el viento.

Lo llano, lo plano,

es lo que llena este momento.

Nada más necesitamos,

solos tú y yo.

Con nuestros juegos absurdos.

Con nuestro encanto.

 

El tiempo nos une,

la juventud ya nos ha desafiado.

La madurez no nos disgusta,

más bien al contrario;

porque sabemos que juntos,

con nuestros juegos absurdos,

con nuestro encanto,

para nosotros es el gancho.

Labios distintos

En el momento menos pensado nuestra vida puede dar un giro radical, como le sucede a la protagonista de esta historia.

Todo empezó entre botellas de alcohol y música animada. Tras varios tragos, alguien propuso jugar a los desafíos. <<¡Vaya chorrada de adolescentes!>>, pensó. Sin embargo, ella no sabía que aquel dichoso juego iba a cambiar su vida.

Cuando la retaron a besar a otra mujer del grupo se negó de inmediato con actitud agresiva. Estaba a punto de marcharse de aquella estúpida fiesta que no le aportaba nada hasta que alguien dijo las palabras mágicas:

—¡Eres una cobarde!

Se paró en seco y volvió sobre sus pasos decidida. Siempre había sido la tímida del grupo y quería mostrar que era capaz de vencer su vergüenza.

—Que sí… Un pico y me largo a casa.

El alcohol contribuyó a que se lanzara de forma impulsiva hacia su amiga. Al rozar ambas bocas, su instinto hizo que se mantuvieran unidas. Descubrió que le estaba excitando besarla, aunque el resto de gente empezó a gritar y a echarse las manos a la cabeza mostrando su decepción. Entonces quiso apartarse de ella, pero no podía; una fuerza extraña se lo impedía.

Sus manos sudaban, sus mejillas ardían, estaba agobiada y no podía separar su boca de la de su amiga, hasta que despertó sobresaltada del sueño que había parecido una pesadilla. Se incorporó y rumió durante horas sobre la cama. Llevaba toda la vida engañándose a sí misma: aquellos no eran unos labios distintos. Aquellos labios le gustaban.

Se levantó de la cama decidida a contarlo, a ser ella misma y a dejar de esconderse. Lloró de emoción al pensarlo: empezaba a ser libre.

Sueño cumplido

Mara tenía muy claro lo que quería ser en la vida. No se trataba de trabajo ni de estudios; eso venía de la mano con el tiempo.

Llevaba tiempo sin salir de casa, y sin ver a su familia ni a sus amistades. Tras varios meses de tratamiento para cumplir un deseo que planeaba desde hacía años, por fin lo consiguió. Todavía no quería dar la noticia, pues deseaba reservarse esos primeros momentos para sí misma. 

Cuando volvió a dejarse ver por el barrio le preguntaron si estaba bien y si había tenido alguna enfermedad.

—Estoy mejor que nunca —contestaba ilusionada.

Mara era consciente de que algunas personas no lo iban a comprender y por ello prefirió guardar las explicaciones para sus círculos más íntimos. Pero los meses pasaron y ya no lo podía ocultar. Entonces, vinieron las preguntas incómodas:

—¿Pero, cómo puede ser? —le decían mirándole la barriga pronunciada—.  ¿Si no estás con nadie, no? ¿Eres lesbiana?

—¿Y por qué no te has ido un fin de semana por ahí a buscarlo en vez de pasar por esos tratamientos?

—¡¿La vas a criar tú sola?! Tendrás problemas cuando se relacione con otros niños…

A su familia le costó asumirlo al principio, aunque enseguida se prestaron a ayudarla, pero la respuesta incrédula por parte de tanta gente —mucha más de la que se esperaba— la había llevado a sentirse culpable en más de una ocasión. En concreto hubo un día que, mirándose en el espejo y acariciándose la barriga, llegó a plantearse si había sido un error:

¿Y si no puedo darte yo sola el cariño y la atención que te mereces, pequeña?

Notó enseguida unas enérgicas patadas que iban formando bultitos en su barriga. Sonrió. Su hija iba a salir fuerte y resistente, como ella.

Un nuevo sol

Cuando los instintos más recónditos salen a la luz sin que lo podamos controlar.

Sus miradas se entrecruzaron por casualidad en medio de la calle. Hacía calor. En circunstancias normales habrían pasado de largo sin dar mayor importancia a la situación, pero aquella vez sucedió algo distinto: volvieron a buscar sus miradas y, sin conocerse de nada, fueron asaltados por un deseo súbito y recíproco.

Se observaron durante unos segundos con asombro y, de forma involuntaria, sus hombros rozaron al pasar por el mismo tramo de acera. Como si una ráfaga de aire caliente (y a la vez frío) los hubiese traspasado, notaron la reacción en su piel: el vello se les erizaba y un cosquilleo les recorría toda la espalda.

Fue ínfimo el roce que llegaron a percibir, pero lo retuvieron en lo más profundo de sus órganos. La propia inercia los obligó a seguir caminando y a alejar sus cuerpos reprimidos entre el estruendo de los coches. Aún así, todavía incrédulos y confusos, giraron en la distancia sus cabezas para repetir el encuentro.

No querían que se acabara. Querían seguir sintiéndose así de vivos, de libres, exponiéndose un poco más a ese nuevo sol que los abrasaba. Pero, a pesar de sus súplicas, sabían que sus deseos no iban a ser cumplidos, y miraron esta vez hacia adelante, aceptando que no se volverían a ver jamás.

 

Lluvia despierta

La lluvia se levanta ante la claridad del día y los sueños de Paula van con ella.

Paula se asoma a la ventana y observa atónita la grandeza de su alrededor. Esa en la que no solemos reparar por culpa del tiempo.

Sus sueños afloran como lo hace la primavera y su mente relajada le permite ver más allá. Entonces cierra los ojos para retener ese momento, mientras la luz baña su rostro.

En un día como aquel Paula no quiere salir, tan solo contemplar la felicidad que la rodea y que quiere sentir. La que viene con la lluvia, y con el tiempo:

No importa la presión,

no importa lo que digan,

tan solo yo.

Es mi felicidad la que vale,

y mi vida, y mi tesón,

por conseguir mis sueños

escondidos en la lluvia

que ahora veo con el tiempo

y la razón.

Paula vuelve a cerrar sus ojos para no abrirlos más. Así se quiere quedar: con su lluvia y sus sueños.

Renacer

Esta joven, que se replantea su vida tras años de sufrimiento, tendrá que ser más fuerte que nunca.

Apoyada en el cristal, con la mirada perdida, notaba los fuertes latidos de su corazón y las lágrimas bañando lentamente su rostro.

Trataba de asimilar lo que acababa de ocurrir. Él le había hecho tanto daño que no podía soportarlo ni un minuto más. Se sentía humillada, frágil, sola… Aquella maleta que había traído en su momento, llena de ilusión, se acababa de vaciar por completo. Ahora solo le quedaba la rabia; y las ganas de gritar.

Había decidido que esa iba a ser la última vez que lo perdonaba, pues ya había sufrido bastante todos esos años. Sin embargo, todavía aterrada y confusa, se preguntaba cómo iba a rehacer su vida después de haberlo perdido todo por él: su adolescencia, sus primeros años de juventud y a su familia. Se había marchado de casa sin pensarlo ni un minuto, dando las mínimas explicaciones. No se lo perdonarían jamás.

Pero logró que las dudas se convirtieran en su escudo y el miedo en sus armas. Sin vacilar, apretó los puños con fuerza y volvió de nuevo a su habitación. Cuando llegó, todo a su alrededor parecía más quieto que nunca.

Tan solo cogió su maleta vacía. No iba a necesitar nada más. Se la llevó con la esperanza de llenarla de nuevo algún día.