El ritual (II)

Continuación de “El ritual (I)”, un relato de suspense donde se interpone la ambición de poder.

De rodillas frente a él se encontraba el hombre que había cambiado su vida; para bien y para mal. Pero, lejos de mostrar esos aires de suficiencia y de soberbia de cuando se encontraron por primera vez, esta vez sus ojos reflejaban el peor de los miedos, el miedo a morir.

Aquel hombre que lo tenía todo y que había intentado utilizarlo a él como a otro de sus secuaces, se había equivocado. Lo había subestimado. Su traje ya no estaba impecable, sino sucio y arrugado; su pelo ya no estaba perfectamente peinado, sino manchado de sudor y sangre; intentaba mostrarse imponente, pero su voz temblorosa lo delataba:

—Te estás equivocando —dijo—. En cuanto vean lo que has hecho irán a por ti.

—Puede ser —le contestó el joven con la pistola apuntando a su cabeza—. Pero también es posible que les esté haciendo un favor a todos. Seguramente te odien hasta la médula y no hayan tenido el valor para matarte aún. Pero yo no te tengo miedo.

—¿¡Qué estás diciendo, chaval!? —respondió nervioso, como una presa que no tiene escapatoria—. Ellos no son nadie sin mí. Ni tú tampoco —decía mientras intentaba desatarse las cuerdas de las manos sin éxito—. Si no me hubieras conocido no tendrías donde caer muerto. ¿De dónde es has sacado esa pistola, eh? ¡Mía! ¡Es mía! ¡Yo te la di!

Cansado de oír sus palabras, le disparó. Después miró sus propias manos manchadas de muerte y pensó en repetir de nuevo el ritual; aquel que empezaría a practicar (desde ese día) con asiduidad.

El ritual (I)

Este joven experimenta el poder del dinero fácil y ahora debe tomar una importante decisión.

El agua en movimiento lo atrapa. Nadie sabe dónde está, y así pretende que siga siendo. Solo pide un poco de soledad para pensar en lo acontecido durante las últimas horas. Tiene que decidir qué hacer: una elección nada fácil para él. El cielo se oscurece, pero el último color en desaparecer es el rojo, como el de la sangre de sus manos. Se las ha lavado varias veces en el agua del mar, como si así siguiera una especie de ritual; pero aún así se siente sucio.

Es la primera vez que asesina a alguien. No puede negar haberse sentido poderoso por un instante, cuando sostenía el arma apuntando a su víctima. El horror de sus ojos lo había hecho sentir como un depredador en medio de la selva. El disparo le costó menos de lo que esperaba, pero fue después cuando reaccionó ante el cuerpo sin vida que tenía delante. Se sintió como un monstruo sin alma pero, al mismo tiempo, se sintió bien.

Lo había hecho por dinero. Quienes lo contrataron le pagaban una gran suma con la que podría vivir durante dos o tres años viajando por toda Europa, como siempre había querido. Ellos se lo vendieron como el verdadero paraíso. Pero no todo podía ser tan fácil: querían más de él y no lo iban a dejar marchar. Matando a ese pobre diablo se había convertido automáticamente en uno de ellos y ahora tenía dos opciones: huir o jugar su juego.

Se levantó de la piedra en la que estaba postrado y fue en busca de su pistola. Comenzaba su plan.

Aguas salvajes

Las que nunca pertenecerán a nadie.

(Versión I)

 

Paseo entre sus lindes,

descubro sus sorpresas.

Aspiro a ser.

 

Me adentro en los secretos

que guardan sus profundidades,

mas solo intento conocer.

 

Camino entre sus límites,

en busca de otras huellas,

aunque no las pueda ver.

 

Me pierdo en sus tormentas,

contenta con sus partes,

me conformo con creer.

 

Es el precio de ser libre,

aunque solo sea a destiempo,

aun sin querer.

 

 

(Versión II)

 

Entre sus límites camino

con una mezcla de miedo y esperanza,

en busca del tiempo perdido.

 

En sus profundidades me pierdo

con los secretos más íntimos

de quienes osan sus andanzas.

 

A sus olas sin dueño ni dueña me aproximo,

para imitar su movimiento

de aparente calma.

 

En sus mareas me arremolino,

y con los animales me encuentro

para unirme a su libre danza.

En la boca del lobo (II)

Esta es la segunda parte de “En la boca del lobo (I)”, un relato inspirado en el thriller policíaco.

Salimos con cautela de nuestro hogar y lo dejamos todo tal cual. Yo apuntaba hacia las escaleras mientras esperábamos llegar los ascensores y rezaba para no encontrarnos con ningún vecino. Mi pareja me miraba sin decir nada. Una vez llegamos a la planta baja, salimos al rellano de la calle y, aunque no parecía haber una sola alma por allí, yo sabía que teníamos a alguien cerca. Abrí la puerta exterior con cuidado y apunté con mi pistola medio escondida en la chaqueta. Allí estaba la furgoneta prometida y no parecía haber nadie alrededor. El copiloto salió con discreción de la furgoneta y nos abrió la puerta trasera para que entráramos.

Primero entró mi pareja. Después salí yo del portal mientras agudizaba mis sentidos en todas direcciones y cuando estaba a punto de entrar en el vehículo se oyeron dos disparos muy de cerca. El copiloto cayó al suelo en un intento de disparar hacia la acera de enfrente y meterse en la furgoneta. ¡No!”, grité mientras me agachaba y corría hacia la puerta abierta del vehículo. Volvieron a disparar, pero logré esconderme detrás de la puerta. Después, me asomé con decisión hacia el lugar de donde provenían los disparos y vi la cabeza de un hombre sobresalir detrás de un coche. Estaba apuntando con su pistola hacia nuestro conductor, pero yo fui más rápida y le disparé en la frente. 

La furgoneta ya había arrancado. Me metí dentro con rapidez y cerré las puertas, lancé a mi pareja al suelo y lo cubrí con mi cuerpo. Hubo más disparos que agujerearon la chapa de nuestro vehículo, pero por suerte no nos alcanzó ninguno más. Seguramente alguien de mi unidad ya había intervenido. Cuando nos alejamos de allí me senté en el suelo y comprobé que todos estábamos bien. Yo aún respiraba con dificultad por la fatiga y mi conciencia se iba hecha añicos tras haber dejado allí a mi compañero. Porque, a esas alturas, poco podrían hacer por él.

¿Cómo es que habían descubierto mi verdadera identidad? Quizá mi compañero de operaciones (que había fallecido hacía unas semanas) y yo habíamos metido demasiado nuestras narices en aquella red de narcotráfico. Estábamos tan cerca que sentíamos el calor de las llamas, pero no podíamos echarnos atrás. Ya era tarde. Nos habíamos hecho pasar por dos contactos de otra red de narcos interesados en hacer negocios con ellos para introducir su droga en la costa de Murcia y, con ello, hacer crecer sendos negocios.

En la casa que nos habían acondicionado para permanecer encerrados sin salir hasta nuevo aviso, hablaba con mi jefa por teléfono desde la habitación mientras observaba a mi pareja leyendo un periódico en el sofá. Parecía más tranquilo que yo, aunque bien es cierto que él no solía mostrarse tenso cuando lo estaba de verdad. Yo no hacía más que darle vueltas al asunto: iban a por mí y no pararían hasta encontrarme. Además, daba por hecho que a mi casa ya no podríamos volver nunca más.

—Cocaína, hachís, marihuana y speed. Están creando todo un imperio estos cabrones —le dije en voz baja.

—Piensa, Camila, tenemos que averiguar la dirección del lugar de producción.

—¡TE DIGO QUE NO LO SÉ! —Yo misma me di cuenta de que había gritado demasiado y bajé el volumen—. Íbamos a reunirnos con dos de ellos en un punto la tarde en que mataron a Ángel. Nos los habíamos ganado ya por completo, pero alguien les dio el soplo de quiénes éramos y fueron a por nosotros. Solo te puedo decir que el punto de encuentro era el Palmeral de Elche, pero eso no tiene por qué significar nada.

Sabíamos que esa gente era peligrosa, pues acumulaban centenares de armas y tenían a su disposición toda una tropa de matones y chivatos repartidos por Alicante, pero de ahí a matar a dos de los nuestros sin pestañear, era cruzar una barrera importante. Estábamos a punto de desmontar el corazón de sus negocios y eso les estaba molestando. Ya conocíamos sus caras y sus nombres y, desde luego, actuaban así porque estaban desesperados o porque se creían intocables, en cuyo caso significaba que había más gente en su bando de la que nos imaginábamos.

—Tiene que ser alguien de los nuestros.

—No puede ser, Camila. Eso es imposible.

—¡No me toques las narices, María! Que no somos monjas de la caridad. Hay que averiguar lo que está pasando y deshacerse de esa escoria cuanto antes, porque mientras tanto voy a tener que quedarme aquí encerrada poniendo en peligro la vida de mi familia —Colgué el teléfono y miré con una mezcla de tristeza y culpabilidad al hombre de mi vida.

 

 

En la boca del lobo (I)

Una agente de campo de la unidad antidroga sufre las consecuencias de su última investigación.

La media de horas de sueño desde que pasó todo es de cuatro horas. El resto me las paso observando a mi pareja mientras duerme y, una vez consigo relajarme con el sonido de su respiración, me vienen de nuevo las imágenes: mi compañero detrás de mí para cubrirme mientras me acerco corriendo a nuestro objetivo y un disparo seco y momentáneo en su nuca que me hace esconderme de forma automática. Podría haber sido yo perfectamente. O nos podrían haber matado a los dos.

Mi pareja respira tranquila. Él me acompaña durante todo este tiempo sin quejarse demasiado. Aún no comprendo cómo lo aguanta. Me acuerdo de cómo nos conocimos y se me asoma una sonrisa de felicidad: estaba en el garito más mugriento de Alicante, pero en el que mejor música suena; él con su cerveza y yo con mi segunda copa en el cuerpo. “No te van las emociones fuertes, ¿no?”, le dije señalando su bebida. “Soy un chico de costumbres”, respondió con simpatía y timidez. Me gustó desde el principio y, como no soy de alargar demasiado mis conversaciones ni mis citas, me lancé a besarlo. Él se quedó algo impactado, pero continuó besándome. A la semana siguiente volvió a suceder, y a la siguiente…, hasta que uno de esos días me dijo que le gustaba, y mucho, y que si quedábamos a tomar un café. Al principio me negué en rotundo, pero mi inconsciencia me hizo cambiar de opinión y asentí.

La primera tarde de los muchos cafés que nos tomamos fue estupenda. Su compañía me ayudaba a calmar mis nervios y a dejar de pensar tanto en los problemas. Solo me preguntó una vez por mi trabajo, a pesar de que mi “soy funcionaria y trabajo muchas horas para compensar la media” no pareció convencerle del todo. Después, llegó el día de lo inevitable: me dijo que me quería y que deseaba ir más allá conmigo. Yo le respondí que vivir conmigo no era nada fácil. Él no dijo nada y yo dejé pasar unos segundos para asimilar que por primera vez estaba enamorada de alguien. “Puedo desaparecer en cualquier momento. Durante días. Y nunca podré decirte por qué. Puede que no vuelva nunca.” Él me cogió de la mano con seguridad y me dijo: “ok, funcionaria”.

Mi móvil empezó a vibrar en la mesita de noche. Aunque se trataba de uno de esos números indescifrables, sabía que era mi jefa. Ella era muy de llamar de repente cuando había encontrado alguna pista importante y necesitaba tenerme en la oficina cuanto antes para verificar los datos.

—Voy para allá —le dije tras descolgar.

—Camila, no, espera—me respondió—. Tenéis que salir de ahí cuanto antes. Han descubierto dónde vives.

Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza. Mi casa, la inexpugnable, de la que se supone que nunca jamás iba a saber nadie.

—No puede ser, ¿cómo coño lo han conseguido averiguar? —susurré alterada mientras me levantaba de la cama.

—Aún no lo sabemos, pero lo vamos a averiguar. Ahora escúchame bien: lo que tenéis que hacer es salir de ahí cuanto antes. Os espera en la puerta una furgoneta negra y hay una unidad vigilando en los alrededores. Coged lo imprescindible. —Mi jefa esperaba a que le dijera algo, pero yo seguía en shock—. Camila, ¿me has oído?

—Sí.

Colgué el teléfono y desperté a mi pareja. “Tenemos que irnos, cariño. Levántate y vístete rápido”. Él parecía no entender lo que le decía, pero en cuanto me vio abrir la caja fuerte del armario para sacar mi pistola, su rostro palideció. Era la primera vez que la cargaba y usaba allí, delante de sus narices. Solo pude decirle que lo sentía y él —todavía incrédulo— se colocó los vaqueros y la camiseta del día anterior. Yo terminé de vestirme y con mucho cuidado le fui dando las indicaciones para salir de allí. En ese momento dejé de ser la Camila tranquila y apacible que él conocía y me convertí en la profesional que pertenecía a la unidad de élite antidroga desde hacía años.

La escalera

Las divagaciones de un hombre que alcanza su paz interior.

A veces se pregunta si es solo el tiempo o su forma de ser la que ha cambiado, pero jamás había sentido tanta paz en sus adentros. Como si un solo de piano lo acompañara a todas partes, ha aprendido a aceptar la realidad que lo rodea: en lo positivo se regocija y respecto a lo negativo, ha aprendido a ignorar.

Es increíble como el tiempo enseña a distinguir entre los gestos de admiración y de envidia, entre las palabras sinceras de amor y las de puro cinismo, o entre las miradas de complicidad y las de aversión (que suelen ser mutuas). Pero, como en un prado verde y llano, se siente neutral. No hay muros ni montañas, solo agua y cantos de pájaros.

Ha aprendido a respirar con calma y a escuchar más que a hablar. A veces se preocupa de su estado no catatónico y se pregunta en más de una ocasión si ya está todo lo malo pasado o es que ha sido solo una visión, como en las películas de dudoso final. ¿Es él quien ha cambiado? ¿Ya lo ha llorado y odiado y vivido todo?

Quizá solo significa que ha aprendido a aceptar y a querer. Quizás ha aprendido a ser más fuerte que nunca y se encuentra en el último de los peldaños de la escalera que la vida representa. Y, sin duda, esto también es gracias a unas personas que no destacan por cantidad, sino por el valor que han aportado a su vida.

Entre dichas personas, unas ocupan su tiempo y su corazón desde hace años; otras en cambio han salido de la nada y le han enseñado lo que es amar de verdad la vida. En todas ellas y en sí mismo se va a apoyar para no volver jamás al profundo y oscuro hueco de la escalera que visitó en un par de ocasiones y del que tanto le ha costado escapar.

En cualquier caso, no piensa bajar.

Cíclico

La vida se reduce a ello, a lo cíclico.

La alarma del despertador,

el perfume de tu pecho,

las aguas rugiendo bajo la ducha,

el aroma a café tostado.

Un beso, adiós, me voy.

 

La calma de la mañana,

las prisas de la gente,

el mar de fondo con su grandeza.

Los buenos días de siempre,

los quehaceres otra vez.

 

Las pantallas que acaparan,

la comida entre risas,

el frío de la noche temprana,

un poco de ejercicio,

cuídate, hasta mañana.

 

La cálida vuelta a casa,

las manos entrelazadas,

los fotogramas compartidos,

una dosis de abrazos y caricias.

Buenas noches, que duermas bien…