Reflexiones navideñas

La Navidad es una fecha para todos los gustos. ¿Sois de los que aborrecéis estos días llenos de luces y reclamos por doquier o sois de los que decoráis vuestro hogar a lo hórror vacui y os encanta llevar gorritos y guirnaldas en las fiestas?

Yo estoy un poco en el limbo pero, sin duda, lo que más me gusta de estas fechas es poder pasar tiempo con mi familia y amigos, y ver a los niños y niñas disfrutar de la magia de estos días (ellos que pueden…).

¿Habéis hecho balance de este año? Yo en parte sí, y puedo decir que estoy contenta. Ya tengo publicada mi segunda novela, que está teniendo una buena acogida entre mis lectores, y he escrito en este blog un total de 39 entradas. ¿No está mal, no?

Para el próximo año tengo en marcha bastantes proyectos, aunque, si os soy sincera, son más bien personales. Pero por lo que respecta a la literatura, me he propuesto dos retos: uno, seguir escribiendo de forma constante; y dos, leer todo lo que pueda (y más).

En fin, queridos escritores y lectores de estas redes, os deseo unas felices fiestas y un maravilloso año nuevo junto a los vuestros.

Hasta la vuelta 😉

 

Nada que contar(me)

Hoy me he dispuesto a hurgar entre los tejidos en busca de historias que contar(me). Pero nada sale. Todo está demasiado lejos como para alcanzar una simple palabra del corazón.

Así es desde que te fuiste. Ya no me quedan piezas para tocar ni papeles que interpretar. Ahora me limito a sobrevivir entre latas vacías y sábanas ajenas que no me convienen.

Después vuelvo a casa, que parece un puto iceberg. El gato me mira como si nada fuera con él. Me voy al agujero, y entre alcohol y notas musicales fluyen tristes las letras sobre el papel.

Magia

Sigue tan bello y tan frágil como el primer día.

Sus ojos son sinceros. Sus labios son callados. Pero sabe leer los primeros e intuir los segundos. Quiere sentirlos cerca, siempre.

Sus manos, grandes y armoniosas, le dan el calor y el cariño que necesita.

Quiere seguir cuidando de él, arrastrarle a su locura. Sentir que este pequeño mundo no es solo para ella. Que él tiene su hueco, y su testigo.

Su pecho junto a su espalda, no hay mejor momento. Ni siquiera el silencio.

Todo se apaga, excepto su magia. La que los mantiene vivos.

 

 

 

Las musas

Vienen —por fin— a destilar su belleza, que se convierte en palabras plasmadas sobre el papel blanco. Vienen para irse y no quedarse por mucho tiempo; lo sabe. Por eso las toma con cuidado entre las manos y deja que le guíen durante el proceso.

Ellas le observan con alegría o con tristeza, no lo sabe a ciencia cierta, y le tienden la mano para que las acompañe. Recorren juntas mares, montañas y lugares maravillosos que podrá revivir después.

El vuelo es corto, pero intenso, y acaba despertando como de un largo sueño. Después, abre las manos con delicadeza, pero ya no están.

Se despide de ellas con ternura y cierta tristeza, emite un suspiro, y piensa: “ya volverán”.

La realidad

El sonido de las aves volando cerca. El crepitar de los zapatos en contacto con el suelo pedregoso. La luz del sol bañando su rostro. Es octubre, el mes de los cambios. Nuevas aventuras le esperan. Nuevos retos que desconoce en qué devendrán.

El mar está cerca. Su azul nítido es una excepción en pleno otoño. Mirarlo le ayuda a pensar. A planificar futuros planes. Piensa en volver, pero las piernas le piden más pasos. “Aún puedes un poco más”.

Siente la sangre fluir por sus venas, el cosquilleo del agua fría en sus pies. Quiere vivir. Quiere volar en alto, como lo hacen las gaviotas. Quiere sentir una vez más que no existe el tiempo. Que nunca se acaba. Que ya no volverá a la realidad.

La nueva “filosofía”

Cuando te sientes bien y estás en paz contigo mism@ descubres nuevas facetas de la vida que no conocías. En mi caso, por ejemplo, he descubierto que los mensajes positivos o de superación son como las drogas: enganchan y te hacen sentir bien durante un tiempo, pero en el fondo sabes que algo no funciona bien.

Yo fui adicta durante un tiempo a la filosofía “¡hoy va a ser un gran día!” y “qué maravilloso es este mundo”, pero cuando te bajas de ese estado de ensoñación temporal te das cuenta de que no, el mundo es una basura en todos los sentidos. Y no hay ni que esconderlo, ni que esconderse. Hay que aceptarlo conforme es y actuar en consecuencia.

Habrá días mejores y peores en tu vida. Cuando aprendes eso, las frustraciones también son menores. Y lo mejor que se puede hacer es sobrellevarlo (con más humor, a poder ser), evitar que te tomen por idiota y rodearte de las mejores personas que encuentres para aprender de ellas.

Igual estoy equivocada, pero es lo que creo que nos puede ayudar a ser un poco más felices. No una taza con mensajes inútiles.

Conexión

Han estado a punto de abandonarse. Dos veces. Pero siempre hay algo, algún tipo de conexión que les impide separarse. Es demasiado fuerte y por eso siguen juntos. ¿Se trata del destino? ¿Es el amor (en el que muchos se empeñan en no creer)? A veces es muy duro. A veces duele demasiado. Pero piensa que es el precio que hay que pagar cuando se está enamorado.

El instinto

Primer piso. Portal número 7. La puerta derecha entreabierta. En el suelo un cadáver en decúbito prono. La víctima, una mujer joven vestida con falda y botines. No hay signos aparentes de violación o robo, por lo que parece un asesinato premeditado o promovido por motivos personales. «Otro caso de violencia de género no, por favor. Me ponen de muy mal humor», piensa la inspectora.

Ella y su compañero se acercan a la zona de la cabeza; su rostro delata unos treinta años de edad y el cuello presenta un corte transversal fino. «Seguramente murió asfixiada por un alambre», comenta su compañero. Su frente y sus manos están llenas de heridas. La víctima luchó antes de morir.

¿Entraba en casa justo cuando apareció su asesino? A priori no parece lógico, según piensa la inspectora, pues el ruido que habrían hecho a esas horas habría alertado a los vecinos. No obstante, si el asesino era rápido y fuerte, quizá pudo pasar desapercibido.

Otra posibilidad era que la mujer estuviese saliendo de casa y el asesino aprovechara para bloquearla cuando abrió la puerta. El instinto normalmente nos hace huir hacia un lugar seguro para escondernos, por lo que, al verse acorralada, la víctima intentó cerrar la puerta en las narices de quien la intentaba atacar.

No lo consiguió. En cualquier caso, la inspectora se encontraba ante otra víctima más que no había conseguido ganar la batalla.

Vacaciones

Terminamos la relación pocos días antes. Era tóxica a niveles escandalosos, pero no sé por qué había tardado tanto en dar el paso. En otras ocasiones no había dudado ni un segundo, pero este chico egocéntrico e inmaduro me había atrapado con su palabrería barata y sus regalos insulsos.

Conducía el coche a un ritmo regular y tranquilo por las carreteras secundarias del norte de España. Era agosto, y por fin disfrutaba de mis ansiadas vacaciones. Esta vez decidí irme sola, pues me apetecía perderme entre la naturaleza y las playas semisalvajes para meditar.

Lo que más necesitaba en esos momentos era pensar con calma y hacer un balance de mi vida. Siempre eran las vísceras y las corazonadas las que hablaban por mí, así que tenía que ser más objetiva (o al menos eso era lo que decían los coaches vendehúmos de internet).

Tras regresar de mis pensamientos fugaces, me adentré en un puerto de montaña neblinoso con unas vistas espectaculares y decidí parar a tomar algo para reponer fuerzas mientras disfrutaba del paisaje. Tomé un refresco y un sándwich vegetal del hostal donde había pasado la noche y me sentí como nueva.

De forma repentina y por inercia miré el móvil sin cobertura y, para mi sorpresa, había un mensaje de él que no había visto aún:

«No puedo vivir sin ti. Por favor, dame otra oportunidad. Te quiero».

Mientras me reía y recordaba cuántas veces había leído mensajes así, apagué el móvil y lo lancé dentro de la mochila. «Qué original», pensé en voz alta.

Después, hice algunas anotaciones en mi libreta y respiré profundo durante unos minutos antes de volver a la carretera. Proseguí la marcha con el coche a un ritmo pausado; el camino seguía descendiendo por el puerto de montaña hasta llegar a un pueblecito pesquero impresionante, de los que te oprimen el corazón cuando lo ves por primera vez.

Una vez asentada en aquel lugar idílico (por un precio más que asequible), decidí dar una vuelta y estirar las piernas. El verde de la vegetación frondosa se reflejaba en el azul del mar y los colores variopintos de las casas aportaban una gracia y alegría especial al horizonte. Definitivamente, había escogido un lugar perfecto para desconectar.

Me senté en una terraza cercana a la playa a disfrutar de un delicioso café. La tarde soleada comenzaba a desaparecer y el fresco se empezaba a sentir en la piel. Después, cuando me disponía a leer el último libro que había comprado en mi reader, mis ojos desviaron la atención hacia un chico sentado en otra mesa. Debía de tener más o menos mi edad y era bastante atractivo.

«No has venido a este pueblo perdido del mundo para esto», dijo mi incipiente parte racional. Volví a intentar prestar atención al libro y di un sorbo al café, pero comencé a plantearme qué podía hacer aquel chico solo en medio una playa del norte. «Quizás está aquí por el mismo motivo que tú», pensé mientras me centraba de nuevo en la lectura y lo miraba de reojo al mismo tiempo.

Licor de estrellas

Microrrelato con el que he participado en el certamen literario Tinta lunar, de la editorial Círculo Rojo

El inspector huyó de su rutina diaria en busca de soledad. Estaba a punto de cerrar un caso sin resolver y la noche se presentaba más fría que de costumbre. La luna era su única acompañante, su mejor confidente en la oscuridad. «¿Qué es lo que no está encajando?», le preguntaba, como si ella pudiera darle una respuesta.

Le dio un trago a su petaca de brebajes, como él mismo la denominaba, y en parte logró recomponerse. Después, volvió a mirar al horizonte y la luna empezó a tornarse más brillante, hecho que inquietó al inspector. Cerró sus ojos con incredulidad y los volvió a abrir. Aquel bello satélite todavía brillaba más.

Fue entonces cuando el puzle de su mente unió las piezas que faltaban y todo empezó a cobrar sentido. ¡Vaya! Por fin había averiguado quién era el autor del crimen sin resolver y por qué el asesino había arrebatado la vida a aquella víctima. Con una gran sonrisa, el inspector dio las gracias a su luna confidente y le dedicó el último gran trago de su licor de estrellas.