Soy yo, la muerte

Es la muerte que te habla, directamente.

Me crees lejana, pero te observo siempre desde mis tinieblas. Piensas que jamás iré a visitarte, pero te equivocas. Lo haré. Aún no he decidido cuándo ni cómo: quizá sea tarde, de madrugada; tal vez por la mañana, al despertar. Sé que no me crees. Sé que quieres quitarme de tu cabeza, pero siempre estoy ahí: en cada paisaje que ves, en cada bocado que pruebas. Nunca me escondo; por eso me temes. Por eso te inquietas con cada sonido que oyes. Por eso te estremeces al oír el tañido de las campanas, porque van al son de mis pisadas.

Me crees cruel, pero no sabes muy bien por qué: porque soy impredecible; porque hago sufrir; porque no me puedes controlar. Sueles pintarme de negro, como la noche sin luna. A veces me tiñes de rojo también. Y de blanco es como me quieres ver. ¿Por qué me evitas cuando estoy cerca? ¿Por qué te quita el sueño hablar de mí? Con mi enemiga no sufres tanto. Ella, igual que yo, se presenta en cada lugar que visitas, pero no la quieres ver; ella pasa desapercibida en cada sonido que oyes. A ella no la temes como a mí… peor que eso; a ella la olvidas.

Ilusiones

Una joven pide consejo en una reveladora tarde de domingo. ¿Conseguirá resolver sus dudas?

Cada tarde de domingo que salía a correr la encontraba sentada en el mismo banco, frente a aquel pequeño universo de agua. Era un parque inmenso, pero ambas compartían el don de la rutina y desde hacía tiempo se había convertido en una costumbre: la joven apuraba su marcha, estiraba sus músculos y se subía la cremallera de la chaqueta para no helarse. La anciana la miraba sonriente y hacía un hueco a su lado para que se sentara. Durante un rato el silencio las acompañaba, hasta que la joven se disponía a hablar.

—He tenido una semana reveladora —dijo—: creo que, por fin, he madurado.

La mujer la escuchaba con atención, a pesar de que seguía mirando el agua fijamente.

—Estoy enamorada —continuó la joven—, pero me he dado cuenta de que el amor ya no es un pilar tan importante en mi vida. Ahora quiero realizar otras actividades que me llenen, como estudiar, viajar, leer…; luchar por tener una vida plena, pero sin necesidad de depender de nadie más que de mí.

—Comprendo. ¿Y qué problema hay con eso, cielo? —preguntó la anciana.

—Pues que por un lado estoy feliz, porque he ganado confianza en mí misma y ahora tengo las cosas más claras pero, por otro lado, tengo miedo de las consecuencias de este cambio. ¿Significa que perderé las ilusiones de mi juventud, que dejaré de <<sentir>> como lo hacía antes?

La anciana esbozó una pequeña sonrisa y dejó de fijar su vista al frente para mirarla.

—Significa que has aceptado que estás sola frente a este mundo. No debes tener miedo.

Por ti

Una carta dirigida al amor.

De niña te imaginaba como en un cuento de hadas, de vivos colores y lleno de fantasía. Tus finales felices perduraban para toda la vida. Eras belleza y perfección. La perfecta mentira. Eras el que más protagonismo tenía en todas y cada una de mis historias.

De adolescente eras obsesión, posesión, desconocimiento. Te recordaba en cada suspiro y rostro que se me antojaba; te quería todo entero para mí. Una vez, sin embargo, llegó el día y apareciste sin que te lo pidiera…; viniste con la intención de quedarte, pero me engañaste. Todavía recuerdo cuánto me hiciste sufrir…

De adulta te ando buscando en varios frentes, siempre desde el miedo y la desconfianza. En algunos voy ganando y en otros voy perdiendo. Aunque te he sentido varias veces, muchas han sido a lo lejos. No obstante, ahora te siento muy cerca. Quizá demasiado. Porque quemas, dueles. Permito que hagas y deshagas como quieras. Te consiento más que antes.

De anciana deseo que estés presente en mi vida, en cada gesto, en cada sonrisa. Te quiero sincero, no interesado ni fingido. Espero que cuides de mí y que jamás me abandones, pues serás de lo poco que me quedará por vivir. Nunca me olvides y yo haré lo propio contigo. Porque mi intención es cerrar los ojos sonriendo por ti.

Ser quien soy

Relato breve con el que me presenté al I Certamen Internacional de microrrelatos Simionema 2018

Acabar con el hartazgo de fingir. Borrar ese “yo” construido por todo el mundo, menos por mí. ¿Qué pasa si incumplo las malditas reglas no escritas?

Miro al frente y veo el mar, el único que entiende mi furia. Él recoge mis cábalas y se las lleva consigo, mientras las voces a mi alrededor intentan llevarme de vuelta.

¿Y la felicidad? No es más que otra construcción social que rompe los espejos de mi interior, sin dejar espacio a los sentimientos más recónditos, más humanos.

Vuelvo la vista al horizonte y, con la inmensidad del agua en movimiento, mis dudas se van aclarando: no quiero aparentar que soy feliz, no quiero ser como todo el mundo quiere que sea.

Quiero ser quien soy.

Pasan los días

El relato de alguien que intenta sobrevivir a una ruptura.

Las frías sábanas me envuelven y los días pasan, como si nada. Abro las ventanas y dejo que entre la luz. Ahí afuera, nada cambia. Pero aquí dentro, cambia todo. Han pasado varios meses sin ti y yo ya he pasado por todas las fases: odio, dolor, añoranza, melancolía, amor… Ahora ni siquiera sé en qué fase estoy. ¿O quizá me encuentro en todas? ¿Es cíclico, consiste en eso?

Pensar, “darle al coco” está sobrevalorado. Me está consumiendo y matando poco a poco, sin que apenas me dé cuenta. Porque de día sobrevivo, me alimento de emociones, guardo el equilibrio; el mar me calma, la lectura me evade, la música me distrae… Pero en cuanto llega la noche, entonces viene, sin que yo se lo pida. Viene para recordarme quién es, me aprieta entre las sábanas hasta que me asfixia. Y así, día tras día.

Vendetta

Este es el relato de una mujer irreverente que desea vengarse de quienes la dejaron sin su casa.

Siempre me ha faltado el dinero, pero nunca me ha sobrado el ingenio. Por eso estoy aquí, agazapada, esperando el momento perfecto para meter mis narices en uno de los tantos vertederos de billetes comúnmente conocidos como cajeros. Los llamo así porque es de sobra conocido que el dinero que contienen procede de la máxima mierda. Sí, lo reconozco, también lo hago por pura diversión. Me gusta el mundo oscuro de internet y no depender de nadie para hacerlo.

Te preguntarás cómo soy, dónde vivo y esas cosas que le gusta saber a la gente. Pues siento decepcionarte, pero lejos de ser una rubia despampanante, soy una morena sin tintes ni trucos, bajita y de complexión pequeña. ¿Quieres que te siga decepcionando? Porque si es así te contaré que vivo en una pocilga, en el extrarradio de una gran urbe repleta de gente amargada y de contaminación. Mis “compañeros” de piso, por llamarlos de alguna forma, viven por y para drogarse. Yo no. En algo tenía que dar ejemplo. ¿No?

La gente me trata como si no sirviera para nada. Tan pequeña, tan frágil, tan mujer. Un día sentada en un banco, sola, escuchando música a todo volumen mientras miraba el mar, se me acercó un desgraciado que me dio un susto de muerte. Entonces, me quité los cascos cabreada por haberme cortado la canción y lo miré con odio.
—¿Estás bien? ¿Te he asustado? —me preguntó.
—¡¿Tú qué crees?! —le dije.
—Perdona, es que te he visto ahí tan sola y tan guapa… ¿Todo bien, cielo?
—Todo genial —respondí con sarna—. Estaba aquí, tan tranquila, intentando escuchar nu metal, hasta que has venido tú.
—¿Nu… qué?
—¡QUE TE LARGUES Y ME DEJES EN PAZ!

Como puedes observar, la paciencia no es mi fuerte. Además, hace tiempo que dejé de fingir ser simpática y agradable para caer bien a todo el mundo. Ahora solo quiero que me dejen vivir mi vida, y yo haré lo propio con los demás. Menos con los bancos; a esos no los pienso dejar en paz. Me quitaron mi casa y me dejaron arruinada cuando las cosas ya no iban bien. Y olvidaron demasiado pronto todo lo que había pagado cuando pude hacerlo. Así que ahora lo van a pagar con creces. O con intereses, como dicen ellos.

El personal de limpieza está a punto de marcharse. Deben de ser casi las diez de la noche. A estas horas, en invierno, la gente cena calentita en sus casas. Menos yo y cuatro gatos (literalmente) que vagamos en solitario por las calles. Para ellos (los gatos) no estoy segura, pero para mí solo es la hora de fumar. Creo que la nicotina no me hace nada en especial; ni me ayuda a pensar ni a concentrarme, solo a engancharme a un vicio más y a matar el infierno de la impaciencia. Porque así me siento, impaciente, cada vez que estoy a punto de acceder a las entrañas de la peor gentuza habida y por haber: la del dinero y el poder.

Despegue

A Claudia le toca iniciar el ascenso hacia otras tierras en busca de nuevas oportunidades.

Cuando se subió en aquel avión y se asomó por la ventanilla sintió un cosquilleo en su estómago por la emoción de afrontar nuevos retos y aventuras en otra ciudad. Aún así, seguía con esa sensación extraña de querer irse y a la vez no, que acababa derivando en la misma pregunta: 

¿Me arrepentiré de haber tomado esta decisión?

Fue al inicio del despegue cuando Claudia empezó a reaccionar; el dejar de pisar su tierra hizo que reparara ante lo que de verdad parecía ser una nueva etapa en su vida. Las lágrimas empezaron a descender de forma suave por sus mejillas y a emborronar el negro de su lápiz de ojos.

¿Se trataba de alegría o de tristeza? ¿O quizá de ambas cosas? El hecho de ir a trabajar a una nueva ciudad a miles de kilómetros de distancia de su casa, donde se hablaba otro idioma y conocer gente nueva le atraía, pero dejar a su gente allí la entristecía.

Aunque Claudia habría preferido que no se hubiese dado cuenta nadie, ya era tarde; notaba sus ojos congestionados y su respiración acelerada por el llanto. Su compañero de asiento la miraba con preocupación y sus gestos denotaban la intención de ayudarla. 

—¿Tienes miedo a volar? —le preguntó, ofreciéndole un pañuelo con torpeza.

—No, no es eso —respondió Claudia aceptando el pañuelo—. Gracias. —Continuó hablando mientras se secaba las lágrimas—. Me voy a trabajar a Londres, sola. Mi familia, mis amigos y mi pareja se quedan aquí.

Su compañero asintió con la cabeza como si ya lo hubiese escuchado en más de una ocasión y la dejó tranquila. Claudia agradeció su gesto y se asomó de nuevo a aquel trozo de cristal que la separaba de la nostalgia.