Perfume (Parte III)


No es la primera vez que Garrido y Pérez tienen esa sensación. Se sienten más perdidos que nunca pero, al mismo tiempo, saben que están muy cerca. Por eso, ponen en marcha todos los mecanismos que tienen a su alcance para averiguar la verdad: varios equipos de la policía se encargarán de identificar y rastrear a las posibles amantes de Ferrandiz.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, una mujer anónima se mira al espejo con convicción. Nadie más va a jodernos la vida.

Después, recibe una llamada en su móvil:

—Ha venido otra vez la policía a hablar conmigo. Saben que estaba embarazada.

Vaya, cada vez son más eficientes.

—¿Y qué les has dicho?

—Que aborté porque no quería ser madre ni tener ninguna atadura. Y que Alberto no sabía nada.

—Bien hecho. Tranquila, no tienen nada. Si hay alguna novedad, me llamas, pero de momento es mejor que no hablemos.

 

Tras varias semanas de investigación de todo el entorno de Ferrandiz, los policías  entrevistan a empleados, socios, amigos…; incluso a compañeros de gimnasio. A pesar de que el empresario llevaba una vida discreta, todo el mundo conocía sus aventuras:

«Estuvo una temporada con una rubia bastante joven.»

«Lo vi un día en el coche con una chica morena que no era su mujer.»

Resulta complicado trabajar con datos tan superficiales, pero aun así, uno de los equipos que acompaña a Pérez encuentra un dato interesante:

—Hemos identificado a una mujer que trabajaba en la misma empresa que Sara Robledo y que fue amante de Ferrandiz. Hace unos meses, uno de sus amigos empresarios coincidió con él en un congreso para emprendedores y los vio besándose en el baño. Dijo que era una de las azafatas del evento. Se llama Cristina Hierro y tiene treinta años.

—Buen trabajo —dice Garrido.

—¿Vamos a interrogarla? —pregunta Pérez.

—Sí, pero no vamos a mostrarle todas nuestras cartas.

 

La casa de Cristina es bastante grande. En el salón dispone de una zona de biblioteca con varias decenas de libros ordenados de manera meticulosa.

Garrido se sienta en una de las sillas más próximas a la librería junto a ella, que desprende una fragancia desconocida hasta entonces por el inspector: salvaje, pura, intensa.

—Señora Hierro, gracias por atendernos. Tan solo vamos a robarle unos minutos.

—Los que necesiten.

—Suponemos que habrá oído hablar de la muerte de Ignacio Ferrandiz.

—Sí, en las noticias no hablan de otra cosa.

—Bien. Estamos sondeando todos sus círculos y vínculos personales. Como usted aparece en esta lista de personas, queríamos hacerle un par de preguntas.

Mierda.

—Claro, adelante.

—Usted acudió a las XXII Jornadas para Emprendedores que se realizaron en abril del pasado año. ¿Es correcto?

—Así es, yo fui una de las azafatas del evento.

—El señor Ferrandiz también acudió a este evento. ¿Recuerda haber tenido algún tipo de conversación directa con él?

—No, nada más allá de lo estrictamente profesional.

—¿Recuerda haberlo visto discutir con alguien?

—No que yo sepa.

—Quizá haya algo, algún pequeño detalle que le pueda venir a la cabeza de ese día y que para nosotros sea determinante: una conversación acalorada con alguien, por ejemplo. Si recuerda algo, por insignificante que sea, por favor, llámenos enseguida —dice Pérez entregándole una tarjeta.

—Así lo haré, inspectores.

—Otra pregunta, señora Hierro —dice Garrido sacando una foto de Sara Robledo—. ¿Usted conoce a esta mujer?

—Sí, claro. Es Sara. Hemos sido compañeras de trabajo.

—¿Qué relación tenían?

—Hemos coincidido en algún evento que otro y nos llevábamos bien, la verdad.

—¿Eran amigas íntimas?

—No llegamos a tanto.

—¿Conocía su relación con Alberto Domenech?

—Lo desconocía por completo —dice Cristina fingiendo una cara de preocupación que había ensayado unas cuantas veces.

—¿Los ha visto juntos en alguna ocasión? ¿Charlando simplemente?

—No, nunca los he visto juntos.

—De acuerdo, muchas gracias por todo.

Y siguen sin tener nada.

Garrido y Pérez se despiden con su habitual amabilidad y en cuanto acceden al coche se miran antes de arrancar.

—Esta mujer nos miente, jefe. Y Sara Robledo también nos está ocultando información.

—Vamos a pedirle al juez que nos deje escuchar las intimidades de estas dos señoras —dice Garrido con cara de preocupación.

 

Pocos días después, encuentran el cuerpo de un hombre sin vida a las afueras de la ciudad. Justo un mes y medio después del asesinato de Ignacio Ferrandiz.

—Se llama Roberto Benavente. Es un concejal con varias empresas a su cargo que estaba a la espera de ser juzgado por diversas denuncias de agresión sexual —dice Pérez—. En su tiempo libre montaba fiestas con prostitutas y las obligaba a realizar prácticas sexuales extremas.

Los inspectores tardan poco en averiguar que la persona que ha asesinado a Benavente ha empleado la misma metodología que con Domenech y Ferrandiz: le administró un sedante y después lo asfixió. En las noticias y periódicos hablan de un peligroso asesino en serie que anda suelto por la ciudad y que es autor de los dos asesinatos anteriores.

Al día siguiente de encontrar el cadáver de Benavente, los inspectores reciben la orden judicial que les autoriza a rastrear los teléfonos de Sara y Cristina y a instalar micrófonos en sus casas. Joder, llegamos tarde. Primero lo hacen en el domicilio de Cristina, ya que  se ausenta varias horas durante las mañanas, pero con Sara tendrán que esperar a que llegue el fin de semana.

 

Cris se da un baño relajante mientras disfruta del aroma de una copa de vino blanco. Cuando termina y se viste, ve en su móvil varias llamadas perdidas de Sara, aunque ya es tarde. Segundos después, escucha el timbre de la puerta y sabe que es ella. Se asoma a la mirilla para comprobarlo, respira hondo y acude a abrir a su amiga.

—¿Qué coño haces aquí? ¿¡Estás loca!?

—¿Por qué tienes el teléfono apagado?

—Espero que no te haya visto ni seguido nadie, porque entonces estamos jodidas. Pasa, anda.

Sara se sienta nerviosa en el sofá.

—¿Ha sido tú, verdad?

—¿De qué hablas?

—Tú has matado a Benavente.

Cristina no responde.

—¡Estás como una puta cabra! Ahora que lo teníamos todo bajo control.

—Ese tío era escoria.

—¿Es que no has tenido bastante? Ahora les estás dando más posibilidades de que aten cabos.

—No pueden, soy muy meticulosa.

—Hay demasiados cabrones en este mundo como para que nos deshagamos de todos —dice Sara—. Dijimos que lo haríamos con Ignacio porque te jodió a ti y con Alberto porque me jodió a mí. Punto.

—No nos van a relacionar con él, nunca lo hemos visto. Además, esto ha sido cosa mía. Pero deberías irte ya, porque como estén rastreando tu teléfono, entonces sí que van a atar cabos.

—¿Ahora te preocupa que rastreen mi teléfono? ¿No decías que no tenían nada contra mí?

Llaman a la puerta y ambas se miran.

 

El aroma de Cristina hipnotiza durante unos segundos a Garrido, que vuelve en sí para iniciar su interrogatorio.

—Señora Hierro —dice Garrido—, ¿sabe por qué está aquí?

Al otro lado de la sala, Pérez y su equipo le hacen la misma pregunta a Sara Robledo.

 

Perfume (Parte II)

El inspector Garrido y la subinspectora Pérez acceden al apartamento de Sara. Humilde, pero con gusto. La azafata viste una falda de tubo color crema, una camisa blanca de mangas anchas y unos finos zapatos negros de tacón.

—Aquí tienen sus cafés —dice la anfitriona, que desprende un sutil aroma a rosas frescas—. ¿En qué puedo ayudarles?

—Usted es la expareja de Alberto Domenech, ¿verdad?

—Bueno, más bien tuvimos un affaire que no duró mucho.

—¿Él estaba casado?

—No, pero más pronto o más tarde iba a pedirle matrimonio a alguna mujer de su mismo estatus —dice Sara—. Ya empezaba a tener una edad y, aunque no se lo crean, también tenía sus presiones para casarse y tener familia.

—¿Usted sabía todo eso mientras tenían ese affaire?

—Sí.

—¿Y le daba igual?

—Yo huyo de las relaciones formales.

—A nadie le gusta ser el segundo plato.

—Inspectores, no soy una mujer “tradicional”, ni creo en las relaciones monógamas.

Sin embargo, usa un perfume de rosas.

—¿Cómo se conocieron?

—Él es empresario, bueno, era, empresario, y yo soy azafata. Ya se pueden imaginar…

—Se encontraron en un evento.

—Sí, en una feria empresarial. Fue el año pasado.

—¿Era un hombre violento?

—Si se refiere al típico hombre que se caracteriza por dar palizas, no, no lo era.

—¿Podría explicarse mejor?

—No era un hombre violento como tal, pero sí bastante controlador. Cuando algo no salía como él quería, podía comportarse de manera agresiva.

—¿La maltrató?

—No.

Hay un silencio incómodo y la subinspectora retoma la conversación.

—Usted lo denunció hace cuatro meses por malos tratos, pero luego retiró la denuncia.

—Tuvimos una discusión acalorada y me empujó. No me gustó su reacción y fui directa a la policía a ponerle la denuncia. Después, vino a disculparse y a suplicarme que la retirara, porque eso podía dañar su imagen.

—¿Y por qué cedió?

—Porque conozco a ese tipo de hombres —me cruzo con unos cuantos todos los días, ¿saben?—, y he aprendido que cuanto menos problemas tengas con ellos, mejor. Si te enfrentas a ellos y la toman contigo, después puedes tener problemas de todo tipo, como por ejemplo a la hora de buscar un trabajo.

—¿La amenazó con dejarla sin trabajo?

—No es necesario decirlo con palabras.

—¿Le ofreció dinero?

—Sí.

—¿Y lo aceptó?

—Tampoco soy ese tipo de persona, inspectores.

Silencio de nuevo.

—¿Por qué discutieron?

—Vino a casa un día bastante borracho y yo no quería hacer nada con él. Se puso muy pesado e insistente, hasta que me enfadé y le dije que se marchara. Entonces fue cuando empezó a insultarme, y me empujó.

—¿Cuándo terminaron la relación? ¿Fue después del incidente?

—Sí, retiré la denuncia y se acabó.

—¿Usted conocía a Ignacio Ferrandiz, el empresario que ha fallecido esta misma semana?

—He oído hablar de él, pero no lo conocía en persona.

—De acuerdo, eso es todo, gracias.

 

Garrido y Pérez se marchan a la comisaría con más preguntas por resolver de las que pensaban. Deciden pasar el resto del día entre papeles, revisando cada detalle por si se les escapa algo. A la mañana siguiente, en la cafetería de las galletas caseras, los inspectores piensan que es una buena idea acudir a la oficina donde Sara puso la denuncia. Esta tarea la realizaría Pérez, mientras que Garrido acudiría a hablar con la mujer de Ignacio Ferrandiz con el fin de extraer algún dato más.

La comisaría de la zona alta es más pequeña y escueta que la que acostumbra a ver la subinspectora Pérez cada día. La hacen esperar un buen rato —a pesar de la poca afluencia de gente—, hasta que al fin es atendida por una de las funcionarias. Esta la dirige hacia la policía que firmó la denuncia de Sara, y su conversación con ella resulta de lo más esclarecedora:

—Al comienzo de la denuncia me dijo que estaba embarazada, pero luego vino expresamente a retirarla y me suplicó que borrara lo del embarazo.

Por otro lado, Garrido consigue una conversación sincera con la mujer de Ferrandiz. El inspector siempre ha sido bueno empatizando en sus entrevistas. Ella le reconoce entre lágrimas y completamente destrozada que Ignacio la maltrataba a menudo, pero que la amenazaba con dejarla en la calle si lo denunciaba.

—También sé que me era infiel.

—¿Sabe con quién estaba? —dice Garrido.

—Ha estado con muchas mujeres, inspector.

—¿Le suena esta mujer? —Garrido le muestra una foto de Sara Robledo.

—No, no la he visto nunca.

—Gracias por todo, señora.

 

En la cafetería más tradicional de la avenida, una exhausta subinspectora Pérez y un agotado inspector Garrido se encuentran para tomar un café vespertino. Tras poner sobre la mesa los últimos datos, se miran preocupados.

—Tenemos que hablar con Sara Robledo de nuevo e investigar a las amantes de Ferrandiz.

Perfume (Parte I)

Acompañado del periódico de sucesos, el inspector Garrido despeja su mente durante el primer café de la mañana. La cafetera del bar trabaja a un ritmo constante para alimentar a los más madrugadores, hasta que ella, la subinspectora Pérez, aparece por la puerta con su habitual paso firme.

Sorry, me he dormido.

Ella es la única razón por la que merece la pena levantarse cada mañana, pero nunca se lo dirá. Está casada, y él es un puto borracho cobarde. Mejor así.

—Un café para la subinspectora y otro para mí.

—Deberías dejarlo ya.

Ese día su aroma es distinto. Es fresco y ligeramente dulce, con toques de vainilla. Quizás haya cambiado de perfume.

—Los de la científica acaban de mandarnos los resultados de las pruebas. No tenemos una mierda —dice él consultando la tablet.

—¿Por qué no es tan fácil como en CSI Miami?

El inspector Garrido y la subinspectora Pérez están inmersos en una investigación de la UDEV relacionada con el asesinato de un hombre. Hacía apenas cuarenta y ocho horas que habían encontrado su cadáver en el arroyo de un río cercano a la ciudad. El cuerpo presentaba una serie de lesiones que coincidían con las de otro hombre asesinado hacía un mes.

Los medios de comunicación, por supuesto, se habían hecho eco de la noticia desde el principio y habían logrado sembrar el pánico en la ciudad. Dos asesinatos en poco más de un mes con el mismo modus operandi solo podían significar una cosa: había un asesino en serie suelto por las calles.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, una mujer anónima lleva a cabo sus tareas diarias con normalidad: madrugar, trabajar y acudir a su clase de CrossFit. Después, pasa el resto de la tarde con su gato y entre sus libros mientras prepara su plan para la próxima salida nocturna. Ya queda poco.

 

Tras el café matutino, Pérez y Garrido acuden a la comisaría en busca de nuevas pistas que logren aportar algo de luz a la investigación. No hay huellas ni rastro alguno de la persona que acabó con la vida de esos dos hombres, así que dedican la mañana a investigar la vida de los fallecidos en busca de un denominador común.

Casi a la hora de la comida, Pérez encuentra algo.

—Estos dos hombres eran empresarios de éxito internacional en sus respectivos ámbitos y llevaban vidas acomododadas. Pero lo que más me ha llamado la atención es que ambos fueron denunciados por malos tratos y al poco tiempo las denuncias fueron retiradas.
—¿Han sido denunciados más veces después?
—No que yo sepa.
—Habrá que investigar más sobre esto.

Los inspectores deciden acudir a los domicilios familiares de las víctimas para obtener más datos sobre sus vidas personales. Garrido, por un lado, entrevista a la madre de la primera víctima, pero ella le dice que no sabe nada de la denuncia ni de la chica que lo denunció. De hecho, parece bastante sorprendida. Pérez, por otro lado, consigue hablar con la mujer de la segunda víctima, que fue quien lo denunció por malos tratos.

Tras las entrevistas, los policías se encuentran en otra cafetería distinta a la habitual —una técnica recomendable para potenciar la creatividad, según Garrido— y comentan los resultados de las conversaciones con los familiares.
—¿Por qué retiró la denuncia? —pregunta él.
—Según dice, fue un malentendido y la discusión se les fue de las manos, pero no se lo cree ni ella.
—La tendría amenazada.
—Es muy probable, sí. Ya sabes cómo funciona la gente de poder.

 

Al día siguiente, los dos inspectores se encuentran en la cafetería con la mente más despejada después de haber dormido unas pocas horas. Allí sirven los cupcakes favoritos de ella.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, una mujer anónima se mira el vientre en el espejo y aprieta los puños. Podría estar embarazada de veintisiete semanas y llevar una vida feliz si no hubiese sido por él…; él lo jodió todo. Se odia a sí misma por haberse enamorado de aquel ególatra sin escrúpulos. Pero más se odia a sí misma por haber cedido a sus presiones. Fuiste débil.

—¿Has averiguado algo sobre la expareja de nuestra primera víctima?
—Sí. Se llama Sara Robledo, tiene veintisiete años y es azafata de congresos. Aquí tengo algunas fotos de sus redes sociales.
—Vaya, es muy atractiva, y bastante más joven que la víctima. Vamos a ver qué nos cuenta.

 

Sara se asusta cuando escucha el timbre. ¿Quién será a estas horas? Cuando abre la puerta, encuentra a los inspectores Pérez y Garrido.
—Buenos días, venimos a hacerle unas breves preguntas.
—Me marchaba a trabajar ahora mismo, pero si no vamos a tardar mucho, adelante, pasen. ¿Quieren que les prepare un café? —les dice con la mejor de sus sonrisas.

Ella

Se levanta bien temprano, a las 6 a.m. Ya tiene la bolsa del gimnasio preparada y, mientras acude al garaje, se toma su batido “energizante”. Termina su intensa clase de spinning y después se viste y maquilla para acudir al trabajo. Odia ponerse esa falda de tubo, pero es lo que exige la empresa respecto a la indumentaria femenina. Ellos, con pantalón.

Aparca su coche y, de camino al trabajo, un grupo de hombres cuchichea y sonríe cuando ella pasa. Uno de ellos, además, la saluda como si la conociera de algo. Ella los ignora y acude a la oficina, donde empieza con sus tareas rutinarias: reuniones con clientes, cafés, documentación, “qué guapa vienes hoy” y los “¿cómo estás, cariño?”, que nunca faltan.

Sale del trabajo a prisas y carreras para recoger a sus hijos al colegio. Su marido es quien los lleva por la mañana, mientras que ella sale un poco antes del trabajo para poder recogerlos por la tarde; un acuerdo, por cierto, que le costó de negociar en la empresa. Durante el trayecto intenta adelantar a un camión, pero en cuanto el camionero se gira y la ve, este empieza a acelerar para que no pase.

Después de unas cuantas vueltas por las inmediaciones del colegio, por fin recoge a sus hijos en la puerta.

—¡Hola, mamá!

—Hola, ¿qué tal ha ido el cole?

—Muy bien. Mañana tenemos el cumple de Sonia. ¿Y, sabes qué? Le vamos a regalar un bebé que llora cuando no le das de comer.

De regreso a casa, sus hijos hacen los deberes y ella se tumba en el sofá un rato. Mientras pasan algunos anuncios de cremas reductoras y antiarrugas capitaneadas por señoras mayores de buen aspecto, se queda dormida. Pero la tregua dura poco, porque los chillidos de sus hijos la despiertan:

—¡Mamá!

Suspira.

—Sí, ya voy…

Deseos

Encuentran un lugar paradisíaco, huérfano de vida humana. Ella recorre el agua cristalina con su mano mientras él la observa sonriente.

La besa. Sus labios saben a salitre y arena. Ambos ríen, y él se centra en sus ojos claros mientras piensa:

Ojalá esto sea un reflejo de la eternidad.

Dulce final

Mi vida ahora mismo se ciñe al silencio, al sonido de los niños y niñas jugando en la distancia. En el cielo se distinguen las últimas gaviotas que acompañan al sol en su despedida.

Cierro los ojos y siento el frío de la nieve en lo alto de las montañas. Frío. Nada más. Allí es donde quiero estar.

El filo del cuchillo me roza la piel y la humedad se desprende por todo mi cuerpo. Ya casi alcanzo el pico de las montañas. Cuesta respirar, pero sonrío cuando avisto mi meta a los lejos.

Perseguidos

A las tres de la mañana, la ciudad atesora mejor que nadie los secretos más íntimos de sus habitantes. Por eso, Diana y Sebastián se mueven en ella como peces en el agua. Conduce ella con su habitual suavidad, lo que le viene muy bien a Sebastián para la traza de sus planes y, por qué no, para echar una cabezadita de vez en cuando.

—Ahí delante hay una gasolinera abierta —dice Diana.

—Vale, bajo yo a por provisiones.

—No, mejor voy yo, que quiero ir al baño. Y luego conduces tú, que estoy un poco agotada hoy.

Su mujer baja del coche y se dirige con sigilo a una zona escondida del fondo de las instalaciones. «Esos vaqueros claros le sientan bien», piensa Sebastián, que baja del vehículo y llena el depósito hasta arriba de gasolina. Después, compra agua, las chocolatinas favoritas de Diana y paga el total.

La pareja sale con su Audi azul y se pierde de nuevo en la oscuridad de la noche. Todo está en calma y en silencio. Diana cambia la lista de Spotify y se escuchan ahora bandas sonoras de películas que han visto en el cine. Del cielo caen gotas que pronto se convierten en una fina llovizna.

—Creo que ese coche nos sigue.

Sebastián mira a través del retrovisor y ve un coche oscuro que guarda una cierta distancia; es de alta gama, pero no reconoce el modelo. Hasta ese momento no le había prestado atención y se siente mal por ello. En eso Diana es mucho más avispada.

—¿Será la policía?

—¿De paisanos? ¿A estas horas? Lo dudo bastante.

Tras las palabras de su mujer, Sebastián se revuelve intranquilo. La policía estuvo detrás de ellos un tiempo, pero eso ya era agua pasada. Piensa en los últimos días de trabajo y no recuerda nada anormal. Él y su mujer cumplen con los plazos que les piden sus clientes y no tienen problemas. A no ser que…

—Cariño, se acercan más. Acelera.

Sebastián aprieta el acelerador y el coche empieza a rugir con fuerza por las calles de la ciudad. Su gran cilindrada permite que se alejen con rapidez, pero el coche que les sigue no tarda en hacer lo mismo. Sigue sin reconocer el modelo concreto, pero sí distingue que se trata de un BMW deportivo.

Ahora lo recuerda: aquella noche en que Diana y él entregaron una mercancía en la zona costera de Alicante y decidieron quedarse con una parte. Fue un trabajo puntual para un minorista al que le auguraron un futuro poco prometedor. Sin embargo, meses después se enteraron de que aquel tipo se había hecho grande.

—Los tenemos muy encima —dice ella.

Sebastián acelera todo lo que puede. La lluvia es más intensa y los coches parecen animales mojados en plena persecución. El Audi sigue con ventaja, aunque el BMW se acerca a un ritmo incesante. Diana grita cuando ve que el copiloto saca un arma por la ventana y Sebastián no duda ni un segundo en pisar con fuerza el freno.

—¡Agáchate!

Ambos coches pierden estabilidad tras el impacto, pero el Audi se hace de nuevo con el control. Los pierden de vista durante un rato y su mujer saca la pistola que tienen guardada en la guantera. La tregua dura poco, pues en tan solo un par de minutos el morro del BMW se asoma de nuevo por el retrovisor.

—Mierda —dice Diana—. ¿Ahora qué hacemos?

La respuesta que le viene a Sebastián a la cabeza es una auténtica locura, y lo sabe. Pero es su única opción. Mientras maneja con destreza su coche, dibuja un mapa mental de cómo llegar hasta el sitio. La lluvia impide que vea con claridad la carretera, pero confía en su instinto y en que su coche aguante la travesía.

—¿Vamos hacia el puente? Estás loco, Sebastián. Vamos a morir.

El copiloto del BMW vuelve a la carga y Diana se prepara. Se oyen dos disparos que pasan directos por la luna trasera del Audi. Después, reciben otro disparo en la rueda derecha. El vehículo se tambalea, pero Sebastián mantiene el control. Su mujer se asoma rápido por la ventana y dispara dos veces seguidas.
—Parece que le has dado en el brazo, bien hecho.

El conductor del BMW conduce con más agresividad y trata de alcanzar el Audi por todos los medios. Se escucha un pequeño golpe en la parte trasera del coche, que pierde la estabilidad durante unos segundos, pero Sebastián mantiene agarrado el volante con fuerza y se dirige al puente.

—¡Dispárales ahora!

Diana actúa con rapidez y dispara varias veces al BMW, que se mueve haciendo eses. Uno de los disparos alcanza al piloto y el coche se precipita hacia el lado izquierdo del puente. El choque contra la barandilla es tan fuerte, que el vehículo salta por los aires y cae de la construcción. Sebastián y su mujer gritan de emoción.
—Cielo, hoy nos hemos ganado unas chocolatinas…