Amigas

Susana mira al frente y sonríe de felicidad mientras se acaricia el vientre. Está sentada en el sofá de casa en uno de esos agrisados días de invierno en los que no apetece salir. A su lado se encuentra Sandra, su amiga y compañera de vida (después de tanto tiempo, aún no sabe muy bien en qué orden colocar estos sustantivos).

Sandra fue quien le cambió la vida (y viceversa). Se conocían desde el instituto; eran amigas “de toda la vida”. Estudiaban juntas, salían juntas y dormían juntas los fines de semana: eran inseparables. Nadie se extrañaba, ni siquiera ellas mismas, porque todavía era pronto para comprender.

Mientras observa a Sandra dormir la siesta envuelta en su manta color beige, Susana recuerda cómo compartían sus más íntimos secretos sobre los chicos con los que salían cuando eran jóvenes: Roberto, Javier, Dani, Fer…, por ellos se habían pasado días enteros llorando.

Fue una madrugada de diciembre, en plena época navideña, cuando todo dio un giro radical para Susana sin apenas darse cuenta, como cuando un coche da vueltas sobre sí mismo de manera repentina y su conductor queda completamente desorientado durante unos segundos.

Esa noche, Sandra y Susana salían de fiesta con amigos y se excedieron con el alcohol (como era de esperar). Volvieron a las tantas de la mañana a casa de Sandra, donde dormían sus padres, y mientras empezaban a desmaquillarse en el baño, Sandra la miró con unos ojos sinceros que asustaron a Susana. Después, vino el beso.

«¿Tú y yo, qué somos?», le llegó a decir a Susana, que no supo qué responder. Pensaba que el alcohol había sido el culpable; sin embargo, días más tarde Susana se dio cuenta de que sus sentimientos dormidos se despertaron a raíz de aquel beso, aunque ella se empeñara en ocultarlo y actuar como si nada sucediera.

Las dos amigas siguieron saliendo y estudiando juntas hasta que, meses después, Susana reuniera el valor suficiente para dar el siguiente paso. Ocurrió en verano, en concreto un domingo del mes de julio. Era el último año de universidad y sus vidas podrían tomar rumbos muy diferentes.

Esta vez, tumbadas frente al mar y recibiendo unas altas dosis de vitamina D en su piel, Susana le dijo a Sandra:

—Somos novias.

—¿Qué? —respondió Sandra con cierta perplejidad.

—Tú y yo, que somos novias. Me lo preguntaste una vez, y ahora te respondo.

Redes

En 2095 las cosas han cambiado, aunque no a mejor. No preguntes por qué, pero soy de tu misma época y he conseguido llegar hasta lo que tú llamarías “el futuro”.

Aquí —en el futuro— las calles están prácticamente desiertas. No hay transeúntes, tan solo coches y drones pululando por la ciudad. Las cafeterías, las oficinas y los colegios apenas existen, mientras que las tiendas desaparecieron hace ya mucho tiempo. A diferencia de nuestras anteriores generaciones, las personas trabajan en sus casas, toman cafés virtuales por las redes o esperan a que les llegue por dron postal el último artículo que han comprado.

Imagino que te lo estarás preguntando: lo idóneo para aspirar a una buena posición económica en el año 2095 es ser visible en las redes. Tanto para conseguir un trabajo, como para encontrar pareja o nuevas amistades, la gente se devana los sesos con tal de acrecentar su popularidad. Los tratos de favores se suceden, y mucha gente ofrece grandes sumas de dinero (incluso sexo) a quienes tienen muchos contactos, todo ello con el fin de posicionarse mejor.

Esta dinámica de vida genera una gran frustración y afecta al índice de suicidios, que cada vez son más altos. Según los expertos en psicología (tengo mucho tiempo para leer por internet), se debe a la baja autoestima que sufren las personas y al sentimiento de soledad generalizado. La ansiedad es recurrente en menores y mayores, y la obsesión por mantener una actividad cibernética constante satura las mentes humanas.

Los expertos no dejan de recordarnos la importancia de salir a la calle para aprovechar el tiempo libre y, en especial, para estar en contacto con otras personas. No sé si algún día la población volverá a la situación de antaño, es decir, la que estás viviendo tú ahora; ni si volverán los cafés, las escuelas y las oficinas físicas. Yo, desde luego, lo echo mucho de menos.

Reflexiones navideñas

La Navidad es una fecha para todos los gustos. ¿Sois de los que aborrecéis estos días llenos de luces y reclamos por doquier o sois de los que decoráis vuestro hogar a lo hórror vacui y os encanta llevar gorritos y guirnaldas en las fiestas?

Yo estoy un poco en el limbo pero, sin duda, lo que más me gusta de estas fechas es poder pasar tiempo con mi familia y amigos, y ver a los niños y niñas disfrutar de la magia de estos días (ellos que pueden…).

¿Habéis hecho balance de este año? Yo en parte sí, y puedo decir que estoy contenta. Ya tengo publicada mi segunda novela, que está teniendo una buena acogida entre mis lectores, y he escrito en este blog un total de 39 entradas. ¿No está mal, no?

Para el próximo año tengo en marcha bastantes proyectos, aunque, si os soy sincera, son más bien personales. Pero por lo que respecta a la literatura, me he propuesto dos retos: uno, seguir escribiendo de forma constante; y dos, leer todo lo que pueda (y más).

En fin, queridos escritores y lectores de estas redes, os deseo unas felices fiestas y un maravilloso año nuevo junto a los vuestros.

Hasta la vuelta 😉

 

Nada que contar(me)

Hoy me he dispuesto a hurgar entre los tejidos en busca de historias que contar(me). Pero nada sale. Todo está demasiado lejos como para alcanzar una simple palabra del corazón.

Así es desde que te fuiste. Ya no me quedan piezas para tocar ni papeles que interpretar. Ahora me limito a sobrevivir entre latas vacías y sábanas ajenas que no me convienen.

Después vuelvo a casa, que parece un puto iceberg. El gato me mira como si nada fuera con él. Me voy al agujero, y entre alcohol y notas musicales fluyen tristes las letras sobre el papel.

Magia

Sigue tan bello y tan frágil como el primer día.

Sus ojos son sinceros. Sus labios son callados. Pero sabe leer los primeros e intuir los segundos. Quiere sentirlos cerca, siempre.

Sus manos, grandes y armoniosas, le dan el calor y el cariño que necesita.

Quiere seguir cuidando de él, arrastrarle a su locura. Sentir que este pequeño mundo no es solo para ella. Que él tiene su hueco, y su testigo.

Su pecho junto a su espalda, no hay mejor momento. Ni siquiera el silencio.

Todo se apaga, excepto su magia. La que los mantiene vivos.

 

 

 

Las musas

Vienen —por fin— a destilar su belleza, que se convierte en palabras plasmadas sobre el papel blanco. Vienen para irse y no quedarse por mucho tiempo; lo sabe. Por eso las toma con cuidado entre las manos y deja que le guíen durante el proceso.

Ellas le observan con alegría o con tristeza, no lo sabe a ciencia cierta, y le tienden la mano para que las acompañe. Recorren juntas mares, montañas y lugares maravillosos que podrá revivir después.

El vuelo es corto, pero intenso, y acaba despertando como de un largo sueño. Después, abre las manos con delicadeza, pero ya no están.

Se despide de ellas con ternura y cierta tristeza, emite un suspiro, y piensa: “ya volverán”.

La realidad

El sonido de las aves volando cerca. El crepitar de los zapatos en contacto con el suelo pedregoso. La luz del sol bañando su rostro. Es octubre, el mes de los cambios. Nuevas aventuras le esperan. Nuevos retos que desconoce en qué devendrán.

El mar está cerca. Su azul nítido es una excepción en pleno otoño. Mirarlo le ayuda a pensar. A planificar futuros planes. Piensa en volver, pero las piernas le piden más pasos. “Aún puedes un poco más”.

Siente la sangre fluir por sus venas, el cosquilleo del agua fría en sus pies. Quiere vivir. Quiere volar en alto, como lo hacen las gaviotas. Quiere sentir una vez más que no existe el tiempo. Que nunca se acaba. Que ya no volverá a la realidad.