Vendetta

Este es el relato de una mujer irreverente que desea vengarse de quienes la dejaron sin su casa.

Siempre me ha faltado el dinero, pero nunca me ha sobrado el ingenio. Por eso estoy aquí, agazapada, esperando el momento perfecto para meter mis narices en uno de los tantos vertederos de billetes comúnmente conocidos como cajeros. Los llamo así porque es de sobra conocido que el dinero que contienen procede de la máxima mierda. Sí, lo reconozco, también lo hago por pura diversión. Me gusta el mundo oscuro de internet y no depender de nadie para hacerlo.

Te preguntarás cómo soy, dónde vivo y esas cosas que le gusta saber a la gente. Pues siento decepcionarte, pero lejos de ser una rubia despampanante, soy una morena sin tintes ni trucos, bajita y de complexión pequeña. ¿Quieres que te siga decepcionando? Porque si es así te contaré que vivo en una pocilga, en el extrarradio de una gran urbe repleta de gente amargada y de contaminación. Mis “compañeros” de piso, por llamarlos de alguna forma, viven por y para drogarse. Yo no. En algo tenía que dar ejemplo. ¿No?

La gente me trata como si no sirviera para nada. Tan pequeña, tan frágil, tan mujer. Un día sentada en un banco, sola, escuchando música a todo volumen mientras miraba el mar, se me acercó un desgraciado que me dio un susto de muerte. Entonces, me quité los cascos cabreada por haberme cortado la canción y lo miré con odio.
—¿Estás bien? ¿Te he asustado? —me preguntó.
—¡¿Tú qué crees?! —le dije.
—Perdona, es que te he visto ahí tan sola y tan guapa… ¿Todo bien, cielo?
—Todo genial —respondí con sarna—. Estaba aquí, tan tranquila, intentando escuchar nu metal, hasta que has venido tú.
—¿Nu… qué?
—¡QUE TE LARGUES Y ME DEJES EN PAZ!

Como puedes observar, la paciencia no es mi fuerte. Además, hace tiempo que dejé de fingir ser simpática y agradable para caer bien a todo el mundo. Ahora solo quiero que me dejen vivir mi vida, y yo haré lo propio con los demás. Menos con los bancos; a esos no los pienso dejar en paz. Me quitaron mi casa y me dejaron arruinada cuando las cosas ya no iban bien. Y olvidaron demasiado pronto todo lo que había pagado cuando pude hacerlo. Así que ahora lo van a pagar con creces. O con intereses, como dicen ellos.

El personal de limpieza está a punto de marcharse. Deben de ser casi las diez de la noche. A estas horas, en invierno, la gente cena calentita en sus casas. Menos yo y cuatro gatos (literalmente) que vagamos en solitario por las calles. Para ellos (los gatos) no estoy segura, pero para mí solo es la hora de fumar. Creo que la nicotina no me hace nada en especial; ni me ayuda a pensar ni a concentrarme, solo a engancharme a un vicio más y a matar el infierno de la impaciencia. Porque así me siento, impaciente, cada vez que estoy a punto de acceder a las entrañas de la peor gentuza habida y por haber: la del dinero y el poder.

Despegue

A Claudia le toca iniciar el ascenso hacia otras tierras en busca de nuevas oportunidades.

Cuando se subió en aquel avión y se asomó por la ventanilla sintió un cosquilleo en su estómago por la emoción de afrontar nuevos retos y aventuras en otra ciudad. Aún así, seguía con esa sensación extraña de querer irse y a la vez no, que acababa derivando en la misma pregunta: 

¿Me arrepentiré de haber tomado esta decisión?

Fue al inicio del despegue cuando Claudia empezó a reaccionar; el dejar de pisar su tierra hizo que reparara ante lo que de verdad parecía ser una nueva etapa en su vida. Las lágrimas empezaron a descender de forma suave por sus mejillas y a emborronar el negro de su lápiz de ojos.

¿Se trataba de alegría o de tristeza? ¿O quizá de ambas cosas? El hecho de ir a trabajar a una nueva ciudad a miles de kilómetros de distancia de su casa, donde se hablaba otro idioma y conocer gente nueva le atraía, pero dejar a su gente allí la entristecía.

Aunque Claudia habría preferido que no se hubiese dado cuenta nadie, ya era tarde; notaba sus ojos congestionados y su respiración acelerada por el llanto. Su compañero de asiento la miraba con preocupación y sus gestos denotaban la intención de ayudarla. 

—¿Tienes miedo a volar? —le preguntó, ofreciéndole un pañuelo con torpeza.

—No, no es eso —respondió Claudia aceptando el pañuelo—. Gracias. —Continuó hablando mientras se secaba las lágrimas—. Me voy a trabajar a Londres, sola. Mi familia, mis amigos y mi pareja se quedan aquí.

Su compañero asintió con la cabeza como si ya lo hubiese escuchado en más de una ocasión y la dejó tranquila. Claudia agradeció su gesto y se asomó de nuevo a aquel trozo de cristal que la separaba de la nostalgia.

 

 

Lejano

Mostrar nuestras emociones parece ser un signo de debilidad, o al menos eso piensa Rober, nuestro protagonista de hoy.

Era la mujer más bella que había visto en su vida. Él mismo había pensado que sonaba a tópico, pero no podía expresarlo de otro modo; era lo que de verdad sentía al verla. Sin embargo, siempre lo hacía de puertas para adentro, pues le resultaba demasiado ridículo exteriorizar sus sentimientos.

Cuando ella se acercaba a su grupo de amigos en el bar donde solían coincidir, empezaban a sudarle las manos y su boca se quedaba entreabierta. Estaba como hipnotizado. Y mientras él miraba su sonrisa brillante, el resto de sus amigos miraba sus piernas.

Tras la retirada de la mujer más hermosa del mundo, sus manos dejaban de sudar y su boca volvía a su posición normal, si bien notaba aún su cuerpo temblar. Ese era el momento en que sus amigos empezaban con los típicos comentarios que parecían estimular sus vidas:

―Está tremenda ―decía uno.

―Yo le enseñaba cuatro cosas ―seguía el otro.

―¿Has visto cómo le han crecido las tetas, Rober?

Pero Rober ese día no quería seguirles la corriente y se quedó mirando con rabia a su amigo, que esperaba su respuesta.

―¿Quieres que te diga la verdad? ―le respondió.

Su amigo asintió confuso.

―Lo que más me gustan son sus piernas.

Agua sexy

Puedes ser natural (como él) o mostrar tan solo tu mejor versión.

Los viajes de negocios siempre le resultaban aburridos, aunque solía aprovechar el poco tiempo libre que le quedaba para disfrutar de cada ciudad que visitaba. Esta vez le había tocado una zona de playa, así que lo mejor que podía hacer era coger un libro y  pasar el atardecer a orillas del mar.

Tras un buen rato de lectura le entró la sed y se acercó al chiringuito más cercano del paseo. No llegó ni a ponerse la camiseta, tan solo llevaba el bañador y las chanclas.

Cuando la camarera se giró para atenderlo se quedó impresionado: era guapa a rabiar. Sus labios carnosos estaban pintados de rojo, al igual que sus uñas. Eso le encantaba. Ella debió de leer su mente, pues entornó sus ojos y le esbozó una sonrisa. Después, lo miró de arriba abajo y él pensó en si había hecho bien quitándose la camiseta.

—¿Qué te pongo?

—Una botella de agua, por favor.

<<Dios, ¿había algo menos sexy para pedir?>>, pensó.

La camarera volvió a sonreír.

—¿Eres de por aquí? —le dijo.

—No, he venido por temas de trabajo. Me marcho mañana.

—Bueno, tenemos algo de tiempo para conocernos— respondió ella mientras le guiñaba un ojo.  

Otros tiempos

El concepto de “hogar” que tienen nuestras anteriores generaciones puede ser muy diferente del que tenemos ahora. Y si no, que se lo digan a Leonor.

Leonor tenía 87 años y en su corazón andaluz guardaba muchas más alegrías que penas (aunque estas últimas no habían sido pocas). Nació en una época en la que el hambre se había convertido en costumbre y en que solo existía una opción: trabajar en el campo.

Tras emigrar con su marido y sus dos hijos a tierras más prometedoras, consiguieron asentarse en una humilde casa. Una vez allí, les costó poco ser felices. Manolito —así llamaba con cariño a su marido— había encontrado un buen trabajo en una fábrica y le dijo a su mujer que no hacía falta que trabajara. Así fue como a sus dos hijos se les sumaron otras cinco criaturas (más dos intentos que no pudieron ser) y aquella pequeña morada se llenó de juegos, discusiones y generosidad entre hermanos.

Su bisnieta de ocho años le preguntaba incrédula cómo habían podido vivir tantas personas en una casa. Ella siempre le respondía que no se trataba de poder, sino de querer:

—Mira, es sencillo: los tres hombres dormían en un cuarto; tres de las mujeres en otro; y la más chica durmió en la cuna con tu abuelo y conmigo hasta los seis años. Creo que por eso no ha crecido mucho —decía mientras se reía—. Después se vino mi madre una temporada y nos tuvimos que apretar un poco, pero enseguida le hicimos hueco.

Con el vaivén de la mecedora Leonor tarareaba las coplas de su juventud y miraba a su alrededor. Su nieta tenía una casa espaciosa y bien bonita, que era como cuatro veces más grande que la suya, aunque eso no quitaba que le faltara algo de alegría, o al menos ese era su parecer.

Una tarde su nieta volvía de trabajar y se sentó a su lado para darle una noticia:

—Abuela, nos vamos a mudar a otra casa.

—Ah ¡qué bien, hija! Pero ¿no te gusta este piso? Si es precioso.

—Sí, claro que me gusta. Pero queremos tener más familia y esto se nos queda pequeño.

Leonor no dijo nada a su nieta, solamente asintió y pensó en cómo habían cambiado las cosas.

Las noches que te pierdo

El silencio y la oscuridad invitan a Clara a encontrarse con los peores fantasmas: los de la soledad.

<<No existe peor pesadilla que la que soñamos despiertos>>, piensa Clara mientras intenta dormir sin éxito. Son varias las noches sin pegar ojo, dándole vueltas al mismo tema. La oscuridad no la ayuda. El silencio, tampoco. Su pareja descansa a su lado: parece que no le afecta nada de lo que está sucediendo; parece tranquilo. ¿Acaso es Clara la que está exagerando?

A él casi siempre se le olvida (o eso quiere creer ella) darle el beso de buenos días mientras desayuna tostadas con mantequilla. Ya no existe el abrazo cálido que se daban por las tardes cuando se encontraban en casa después de trabajar. Eso lo echa mucho de menos. En las conversaciones solo hay números y responsabilidades. En la cama hay dos extraños.

Ella asume su parte de culpa: demasiado trabajo y notificaciones que atender como para sentarse a hablarlo. Demasiado temor a que se acabe del todo. Porque con cada nueva discusión que tienen parece que su distancia se multiplica de forma exponencial. Porque cada vez lo siente más lejos y eso la reconcome por dentro. <<¿Qué nos ha pasado, mi amor? Siento en las noches que te pierdo>>, susurra en voz baja mientras se coloca frente a él.

Lo observa en silencio sin poder verlo, y sin juzgarlo por nada más que su respiración. Empieza a acariciar su cabello fuerte y aterciopelado que todavía huele a jabón. Él, ante su contacto, parece despertar de su profundo sueño.

—¿Estás bien? —le pregunta con voz ronca.

—Sí, solo que no puedo dormir.

—Anda, ven, intenta relajarte —le responde él mientras la arropa con sus brazos y añade—. Lo siento, cariño, saldremos de esta.

Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos. Aún se quieren.

Abismo

Hay situaciones que no podemos controlar y, cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde.

Por más vueltas que le daba, no entendía cómo había podido llegar a aquella situación que escapaba a su control. Durante toda su vida había sido un hombre alegre y positivo, sin más pretensión que la de vivir. Tenía a su familia y a sus amigos de siempre, había alquilado junto a su pareja un bonito apartamento cerca de la playa, tenía trabajo…; pero lo que él no sabía es que lo había encontrado todo en la vida, menos a sí mismo.

Aquel día explotó. Hacía semanas que por su cabeza rondaban todo tipo de mensajes hirientes cuya propia autoría aún le costaba creer:

“Eres un fracasado.”

“No vas a ser nadie en la vida.”

“El resto de gente es mejor que tú.”

Se lo había repetido a sí mismo una y otra vez, hasta conseguir que la mentira se hiciera verdad. Al fin entendió aquella frase que había escuchado en alguna ocasión y que nunca se había tomado en serio: “estoy rodeado de gente, pero me siento solo.”

Y allí, con los pies al borde del abismo, veía a personas diminutas desde decenas de metros de altura. Por primera vez, había ganado.