Nada que contar(me)

Hoy me he dispuesto a hurgar entre los tejidos en busca de historias que contar(me). Pero nada sale. Todo está demasiado lejos como para alcanzar una simple palabra del corazón.

Así es desde que te fuiste. Ya no me quedan piezas para tocar ni papeles que interpretar. Ahora me limito a sobrevivir entre latas vacías y sábanas ajenas que no me convienen.

Después vuelvo a casa, que parece un puto iceberg. El gato me mira como si nada fuera con él. Me voy al agujero, y entre alcohol y notas musicales fluyen tristes las letras sobre el papel.

Magia

Sigue tan bello y tan frágil como el primer día.

Sus ojos son sinceros. Sus labios son callados. Pero sabe leer los primeros e intuir los segundos. Quiere sentirlos cerca, siempre.

Sus manos, grandes y armoniosas, le dan el calor y el cariño que necesita.

Quiere seguir cuidando de él, arrastrarle a su locura. Sentir que este pequeño mundo no es solo para ella. Que él tiene su hueco, y su testigo.

Su pecho junto a su espalda, no hay mejor momento. Ni siquiera el silencio.

Todo se apaga, excepto su magia. La que los mantiene vivos.

 

 

 

Las musas

Vienen —por fin— a destilar su belleza, que se convierte en palabras plasmadas sobre el papel blanco. Vienen para irse y no quedarse por mucho tiempo; lo sabe. Por eso las toma con cuidado entre las manos y deja que le guíen durante el proceso.

Ellas le observan con alegría o con tristeza, no lo sabe a ciencia cierta, y le tienden la mano para que las acompañe. Recorren juntas mares, montañas y lugares maravillosos que podrá revivir después.

El vuelo es corto, pero intenso, y acaba despertando como de un largo sueño. Después, abre las manos con delicadeza, pero ya no están.

Se despide de ellas con ternura y cierta tristeza, emite un suspiro, y piensa: “ya volverán”.

La realidad

El sonido de las aves volando cerca. El crepitar de los zapatos en contacto con el suelo pedregoso. La luz del sol bañando su rostro. Es octubre, el mes de los cambios. Nuevas aventuras le esperan. Nuevos retos que desconoce en qué devendrán.

El mar está cerca. Su azul nítido es una excepción en pleno otoño. Mirarlo le ayuda a pensar. A planificar futuros planes. Piensa en volver, pero las piernas le piden más pasos. “Aún puedes un poco más”.

Siente la sangre fluir por sus venas, el cosquilleo del agua fría en sus pies. Quiere vivir. Quiere volar en alto, como lo hacen las gaviotas. Quiere sentir una vez más que no existe el tiempo. Que nunca se acaba. Que ya no volverá a la realidad.

La nueva “filosofía”

Cuando te sientes bien y estás en paz contigo mism@ descubres nuevas facetas de la vida que no conocías. En mi caso, por ejemplo, he descubierto que los mensajes positivos o de superación son como las drogas: enganchan y te hacen sentir bien durante un tiempo, pero en el fondo sabes que algo no funciona bien.

Yo fui adicta durante un tiempo a la filosofía “¡hoy va a ser un gran día!” y “qué maravilloso es este mundo”, pero cuando te bajas de ese estado de ensoñación temporal te das cuenta de que no, el mundo es una basura en todos los sentidos. Y no hay ni que esconderlo, ni que esconderse. Hay que aceptarlo conforme es y actuar en consecuencia.

Habrá días mejores y peores en tu vida. Cuando aprendes eso, las frustraciones también son menores. Y lo mejor que se puede hacer es sobrellevarlo (con más humor, a poder ser), evitar que te tomen por idiota y rodearte de las mejores personas que encuentres para aprender de ellas.

Igual estoy equivocada, pero es lo que creo que nos puede ayudar a ser un poco más felices. No una taza con mensajes inútiles.

Conexión

Han estado a punto de abandonarse. Dos veces. Pero siempre hay algo, algún tipo de conexión que les impide separarse. Es demasiado fuerte y por eso siguen juntos. ¿Se trata del destino? ¿Es el amor (en el que muchos se empeñan en no creer)? A veces es muy duro. A veces duele demasiado. Pero piensa que es el precio que hay que pagar cuando se está enamorado.

El instinto

Primer piso. Portal número 7. La puerta derecha entreabierta. En el suelo un cadáver en decúbito prono. La víctima, una mujer joven vestida con falda y botines. No hay signos aparentes de violación o robo, por lo que parece un asesinato premeditado o promovido por motivos personales. «Otro caso de violencia de género no, por favor. Me ponen de muy mal humor», piensa la inspectora.

Ella y su compañero se acercan a la zona de la cabeza; su rostro delata unos treinta años de edad y el cuello presenta un corte transversal fino. «Seguramente murió asfixiada por un alambre», comenta su compañero. Su frente y sus manos están llenas de heridas. La víctima luchó antes de morir.

¿Entraba en casa justo cuando apareció su asesino? A priori no parece lógico, según piensa la inspectora, pues el ruido que habrían hecho a esas horas habría alertado a los vecinos. No obstante, si el asesino era rápido y fuerte, quizá pudo pasar desapercibido.

Otra posibilidad era que la mujer estuviese saliendo de casa y el asesino aprovechara para bloquearla cuando abrió la puerta. El instinto normalmente nos hace huir hacia un lugar seguro para escondernos, por lo que, al verse acorralada, la víctima intentó cerrar la puerta en las narices de quien la intentaba atacar.

No lo consiguió. En cualquier caso, la inspectora se encontraba ante otra víctima más que no había conseguido ganar la batalla.