Vacaciones

Terminamos la relación pocos días antes. Era tóxica a niveles escandalosos, pero no sé por qué había tardado tanto en dar el paso. En otras ocasiones no había dudado ni un segundo, pero este chico egocéntrico e inmaduro me había atrapado con su palabrería barata y sus regalos insulsos.

Conducía el coche a un ritmo regular y tranquilo por las carreteras secundarias del norte de España. Era agosto, y por fin disfrutaba de mis ansiadas vacaciones. Esta vez decidí irme sola, pues me apetecía perderme entre la naturaleza y las playas semisalvajes para meditar.

Lo que más necesitaba en esos momentos era pensar con calma y hacer un balance de mi vida. Siempre eran las vísceras y las corazonadas las que hablaban por mí, así que tenía que ser más objetiva (o al menos eso era lo que decían los coaches vendehúmos de internet).

Tras regresar de mis pensamientos fugaces, me adentré en un puerto de montaña neblinoso con unas vistas espectaculares y decidí parar a tomar algo para reponer fuerzas mientras disfrutaba del paisaje. Tomé un refresco y un sándwich vegetal del hostal donde había pasado la noche y me sentí como nueva.

De forma repentina y por inercia miré el móvil sin cobertura y, para mi sorpresa, había un mensaje de él que no había visto aún:

«No puedo vivir sin ti. Por favor, dame otra oportunidad. Te quiero».

Mientras me reía y recordaba cuántas veces había leído mensajes así, apagué el móvil y lo lancé dentro de la mochila. «Qué original», pensé en voz alta.

Después, hice algunas anotaciones en mi libreta y respiré profundo durante unos minutos antes de volver a la carretera. Proseguí la marcha con el coche a un ritmo pausado; el camino seguía descendiendo por el puerto de montaña hasta llegar a un pueblecito pesquero impresionante, de los que te oprimen el corazón cuando lo ves por primera vez.

Una vez asentada en aquel lugar idílico (por un precio más que asequible), decidí dar una vuelta y estirar las piernas. El verde de la vegetación frondosa se reflejaba en el azul del mar y los colores variopintos de las casas aportaban una gracia y alegría especial al horizonte. Definitivamente, había escogido un lugar perfecto para desconectar.

Me senté en una terraza cercana a la playa a disfrutar de un delicioso café. La tarde soleada comenzaba a desaparecer y el fresco se empezaba a sentir en la piel. Después, cuando me disponía a leer el último libro que había comprado en mi reader, mis ojos desviaron la atención hacia un chico sentado en otra mesa. Debía de tener más o menos mi edad y era bastante atractivo.

«No has venido a este pueblo perdido del mundo para esto», dijo mi incipiente parte racional. Volví a intentar prestar atención al libro y di un sorbo al café, pero comencé a plantearme qué podía hacer aquel chico solo en medio una playa del norte. «Quizás está aquí por el mismo motivo que tú», pensé mientras me centraba de nuevo en la lectura y lo miraba de reojo al mismo tiempo.

Licor de estrellas

Microrrelato con el que he participado en el certamen literario Tinta lunar, de la editorial Círculo Rojo

El inspector huyó de su rutina diaria en busca de soledad. Estaba a punto de cerrar un caso sin resolver y la noche se presentaba más fría que de costumbre. La luna era su única acompañante, su mejor confidente en la oscuridad. «¿Qué es lo que no está encajando?», le preguntaba, como si ella pudiera darle una respuesta.

Le dio un trago a su petaca de brebajes, como él mismo la denominaba, y en parte logró recomponerse. Después, volvió a mirar al horizonte y la luna empezó a tornarse más brillante, hecho que inquietó al inspector. Cerró sus ojos con incredulidad y los volvió a abrir. Aquel bello satélite todavía brillaba más.

Fue entonces cuando el puzle de su mente unió las piezas que faltaban y todo empezó a cobrar sentido. ¡Vaya! Por fin había averiguado quién era el autor del crimen sin resolver y por qué el asesino había arrebatado la vida a aquella víctima. Con una gran sonrisa, el inspector dio las gracias a su luna confidente y le dedicó el último gran trago de su licor de estrellas.

Noche mágica

Era la primera vez que Mar pisaba aquellas tierras tan simples y hermosas. Sus gentes eran amables y hospitalarias, a la par que sencillas, y en parte le recordaban a los pocos habitantes que vivían en el pueblo de sus abuelos.

Había ido allí para desconectar del estrés. Allá en la gran urbe, donde vivía sola desde hacía unos años, Mar había decidido tomarse unos días libres en el primer lugar del país que se le había antojado.

«Es la noche de San Juan. ¿Por qué no ir a celebrarlo?», pensó. Y en unas pocas horas estaba en una playa perdida a más de 400 km de distancia de su casa. Se fue sola, mochila en mano, con las cosas necesarias: una toalla, un poco de comida y sus pensamientos.

Mar no era creyente, pero le gustaba conocer la historia de los lugares que visitaba. Por lo que había leído, la noche de San Juan parecía ser de origen pagano, aunque el cristianismo la adoptó y la convirtió en la festividad que hoy en día conocemos.

La versión pagana que más se repetía de esta festividad era la de que el sol se había enamorado de la Tierra, y que este se resistía a abandonarla con la entrada del solsticio de verano, tras el cual los días se acortaban.

Mientras pensaba que la versión pagana de esta noche mágica le había encantado, se adentró en una zona concurrida de la playa, donde varias familias y grupos de jóvenes se preparaban para recibir la famosa víspera de San Juan.

Eligió un lugar lo suficientemente cercano a la gente como para sentirse acompañada, pero lo suficientemente lejano como para tener un poco de intimidad. Después, dispuso su toalla frente al mar y disfrutó del sonido de las olas.

—Te falta lo más importante —oyó decir a alguien.

Se incorporó y vio a una chica de su misma edad observándola sonriente junto a dos personas más.

—¿Qué es lo que me falta? —respondió Mar.

—¡Pues hacer una hoguera! —dijo la chica mientras el resto reía y después le tendió su mano para presentarse—. Me llamo Sol.

—Encantada, yo soy Mar —respondió confusa ante el asalto inesperado de aquel grupito—. No sé hacer una hoguera, si te soy sincera. Pero no me importaría tener una, empieza a hacer frío.

—No te preocupes —contestó Sol sonriente—, estamos preparando una. Vente con nosotros.

Mar se fue con ellos a una zona con montones de comida, troncos y papeles de revistas. Sol y varias personas cavaron un gran hoyo en la arena con las manos y, en cuestión de pocos minutos, encendieron la hoguera con fuerza.

—¡Wow, me encanta! —dijo Mar, que alucinaba por la fiereza de las llamas.

Sol sonrió y todos formaron un círculo alrededor del fuego. Pronto se se sintió el calor de las brasas con las que Mar se quedaba embobada constantemente, y los demás bebían y comían mientras contaban anécdotas.

Llegada la medianoche, todos escribieron sus deseos en un papel. Después, se iban turnando para lanzarlo al fuego a la vez que saltaban la hoguera. Mar se sintió en esos momentos arropada y a gusto, como si conociera a aquellas personas desde siempre.

Pero lo que más le gustó es que, en más de una ocasión, pilló a Sol observándola con una sonrisa tímida que ella, a su vez, le devolvía. Mar vio en ella una luz diferente a la del resto de personas que había conocido hasta el momento.

Era el turno de Mar. Esta miró a Sol, apretó con su puño el papel que contenía su deseo, y se levantó para lanzarlo a la hoguera en aquella noche mágica que no olvidaría jamás.

Mar profundo

Entraste en mi vida sin que te lo pidiera, sin saber quién eras. Te confundí con un mal día, pero pasaba el tiempo y seguías presente. Eras impredecible y desagradable, no había forma de apartarte de mi camino. Me desafiabas y me machacabas psicológicamente hasta agotar todas mis fuerzas, hasta caer exhausta ante tus garras.

Me hiciste enfermar durante años. Pensé que ya no había salida, pues solo me traías soledad y oscuridad. Los miedos se multiplicaban, todas las alarmas de mi cuerpo saltaban. Nadie me entendía. No podía más. Me levantaba con desgana y me acostaba con tristeza. No había colores. No había sol, tan solo temor.

Mis sueños e ilusiones se desmoronaron. Arrasaste con todo, me dejaste sin nada en que poder apoyarme. En el espejo me enseñabas otra cara, otro cuerpo que no conocía. Era imposible reconocerme. «¿Esa soy yo?». «¡SÍ!», me contestabas una y otra vez, hasta que mi autoestima se fue por el lavabo y el rosado de mis mejillas se acabó evaporando.

Me sumergiste en un mar profundo y oscuro. En él me ahogué varias veces, y parecía hundirme cada vez más hacia adentro. Rocé el fondo, que era sombrío y silencioso. A punto estuve de quedarme allí para siempre. «No hay vuelta atrás»; «se acabó», me decías.

Un día abrí los ojos y atisbé un reguero de luz por el que guiarme. Parecía un pequeño hilo de esperanza. Nadé hasta allí con muchas dificultades, pues todo mi cuerpo pesaba demasiado, pero logré escapar de aquel mar oscuro al que me habías lanzado hacía mucho tiempo.

Salí a la superficie con fuerza y allí me quedé expectante, con miedo a que volvieras a aparecer. Solo conseguí atraerte de nuevo, incluso con más intensidad. Por supuesto, lo volviste a hacer: me atrapaste con tus sucias redes para devolverme al mar profundo y oscuro.

Por mucho que nadara e intentara escapar de allí, venías a por mí una y otra otra vez para lanzarme al abismo. Sin embargo, un día inesperado logré adelantarme a tus pasos y enfrentarme a ti cara a cara. Fue duro, pero logré ahuyentarte. Después lo volviste a intentar en otras ocasiones, pero yo ya estaba preparada para atacar.

Ya no eres esa niña…

Que abraza la felicidad con un simple juego.

Que solo sonríe en los buenos momentos.

Que llora siempre que algo no sale bien.

 

Ya no eres esa niña…

Que espera impaciente su regalo de cumpleaños.

Que se ilusiona con cualquier trivialidad.

Que teme la oscuridad de la noche.

 

Ahora eres esa mujer…

Que abraza el cariño de quien está cerca.

Que sonríe sin excepción ante las adversidades.

Que solo llora cuando ya no puede más.

 

Ahora eres esa mujer…

Que espera sin impaciencia.

Que se ilusiona nada más que cuando debe hacerlo.

Que ansía la oscuridad de la noche y el silencio.

 

Ya no eres esa niña. Ahora eres esa mujer.

En la boca del lobo (IV)

Cuarta y última parte de un thriller políciaco repleto de acción.

Vestida de incógnito me dirigí hacia la casa donde vivía mi compañero Alberto Noriega. Yo ya había informado a mi jefa de todo para que controlara todos sus pasos y conversaciones. Eso sí, le pedí la máxima discreción. “Si nos descubren, la hemos cagado, pero bien”, le dije.

Pasaron horas y horas antes de que Alberto se dignara a salir de su casa, pero en cuanto anocheció salió de su garaje con un coche de alta gama que nunca le había visto conducir. “Conque te gusta el lujo, ¿eh?”, pensé. Dejé mis binoculares nocturnos en el asiento del copiloto y arranqué el coche para seguirlo.

Por un momento pensé que lo había perdido de vista, pero logré alcanzarlo de nuevo. Nos alejamos de la zona urbana para adentrarnos en las afueras de la ciudad, allá donde vivían quienes deseaban la máxima tranquilidad. Llegamos a una urbanización de lujo, llena de chalés y casas de nueva construcción. La última vez que vi rodar el coche de Alberto fue al girar hacia una calle estrecha sin salida. Decidí entonces aparcar a dos calles de distancia y moverme a pie.

Con mi pistola y mis binoculares me acerqué hasta la callecita estrecha. La noche era cerrada, y tan siquiera las farolas conseguían aportar la luz necesaria para ver con claridad. El coche de mi compañero no estaba; probablemente lo había metido en alguno de los garajes. Fui inspeccionando cada uno de las casas, cuidando de no encontrarme con ninguna cámara de frente, hasta que vi a uno de los contactos con los que me reuní en su momento salir de un garaje con una furgoneta negra. Posiblemente llevaría dentro algo de droga.

Me escondí automáticamente detrás de un coche y esperé a que se marchara. No podía arriesgarme a ser vista, pues ya me conocía. Parecía tener prisa, así que lo dejé marchar. Después, cogí el móvil y le envié a mi jefa la ubicación en la que me encontraba. Una vez enviado el mensaje, me acerqué hacia el garaje de la casa y después la rodeé hasta llegar a la zona que parecía estar habitada. Con mis binoculares pude distinguir a varios de los integrantes de la operación que estábamos investigando. Sí, parecía que aquel era el corazón de sus negocios.

Un sonido cercano me alertó de que algo pasaba. Me giré y vi a dos hombres acercándose hacia mí mientras corrían. Yo empecé a correr también y, mientras me escondía en uno de los huecos de las paredes de la urbanización, uno de ellos me disparó en el antebrazo con un arma muy silenciosa; el otro erró sus dos tiros, pero era consciente de que venía corriendo hacia mí y en cuanto lo escuché lo suficientemente cerca me asomé para dispararlo. Le di justo en el estómago y cayó al suelo. El otro pareció retroceder, pero sabía que estaba herida y que jugaba con ventaja.

Me moví con presteza hacia el otro lado de la urbanización mientras notaba un dolor agudo en mi antebrazo. Escuché más gente a lo lejos; venían a por mí. Hacia mi lado derecho había una zona con matorrales y decidí moverme hacia allí. Empezaba a debilitarme y necesitaba ganar tiempo. Antes siquiera de poder esconderme encontré a Alberto buscándome con una linterna, así que sin pensarlo me lancé a por él. En cuanto me vio emitió un leve grito, pero le di un golpe en el cuello para que perdiera el conocimiento.

Sabía que los otros hombres nos habían oído y que vendrían a por mí más pronto o más tarde. Busqué otros lugares donde poder esconderme, pero con los matorrales hacía mucho ruido y los hombres se acercaban cada vez más. “Ven aquí, zorra”, me decían. Fue entonces cuando escuché una voz familiar. Después, más disparos y gritos. Y, por fin, el silencio. De nuevo escuché la voz familiar, que era la de mi jefa. Solo llegó a preguntarme si estaba bien, y yo le respondí que sí antes de empezar a marearme. De ese día ya no recuerdo nada más.

En la boca del lobo (III)

Tercera parte de este thriller políciaco cuya protagonista es una agente de campo de la unidad antidroga.

Colgué a mi jefa y empecé a dar vueltas por la casa pensativa. Estaba claro que alguien de los nuestros estaba metido o metida en aquella red de narcotráfico llevándose un buen pellizco. Enseguida recordé aquella historia de Sito Miñanco y sus colegas gallegos, que pudieron hacer crecer sus negocios con la ayuda de algunos políticos de la época. La historia siempre se repite.

Me vino entonces a la cabeza un antiguo colega que era un hacha en el mundo del hackeo. Había sido contratado por nuestro departamento para rastrear ciertas pistas, aunque tenía que pisar la cárcel de vez en cuando por infringir multitud de leyes de seguridad cibernética. Yo sabía que para contratarlo había que pagar un precio muy alto, pero mi desesperación me obligaba a actuar.

—¿Sí?

—Hola, Fran.

—Hola, ¿quién es?

—Soy Camila.

—Ah, vaya, Camila. Cuánto tiempo sin saber de ti. ¿Qué necesitas?

Agradecí que al menos fuera directo al grano.

—Necesito pedirte un favor.

—Cuéntame, de qué se trata.

—Necesito que investigues a mi equipo.

Pasó un tiempo antes de que Fran contestara.

—Esto que me pides… no es normal.

—Lo sé, pero te necesito más que nunca, Fran. Es cuestión de vida o muerte.

—Ya, bueno. Pero ¿qué me llevo yo a cambio?

—¿Qué quieres?

—Teniendo en cuenta lo que me pides, un millón —Parecía que había terminado la frase, pero añadió rápidamente antes de que me diera tiempo a contestar—; y que me quiten los dos años de condicional.

—Eso es imposible, Fran. No sé si te das cuenta, pero de momento estoy sola en esto.

Cuando pensé en mi respuesta, me di cuenta de que mi subconsciente hablaba por mí; necesitaba a alguien de dentro, pero hasta que no averiguara quién era el traidor, no podía confiar en nadie.

—Yo no soy una ONG, Camila. Y esto que me pides no es un simple favor.

Continué dando vueltas por la habitación y me asomé al salón para observar a mi pareja mientras veía la tele.

—Déjame que negocie la reinserción. Pero de pasta, no puedo darte esa cantidad. Como mucho, dos cientos mil.

Mi colega informático no decía nada hasta que, al fin, se dispuso a hablar.

—Lo pensaré —dijo.

—Tengo prisa. Esto no puede esperar.

Lo oí resoplar y quejarse en voz baja.

—Está bien, pero averíguame lo de la cárcel cuanto antes.

—De acuerdo.

—Otra cosa más —dijo.

—¿Qué?

—Quiero tu moto.

“¡No, mi Harley querida, no!”, pensé conteniendo mi rabia.

—Está bien.

Tras varias horas de espera y a punto de rozar la desesperación, al fin recibí una llamada.

—¿Sí?

—Lo tengo, Camila —dijo Fran con convicción.

—¿Quién es?

—Alberto Noriega.

—No puede ser, ¿el tirillas? —le dije.

—De tirillas nada, tiene un cuerpazo.

—¿Qué has encontrado?

—Conversaciones con ellos en clave. Está metido hasta las trancas.

Tenía sentido: Alberto era un chaval recién salido del huevo que acababa de empezar con nuestra unidad. Por el momento se limitaba a oír, callar y servir cafés a sus superiores, por lo que cumplía el perfil de novato ambicioso con ansias de poder.

—Gracias, Fran. Tus papeles están en marcha. Y de la pasta… y la moto, hablaremos.

Por suerte, moverse en esos lares y conocer a la gente de los tribunales también tenía sus ventajas, y con un par de llamadas más un favor a devolver logré que tramitaran la reinserción de mi colega.

Una vez terminada la conversación con Fran le di un beso a mi pareja para despedirme. Solo le dije que tenía que irme, una frase que estaba más que acostumbrado a escuchar y que ni siquiera me replicaba. Sin embargo, esta vez me contestó un “ten cuidado” que me dejó helada.