En la boca del lobo (I)

Una agente de campo de la unidad antidroga sufre las consecuencias de su última investigación.

La media de horas de sueño desde que pasó todo es de cuatro horas. El resto me las paso observando a mi pareja mientras duerme y, una vez consigo relajarme con el sonido de su respiración, me vienen de nuevo las imágenes: mi compañero detrás de mí para cubrirme mientras me acerco corriendo a nuestro objetivo y un disparo seco y momentáneo en su nuca que me hace esconderme de forma automática. Podría haber sido yo perfectamente. O nos podrían haber matado a los dos.

Mi pareja respira tranquila. Él me acompaña durante todo este tiempo sin quejarse demasiado. Aún no comprendo cómo lo aguanta. Me acuerdo de cómo nos conocimos y se me asoma una sonrisa de felicidad: estaba en el garito más mugriento de Alicante, pero en el que mejor música suena; él con su cerveza y yo con mi segunda copa en el cuerpo. “No te van las emociones fuertes, ¿no?”, le dije señalando su bebida. “Soy un chico de costumbres”, respondió con simpatía y timidez. Me gustó desde el principio y, como no soy de alargar demasiado mis conversaciones ni mis citas, me lancé a besarlo. Él se quedó algo impactado, pero continuó besándome. A la semana siguiente volvió a suceder, y a la siguiente…, hasta que uno de esos días me dijo que le gustaba, y mucho, y que si quedábamos a tomar un café. Al principio me negué en rotundo, pero mi inconsciencia me hizo cambiar de opinión y asentí.

La primera tarde de los muchos cafés que nos tomamos fue estupenda. Su compañía me ayudaba a calmar mis nervios y a dejar de pensar tanto en los problemas. Solo me preguntó una vez por mi trabajo, a pesar de que mi “soy funcionaria y trabajo muchas horas para compensar la media” no pareció convencerle del todo. Después, llegó el día de lo inevitable: me dijo que me quería y que deseaba ir más allá conmigo. Yo le respondí que vivir conmigo no era nada fácil. Él no dijo nada y yo dejé pasar unos segundos para asimilar que por primera vez estaba enamorada de alguien. “Puedo desaparecer en cualquier momento. Durante días. Y nunca podré decirte por qué. Puede que no vuelva nunca.” Él me cogió de la mano con seguridad y me dijo: “ok, funcionaria”.

Mi móvil empezó a vibrar en la mesita de noche. Aunque se trataba de uno de esos números indescifrables, sabía que era mi jefa. Ella era muy de llamar de repente cuando había encontrado alguna pista importante y necesitaba tenerme en la oficina cuanto antes para verificar los datos.

—Voy para allá —le dije tras descolgar.

—Camila, no, espera—me respondió—. Tenéis que salir de ahí cuanto antes. Han descubierto dónde vives.

Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza. Mi casa, la inexpugnable, de la que se supone que nunca jamás iba a saber nadie.

—No puede ser, ¿cómo coño lo han conseguido averiguar? —susurré alterada mientras me levantaba de la cama.

—Aún no lo sabemos, pero lo vamos a averiguar. Ahora escúchame bien: lo que tenéis que hacer es salir de ahí cuanto antes. Os espera en la puerta una furgoneta negra y hay una unidad vigilando en los alrededores. Coged lo imprescindible. —Mi jefa esperaba a que le dijera algo, pero yo seguía en shock—. Camila, ¿me has oído?

—Sí.

Colgué el teléfono y desperté a mi pareja. “Tenemos que irnos, cariño. Levántate y vístete rápido”. Él parecía no entender lo que le decía, pero en cuanto me vio abrir la caja fuerte del armario para sacar mi pistola, su rostro palideció. Era la primera vez que la cargaba y usaba allí, delante de sus narices. Solo pude decirle que lo sentía y él —todavía incrédulo— se colocó los vaqueros y la camiseta del día anterior. Yo terminé de vestirme y con mucho cuidado le fui dando las indicaciones para salir de allí. En ese momento dejé de ser la Camila tranquila y apacible que él conocía y me convertí en la profesional que pertenecía a la unidad de élite antidroga desde hacía años.

La escalera

Las divagaciones de un hombre que alcanza su paz interior.

A veces se pregunta si es solo el tiempo o su forma de ser la que ha cambiado, pero jamás había sentido tanta paz en sus adentros. Como si un solo de piano lo acompañara a todas partes, ha aprendido a aceptar la realidad que lo rodea: en lo positivo se regocija y respecto a lo negativo, ha aprendido a ignorar.

Es increíble como el tiempo enseña a distinguir entre los gestos de admiración y de envidia, entre las palabras sinceras de amor y las de puro cinismo, o entre las miradas de complicidad y las de aversión (que suelen ser mutuas). Pero, como en un prado verde y llano, se siente neutral. No hay muros ni montañas, solo agua y cantos de pájaros.

Ha aprendido a respirar con calma y a escuchar más que a hablar. A veces se preocupa de su estado no catatónico y se pregunta en más de una ocasión si ya está todo lo malo pasado o es que ha sido solo una visión, como en las películas de dudoso final. ¿Es él quien ha cambiado? ¿Ya lo ha llorado y odiado y vivido todo?

Quizá solo significa que ha aprendido a aceptar y a querer. Quizás ha aprendido a ser más fuerte que nunca y se encuentra en el último de los peldaños de la escalera que la vida representa. Y, sin duda, esto también es gracias a unas personas que no destacan por cantidad, sino por el valor que han aportado a su vida.

Entre dichas personas, unas ocupan su tiempo y su corazón desde hace años; otras en cambio han salido de la nada y le han enseñado lo que es amar de verdad la vida. En todas ellas y en sí mismo se va a apoyar para no volver jamás al profundo y oscuro hueco de la escalera que visitó en un par de ocasiones y del que tanto le ha costado escapar.

En cualquier caso, no piensa bajar.

Cíclico

La vida se reduce a ello, a lo cíclico.

La alarma del despertador,

el perfume de tu pecho,

las aguas rugiendo bajo la ducha,

el aroma a café tostado.

Un beso, adiós, me voy.

 

La calma de la mañana,

las prisas de la gente,

el mar de fondo con su grandeza.

Los buenos días de siempre,

los quehaceres otra vez.

 

Las pantallas que acaparan,

la comida entre risas,

el frío de la noche temprana,

un poco de ejercicio,

cuídate, hasta mañana.

 

La cálida vuelta a casa,

las manos entrelazadas,

los fotogramas compartidos,

una dosis de abrazos y caricias.

Buenas noches, que duermas bien…

Ya está aquí…

El último relato del año.

El olor a castañas invade las calles. Viene el frío para quedarse y las sonrisas de pequeños y grandes posponen los problemas de siempre. Las luces y el hórror vacui reinan en las tiendas y los balconesLas familias se unen y los amigos se reencuentran. Un soplo de aire nuevo nos visita: aunque sea el mismo de todos los años lo esperamos con cierta ilusión; y con nostalgia, pues no dura para siempre.

Hay un año nuevo a la vuelta de la esquina que esperamos con incertidumbre y que nos hace reflexionar…

¿Qué he hecho bien?

¿Qué he hecho mal?

Esto lo tengo que cambiar…

Sabemos que no va a durar por mucho tiempo, así que nos agarramos a su brevedad sin querer soltarnos. Queremos vivir más, sentir más, beber más… Con mayor compañía o con menor soledad.

Ya está aquí la Navidad…

¡Felices fiestas a tod@s!

 

 

 

 

 

 

Soy yo, la muerte

Es la muerte que te habla, directamente.

Me crees lejana, pero te observo siempre desde mis tinieblas. Piensas que jamás iré a visitarte, pero te equivocas. Lo haré. Aún no he decidido cuándo ni cómo: quizá sea tarde, de madrugada; tal vez por la mañana, al despertar. Sé que no me crees. Sé que quieres quitarme de tu cabeza, pero siempre estoy ahí: en cada paisaje que ves, en cada bocado que pruebas. Nunca me escondo; por eso me temes. Por eso te inquietas con cada sonido que oyes. Por eso te estremeces al oír el tañido de las campanas, porque van al son de mis pisadas.

Me crees cruel, pero no sabes muy bien por qué: porque soy impredecible; porque hago sufrir; porque no me puedes controlar. Sueles pintarme de negro, como la noche sin luna. A veces me tiñes de rojo también. Y de blanco es como me quieres ver. ¿Por qué me evitas cuando estoy cerca? ¿Por qué te quita el sueño hablar de mí? Con mi enemiga no sufres tanto. Ella, igual que yo, se presenta en cada lugar que visitas, pero no la quieres ver; ella pasa desapercibida en cada sonido que oyes. A ella no la temes como a mí… peor que eso; a ella la olvidas.

Ilusiones

Una joven pide consejo en una reveladora tarde de domingo. ¿Conseguirá resolver sus dudas?

Cada tarde de domingo que salía a correr la encontraba sentada en el mismo banco, frente a aquel pequeño universo de agua. Era un parque inmenso, pero ambas compartían el don de la rutina y desde hacía tiempo se había convertido en una costumbre: la joven apuraba su marcha, estiraba sus músculos y se subía la cremallera de la chaqueta para no helarse. La anciana la miraba sonriente y hacía un hueco a su lado para que se sentara. Durante un rato el silencio las acompañaba, hasta que la joven se disponía a hablar.

—He tenido una semana reveladora —dijo—: creo que, por fin, he madurado.

La mujer la escuchaba con atención, a pesar de que seguía mirando el agua fijamente.

—Estoy enamorada —continuó la joven—, pero me he dado cuenta de que el amor ya no es un pilar tan importante en mi vida. Ahora quiero realizar otras actividades que me llenen, como estudiar, viajar, leer…; luchar por tener una vida plena, pero sin necesidad de depender de nadie más que de mí.

—Comprendo. ¿Y qué problema hay con eso, cielo? —preguntó la anciana.

—Pues que por un lado estoy feliz, porque he ganado confianza en mí misma y ahora tengo las cosas más claras pero, por otro lado, tengo miedo de las consecuencias de este cambio. ¿Significa que perderé las ilusiones de mi juventud, que dejaré de <<sentir>> como lo hacía antes?

La anciana esbozó una pequeña sonrisa y dejó de fijar su vista al frente para mirarla.

—Significa que has aceptado que estás sola frente a este mundo. No debes tener miedo.

Por ti

Una carta dirigida al amor.

De niña te imaginaba como en un cuento de hadas, de vivos colores y lleno de fantasía. Tus finales felices perduraban para toda la vida. Eras belleza y perfección. La perfecta mentira. Eras el que más protagonismo tenía en todas y cada una de mis historias.

De adolescente eras obsesión, posesión, desconocimiento. Te recordaba en cada suspiro y rostro que se me antojaba; te quería todo entero para mí. Una vez, sin embargo, llegó el día y apareciste sin que te lo pidiera…; viniste con la intención de quedarte, pero me engañaste. Todavía recuerdo cuánto me hiciste sufrir…

De adulta te ando buscando en varios frentes, siempre desde el miedo y la desconfianza. En algunos voy ganando y en otros voy perdiendo. Aunque te he sentido varias veces, muchas han sido a lo lejos. No obstante, ahora te siento muy cerca. Quizá demasiado. Porque quemas, dueles. Permito que hagas y deshagas como quieras. Te consiento más que antes.

De anciana deseo que estés presente en mi vida, en cada gesto, en cada sonrisa. Te quiero sincero, no interesado ni fingido. Espero que cuides de mí y que jamás me abandones, pues serás de lo poco que me quedará por vivir. Nunca me olvides y yo haré lo propio contigo. Porque mi intención es cerrar los ojos sonriendo por ti.