En la boca del lobo (III)

Tercera parte de este thriller políciaco cuya protagonista es una agente de campo de la unidad antidroga.

Colgué a mi jefa y empecé a dar vueltas por la casa pensativa. Estaba claro que alguien de los nuestros estaba metido o metida en aquella red de narcotráfico llevándose un buen pellizco. Enseguida recordé aquella historia de Sito Miñanco y sus colegas gallegos, que pudieron hacer crecer sus negocios con la ayuda de algunos políticos de la época. La historia siempre se repite.

Me vino entonces a la cabeza un antiguo colega que era un hacha en el mundo del hackeo. Había sido contratado por nuestro departamento para rastrear ciertas pistas, aunque tenía que pisar la cárcel de vez en cuando por infringir multitud de leyes de seguridad cibernética. Yo sabía que para contratarlo había que pagar un precio muy alto, pero mi desesperación me obligaba a actuar.

—¿Sí?

—Hola, Fran.

—Hola, ¿quién es?

—Soy Camila.

—Ah, vaya, Camila. Cuánto tiempo sin saber de ti. ¿Qué necesitas?

Agradecí que al menos fuera directo al grano.

—Necesito pedirte un favor.

—Cuéntame, de qué se trata.

—Necesito que investigues a mi equipo.

Pasó un tiempo antes de que Fran contestara.

—Esto que me pides… no es normal.

—Lo sé, pero te necesito más que nunca, Fran. Es cuestión de vida o muerte.

—Ya, bueno. Pero ¿qué me llevo yo a cambio?

—¿Qué quieres?

—Teniendo en cuenta lo que me pides, un millón —Parecía que había terminado la frase, pero añadió rápidamente antes de que me diera tiempo a contestar—; y que me quiten los dos años de condicional.

—Eso es imposible, Fran. No sé si te das cuenta, pero de momento estoy sola en esto.

Cuando pensé en mi respuesta, me di cuenta de que mi subconsciente hablaba por mí; necesitaba a alguien de dentro, pero hasta que no averiguara quién era el traidor, no podía confiar en nadie.

—Yo no soy una ONG, Camila. Y esto que me pides no es un simple favor.

Continué dando vueltas por la habitación y me asomé al salón para observar a mi pareja mientras veía la tele.

—Déjame que negocie la reinserción. Pero de pasta, no puedo darte esa cantidad. Como mucho, dos cientos mil.

Mi colega informático no decía nada hasta que, al fin, se dispuso a hablar.

—Lo pensaré —dijo.

—Tengo prisa. Esto no puede esperar.

Lo oí resoplar y quejarse en voz baja.

—Está bien, pero averíguame lo de la cárcel cuanto antes.

—De acuerdo.

—Otra cosa más —dijo.

—¿Qué?

—Quiero tu moto.

“¡No, mi Harley querida, no!”, pensé conteniendo mi rabia.

—Está bien.

Tras varias horas de espera y a punto de rozar la desesperación, al fin recibí una llamada.

—¿Sí?

—Lo tengo, Camila —dijo Fran con convicción.

—¿Quién es?

—Alberto Noriega.

—No puede ser, ¿el tirillas? —le dije.

—De tirillas nada, tiene un cuerpazo.

—¿Qué has encontrado?

—Conversaciones con ellos en clave. Está metido hasta las trancas.

Tenía sentido: Alberto era un chaval recién salido del huevo que acababa de empezar con nuestra unidad. Por el momento se limitaba a oír, callar y servir cafés a sus superiores, por lo que cumplía el perfil de novato ambicioso con ansias de poder.

—Gracias, Fran. Tus papeles están en marcha. Y de la pasta… y la moto, hablaremos.

Por suerte, moverse en esos lares y conocer a la gente de los tribunales también tenía sus ventajas, y con un par de llamadas más un favor a devolver logré que tramitaran la reinserción de mi colega.

Una vez terminada la conversación con Fran le di un beso a mi pareja para despedirme. Solo le dije que tenía que irme, una frase que estaba más que acostumbrado a escuchar y que ni siquiera me replicaba. Sin embargo, esta vez me contestó un “ten cuidado” que me dejó helada.

No me arrepiento

Un ejercicio de introspección.

En ocasiones es necesario echar la vista atrás y mirar en perspectiva nuestras acciones pasadas. Yo lo hago de vez en cuando y suelo encontrarme con respuestas que en su momento ignoraba o no quería ver: egoísmo, excusas, falta de madurez, impaciencia; también me encuentro con (in)conformismo, buenas y malas decisiones, momentos de lucidez…

Quizás con el tiempo continúe repitiendo alguna de estas acciones (o todas ellas, a modo de patrón), pero desde luego solo sé que seguiré aprendiendo de cada una de ellas; que intentaré mejorar todas las que sea posible mejorar; que haré lo posible por perfeccionar todas las que puedan ser perfeccionadas; y, sobre todo, lo que voy a intentar siempre es no arrepentirme de ninguna de ellas. Jamás.

Contigo

Relato en primera persona sobre la espera en el amor.

¿Quién dijo que había que esperar al tiempo? Yo no puedo ni quiero esperar. Quiero encontrarme contigo de nuevo, conquistarte. Ha pasado tanto tiempo que me estoy quedando sin fuerzas. Sin aliento.

Cada noche te busco y solo alcanzo tu reflejo. Con él logro despertar de mi sueño profundo. Con él me alimento hasta el atardecer dorado, en busca del mar, donde siempre me encuentro.

Allí te observo a los lejos, en un cielo que se va apagando. Me tengo que marchar, pero no quiero. Quiero reunirme allí contigo, en las aguas profundas que aguardan mis secretos hasta el amanecer.

Vuelvo a casa, que no es hogar. No si tú no estás, pues hace frío, y viento, y ruido. En el humo del cigarro me cobijo hasta que las fuerzas me abandonan. Y me adentro de nuevo en el sueño del que quiero despertar; pero contigo, en carne y hueso.

Miedos

¿Quién no tiene miedo(s)?

Miedo a salir.

Miedo a dejarse llevar.

A hablar ante decenas de personas.

Miedo a amar y a ser amado.

Miedo a sufrir.

 

Miedo a meterse en un agujero sin ventilación.

A entrar en una calle sin salida.

A fracasar.

Miedo a estar solo en casa.

O sola en cualquier lugar.

 

Miedo a morir.

Miedo al qué dirán.

A no ser igual que los demás.

A saltar desde las alturas.

Miedo a cambiar.

Un monstruo vino a verme

Este relato está basado en una historia real.

Ese día iba a ser diferente para mí, y lo sabía. Algo en mi interior me lo decía. Aún así, actué con total normalidad: me levanté a las 7 para darme una ducha rápida, desayuné y me vestí con la ropa habitual para ir a trabajar.

Él se levantó justo cuando iba a marcharme, y me retuvo a sabiendas de que algo le escondía:

—¿No vas a ir a trabajar, verdad? —me preguntó.

—Quiero estudiar, ya te lo he dicho. Esos exámenes son muy importantes para mí.

—¿Para qué quieres estudiar ahora, si ya tienes un trabajo?

—Porque me gusta esa carrera —le respondí.

Empezó a cambiar la expresión de su cara, aunque seguía usando su tono normal de voz.

—Vamos, cariño, ya lo hemos hablado mil veces. Es necesario que trabajemos los dos para que nos podamos comprar cuanto antes esa casa que tanto nos gusta. Sabes que te quiero muchísimo y que estoy deseando que nos vayamos allí para asentarnos —Empezó a acariciarme con cuidado el rostro y a besarme—. Vamos, cielo. Dime que tú también lo estás deseando.

—No lo sé. Necesito pensar más en ello. Creo que no debemos precipitarnos.

—Venga, nena, no hay que pensar tanto —Empezó a abrazarme con fuerza—. Queremos estar juntos, y eso es lo más importante.

Me aparté de él con brusquedad y lo miré a los ojos con firmeza.

—Para mí estudiar también es importante, y quiero hacerlo.

Su sonrisa desapareció. Yo empecé a tener bastante miedo, pero al mismo tiempo sentí una liberación por haber dicho por primera vez lo que sentía y no lo que fuera necesario para complacerle. Él comenzó a dar vueltas a mi alrededor, inquieto, hasta que de manera repentina se acercó a la puerta de la entrada y la cerró con llave.

—¿Dónde están tus llaves de casa? —me preguntó.

Sentí pavor ante sus palabras. Las llevaba en el bolsillo de mi chaqueta, pero era la única manera de poder salir de allí. No le respondí nada, solo negué con la cabeza.

—¡¿DÓNDE ESTÁN?!

Me empujó hacia el suelo con violencia y mis llaves sonaron. Entonces, aquel individuo con el que convivía se transformó en un monstruo.

Este relato está basado en una historia real; en mi propia historia real para ser exact@s. Aunque sigan existiendo personas que niegan la situación real de desigualdad e injusticia que sufrimos las mujeres día a día; aunque no quieran ver más allá de sus convicciones e intereses personales, lo conseguiremos. Lograremos que esto acabe.

NI UNA MÁS. NI UNA MENOS. BASTA.

Sorteo de tres ejemplares de “Los caminos de la lucha” en Instagram

Esta semana os invito a participar en el sorteo de tres ejemplares en papel de mi novela “Los caminos de la lucha: convicciones”. Para participar tenéis que seguir estos dos sencillos pasos:

1. Seguirme en  mi perfil de Instagram (@aitanamoralestrocoli)

2. Comentar la publicación del sorteo en Instagram etiquetando a dos amig@s.

¿Fácil, verdad? El martes 5 de marzo a las 23:59 finalizará el sorteo. Y el miércoles 6 de marzo publicaremos en Instagram el nombre de las tres personas ganadoras que disfrutarán de este thriller de infarto.

NOTA: solo válido para ESPAÑA.

¡Empieza el sorteo! ¡Suerte! 😉

El ritual (II)

Continuación de “El ritual (I)”, un relato de suspense donde se interpone la ambición de poder.

De rodillas frente a él se encontraba el hombre que había cambiado su vida; para bien y para mal. Pero, lejos de mostrar esos aires de suficiencia y de soberbia de cuando se encontraron por primera vez, esta vez sus ojos reflejaban el peor de los miedos, el miedo a morir.

Aquel hombre que lo tenía todo y que había intentado utilizarlo a él como a otro de sus secuaces, se había equivocado. Lo había subestimado. Su traje ya no estaba impecable, sino sucio y arrugado; su pelo ya no estaba perfectamente peinado, sino manchado de sudor y sangre; intentaba mostrarse imponente, pero su voz temblorosa lo delataba:

—Te estás equivocando —dijo—. En cuanto vean lo que has hecho irán a por ti.

—Puede ser —le contestó el joven con la pistola apuntando a su cabeza—. Pero también es posible que les esté haciendo un favor a todos. Seguramente te odien hasta la médula y no hayan tenido el valor para matarte aún. Pero yo no te tengo miedo.

—¿¡Qué estás diciendo, chaval!? —respondió nervioso, como una presa que no tiene escapatoria—. Ellos no son nadie sin mí. Ni tú tampoco —decía mientras intentaba desatarse las cuerdas de las manos sin éxito—. Si no me hubieras conocido no tendrías donde caer muerto. ¿De dónde es has sacado esa pistola, eh? ¡Mía! ¡Es mía! ¡Yo te la di!

Cansado de oír sus palabras, le disparó. Después miró sus propias manos manchadas de muerte y pensó en repetir de nuevo el ritual; aquel que empezaría a practicar (desde ese día) con asiduidad.