Lecturas de cuarentena

No sé a vosotros, pero a mí estas semanas de confinamiento me han servido para ponerme al día con los libros que tenía entre manos. Y para ver series. Eso también. Cuánta razón tenía mi prima (y amiga y lectora de este blog) cuando me decía al inicio de la cuarentena que debería haber cambiado el título del blog por algo así como Con tiempo para leer. Le doy toda la razón.

Por eso, y por si os sirven de inspiración durante estos días, os comparto algunas de mis lecturas de esta cuarentena:

  • El color de los secretos

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Esta novela y su autora (Lindsay Jayne Ashford) han sido todo un descubrimiento para mí. Está ambientada en la Segunda Guerra Mundial y relata la vida de una mujer (Eva) que cree haber perdido a su marido durante la guerra. Eva se enamora de un soldado estadounidense de origen afroamericano y tanto ella como su familia se verán envueltos en el mundo racialmente hostil de la época.

  • Y los trajo la marea

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Se trata de un thriller corto con tintes históricos que está ambientado en las playas de Australia. Su autora indie, María Mallorquín, relata la vida de una alta ejecutiva con problemas personales que busca la tranquilidad de un pueblo costero. Sin embargo, la protagonista se encontrará con una situación inesperada relacionada con el crimen y el misterio.

  • Vistiendo a Laura

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La escritora de esta deliciosa novela, Cristina Pernas, nos transporta a dos épocas muy diferentes (o quizá no tanto) unidas por un mismo hilo conductor: un precioso Mainbocher verde. «Una historia a caballo entre el género histórico, la intriga y el realismo fantástico, hilvanada de forma que la ficción se entremezcla con testimonios reales de la guerra civil española», tal y como nos describe la autora.

  • Otra luna enterrada

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Esta es una novela original, trepidante y llena de magia (en todos los sentidos). Su autor, Guillermo Estiballes, nos cuenta la historia de tres amigos que por diversas razones deciden convivir en una villa valenciana del siglo XIX llena de secretos y misterios. Es una historia que he disfrutado línea a línea y de la que he aprendido mucho sobre la vida cotidiana de la época.

  • Martín Ojo de Plata I (Tierra Firme)

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Para terminar con mi lista de recomendaciones por todo lo alto, os comparto la primera parte de la trilogía de aventuras Martín Ojo de Plata, escrita por Matilde Asensi. Es una novela espectacular protagonizada por Catalina Solís, una joven que embarca en la flota española de Los Galeones con destino al Caribe y que se ve obligada a adoptar la personalidad de su hermano para sobrevivir a las aventuras de su viaje al Nuevo Mundo.

Hasta aquí mis lecturas más destacadas de la cuarentena. Quizá otro día os comparta más. Por lo pronto, ya tengo entre manos Los cuentos de Medley 2 del escritor alcoyano Carlos Gran, el último thriller de Juan Gómez-Jurado, una de las novelas policíacas más “clásicas” de César Pérez Gellida y, por descontado, las dos siguientes partes de Martín Ojo de Plata, que no me las pienso perder.

Un poema a la “Esperanza” (y un regalo)

Hoy os comparto un fragmento de mi segunda novela, Esperanza. Es un poema que representa en cierta medida la trama que se desarrolla durante el libro y que he pensado que puede venir bien para estos días de confinamiento. Espero que lo disfrutéis (leed hasta el final, que hay una pequeña sorpresa…).

Poema a la esperanza

Ante la culpa y la tristeza
aparecerás algún día
llena de luz y color;
darás al pueblo la fuerza,
la valentía y el honor.

Creer en ti es lo que prima,
lo que da vida a nuestro ser.
¡Vamos, apresúrate!
Antes de que sea tarde,
no nos dejes otra vez.

Volverán los campos verdes,
sonarán campanas de libertad,
existirá el amor sin límites,
el respeto y la igualdad pesarán.

Fluirá el agua de río,
los animales ya no se esconderán,
la dignidad será adorada,
el ser humano renacerá.

Para amenizar estos días, desde hoy y hasta el lunes podréis descargar GRATIS “Esperanza” en versión kindle.

Mucha fuerza y ánimo para tod@s!

El ritual del vino

Con forma de ánfora en sus orígenes;

de barril en tabernas ruidosas;

de copa en bares finos.

 

Su olor estanco es a vinagre;

de madera, limón y manzana 

es su perfume en el cristal.

 

En la mano se refleja como un rubí o un diamante.

Lloran lágrimas cuando lo zarandeas.

Al trasluz es como el fondo del mar.

 

Se degusta con familia o amigos,

con pareja o con amantes.

Es el mejor regalo en soledad.

 

Sabe a la frescura de los cítricos,

al encanto de las uvas pasas

o al poder de muchos años de espera.

 

Siempre va antes del queso,

porque si no «te la pueden dar…».

Con chocolate —¿por qué no?— también se puede probar.

 

Tomarlo es un placer para muchos.

Una religión para otros.

Y para unos cuantos (me incluyo) se convierte en ritual.

Pronto…

Pronto podremos disfrutar del aroma de las flores ahora que la primavera ha despegado; pronto sentiremos el hormigueo del agua fría en nuestra piel.

Ya falta poco para que el sol abrigue nuestro rostro con sus rayos dorados. Ya queda poco para los abrazos, para los besos con los nuestros. 

Pronto sentiremos de nuevo el calor de sus manos. Pero ahora debemos ser fuertes. Más que nunca. Porque nos necesitan. Porque nos necesitamos.

Ella

Se levanta bien temprano, a las 6 a.m. Ya tiene la bolsa del gimnasio preparada y, mientras acude al garaje, se toma su batido “energizante”. Termina su intensa clase de spinning y después se viste y maquilla para acudir al trabajo. Odia ponerse esa falda de tubo, pero es lo que exige la empresa respecto a la indumentaria femenina. Ellos, con pantalón.

Aparca su coche y, de camino al trabajo, un grupo de hombres cuchichea y sonríe cuando ella pasa. Uno de ellos, además, la saluda como si la conociera de algo. Ella los ignora y acude a la oficina, donde empieza con sus tareas rutinarias: reuniones con clientes, cafés, documentación, “qué guapa vienes hoy” y los “¿cómo estás, cariño?”, que nunca faltan.

Sale del trabajo a prisas y carreras para recoger a sus hijos al colegio. Su marido es quien los lleva por la mañana, mientras que ella sale un poco antes del trabajo para poder recogerlos por la tarde; un acuerdo, por cierto, que le costó de negociar en la empresa. Durante el trayecto intenta adelantar a un camión, pero en cuanto el camionero se gira y la ve, este empieza a acelerar para que no pase.

Después de unas cuantas vueltas por las inmediaciones del colegio, por fin recoge a sus hijos en la puerta.

—¡Hola, mamá!

—Hola, ¿qué tal ha ido el cole?

—Muy bien. Mañana tenemos el cumple de Sonia. ¿Y, sabes qué? Le vamos a regalar un bebé que llora cuando no le das de comer.

De regreso a casa, sus hijos hacen los deberes y ella se tumba en el sofá un rato. Mientras pasan algunos anuncios de cremas reductoras y antiarrugas capitaneadas por señoras mayores de buen aspecto, se queda dormida. Pero la tregua dura poco, porque los chillidos de sus hijos la despiertan:

—¡Mamá!

Suspira.

—Sí, ya voy…

Deseos

Encuentran un lugar paradisíaco, huérfano de vida humana. Ella recorre el agua cristalina con su mano mientras él la observa sonriente.

La besa. Sus labios saben a salitre y arena. Ambos ríen, y él se centra en sus ojos claros mientras piensa:

Ojalá esto sea un reflejo de la eternidad.

Dulce final

Mi vida ahora mismo se ciñe al silencio, al sonido de los niños y niñas jugando en la distancia. En el cielo se distinguen las últimas gaviotas que acompañan al sol en su despedida.

Cierro los ojos y siento el frío de la nieve en lo alto de las montañas. Frío. Nada más. Allí es donde quiero estar.

El filo del cuchillo me roza la piel y la humedad se desprende por todo mi cuerpo. Ya casi alcanzo el pico de las montañas. Cuesta respirar, pero sonrío cuando avisto mi meta a los lejos.

Perseguidos

A las tres de la mañana, la ciudad atesora mejor que nadie los secretos más íntimos de sus habitantes. Por eso, Diana y Sebastián se mueven en ella como peces en el agua. Conduce ella con su habitual suavidad, lo que le viene muy bien a Sebastián para la traza de sus planes y, por qué no, para echar una cabezadita de vez en cuando.

—Ahí delante hay una gasolinera abierta —dice Diana.

—Vale, bajo yo a por provisiones.

—No, mejor voy yo, que quiero ir al baño. Y luego conduces tú, que estoy un poco agotada hoy.

Su mujer baja del coche y se dirige con sigilo a una zona escondida del fondo de las instalaciones. «Esos vaqueros claros le sientan bien», piensa Sebastián, que baja del vehículo y llena el depósito hasta arriba de gasolina. Después, compra agua, las chocolatinas favoritas de Diana y paga el total.

La pareja sale con su Audi azul y se pierde de nuevo en la oscuridad de la noche. Todo está en calma y en silencio. Diana cambia la lista de Spotify y se escuchan ahora bandas sonoras de películas que han visto en el cine. Del cielo caen gotas que pronto se convierten en una fina llovizna.

—Creo que ese coche nos sigue.

Sebastián mira a través del retrovisor y ve un coche oscuro que guarda una cierta distancia; es de alta gama, pero no reconoce el modelo. Hasta ese momento no le había prestado atención y se siente mal por ello. En eso Diana es mucho más avispada.

—¿Será la policía?

—¿De paisanos? ¿A estas horas? Lo dudo bastante.

Tras las palabras de su mujer, Sebastián se revuelve intranquilo. La policía estuvo detrás de ellos un tiempo, pero eso ya era agua pasada. Piensa en los últimos días de trabajo y no recuerda nada anormal. Él y su mujer cumplen con los plazos que les piden sus clientes y no tienen problemas. A no ser que…

—Cariño, se acercan más. Acelera.

Sebastián aprieta el acelerador y el coche empieza a rugir con fuerza por las calles de la ciudad. Su gran cilindrada permite que se alejen con rapidez, pero el coche que les sigue no tarda en hacer lo mismo. Sigue sin reconocer el modelo concreto, pero sí distingue que se trata de un BMW deportivo.

Ahora lo recuerda: aquella noche en que Diana y él entregaron una mercancía en la zona costera de Alicante y decidieron quedarse con una parte. Fue un trabajo puntual para un minorista al que le auguraron un futuro poco prometedor. Sin embargo, meses después se enteraron de que aquel tipo se había hecho grande.

—Los tenemos muy encima —dice ella.

Sebastián acelera todo lo que puede. La lluvia es más intensa y los coches parecen animales mojados en plena persecución. El Audi sigue con ventaja, aunque el BMW se acerca a un ritmo incesante. Diana grita cuando ve que el copiloto saca un arma por la ventana y Sebastián no duda ni un segundo en pisar con fuerza el freno.

—¡Agáchate!

Ambos coches pierden estabilidad tras el impacto, pero el Audi se hace de nuevo con el control. Los pierden de vista durante un rato y su mujer saca la pistola que tienen guardada en la guantera. La tregua dura poco, pues en tan solo un par de minutos el morro del BMW se asoma de nuevo por el retrovisor.

—Mierda —dice Diana—. ¿Ahora qué hacemos?

La respuesta que le viene a Sebastián a la cabeza es una auténtica locura, y lo sabe. Pero es su única opción. Mientras maneja con destreza su coche, dibuja un mapa mental de cómo llegar hasta el sitio. La lluvia impide que vea con claridad la carretera, pero confía en su instinto y en que su coche aguante la travesía.

—¿Vamos hacia el puente? Estás loco, Sebastián. Vamos a morir.

El copiloto del BMW vuelve a la carga y Diana se prepara. Se oyen dos disparos que pasan directos por la luna trasera del Audi. Después, reciben otro disparo en la rueda derecha. El vehículo se tambalea, pero Sebastián mantiene el control. Su mujer se asoma rápido por la ventana y dispara dos veces seguidas.
—Parece que le has dado en el brazo, bien hecho.

El conductor del BMW conduce con más agresividad y trata de alcanzar el Audi por todos los medios. Se escucha un pequeño golpe en la parte trasera del coche, que pierde la estabilidad durante unos segundos, pero Sebastián mantiene agarrado el volante con fuerza y se dirige al puente.

—¡Dispárales ahora!

Diana actúa con rapidez y dispara varias veces al BMW, que se mueve haciendo eses. Uno de los disparos alcanza al piloto y el coche se precipita hacia el lado izquierdo del puente. El choque contra la barandilla es tan fuerte, que el vehículo salta por los aires y cae de la construcción. Sebastián y su mujer gritan de emoción.
—Cielo, hoy nos hemos ganado unas chocolatinas…

Amigas

Susana mira al frente y sonríe de felicidad mientras se acaricia el vientre. Está sentada en el sofá de casa en uno de esos agrisados días de invierno en los que no apetece salir. A su lado se encuentra Sandra, su amiga y compañera de vida (después de tanto tiempo, aún no sabe muy bien en qué orden colocar estos sustantivos).

Sandra fue quien le cambió la vida (y viceversa). Se conocían desde el instituto; eran amigas “de toda la vida”. Estudiaban juntas, salían juntas y dormían juntas los fines de semana: eran inseparables. Nadie se extrañaba, ni siquiera ellas mismas, porque todavía era pronto para comprender.

Mientras observa a Sandra dormir la siesta envuelta en su manta color beige, Susana recuerda cómo compartían sus más íntimos secretos sobre los chicos con los que salían cuando eran jóvenes: Roberto, Javier, Dani, Fer…, por ellos se habían pasado días enteros llorando.

Fue una madrugada de diciembre, en plena época navideña, cuando todo dio un giro radical para Susana sin apenas darse cuenta, como cuando un coche da vueltas sobre sí mismo de manera repentina y su conductor queda completamente desorientado durante unos segundos.

Esa noche, Sandra y Susana salían de fiesta con amigos y se excedieron con el alcohol (como era de esperar). Volvieron a las tantas de la mañana a casa de Sandra, donde dormían sus padres, y mientras empezaban a desmaquillarse en el baño, Sandra la miró con unos ojos sinceros que asustaron a Susana. Después, vino el beso.

«¿Tú y yo, qué somos?», le llegó a decir a Susana, que no supo qué responder. Pensaba que el alcohol había sido el culpable; sin embargo, días más tarde Susana se dio cuenta de que sus sentimientos dormidos se despertaron a raíz de aquel beso, aunque ella se empeñara en ocultarlo y actuar como si nada sucediera.

Las dos amigas siguieron saliendo y estudiando juntas hasta que, meses después, Susana reuniera el valor suficiente para dar el siguiente paso. Ocurrió en verano, en concreto un domingo del mes de julio. Era el último año de universidad y sus vidas podrían tomar rumbos muy diferentes.

Esta vez, tumbadas frente al mar y recibiendo unas altas dosis de vitamina D en su piel, Susana le dijo a Sandra:

—Somos novias.

—¿Qué? —respondió Sandra con cierta perplejidad.

—Tú y yo, que somos novias. Me lo preguntaste una vez, y ahora te respondo.

Redes

En 2095 las cosas han cambiado, aunque no a mejor. No preguntes por qué, pero soy de tu misma época y he conseguido llegar hasta lo que tú llamarías “el futuro”.

Aquí —en el futuro— las calles están prácticamente desiertas. No hay transeúntes, tan solo coches y drones pululando por la ciudad. Las cafeterías, las oficinas y los colegios apenas existen, mientras que las tiendas desaparecieron hace ya mucho tiempo. A diferencia de nuestras anteriores generaciones, las personas trabajan en sus casas, toman cafés virtuales por las redes o esperan a que les llegue por dron postal el último artículo que han comprado.

Imagino que te lo estarás preguntando: lo idóneo para aspirar a una buena posición económica en el año 2095 es ser visible en las redes. Tanto para conseguir un trabajo, como para encontrar pareja o nuevas amistades, la gente se devana los sesos con tal de acrecentar su popularidad. Los tratos de favores se suceden, y mucha gente ofrece grandes sumas de dinero (incluso sexo) a quienes tienen muchos contactos, todo ello con el fin de posicionarse mejor.

Esta dinámica de vida genera una gran frustración y afecta al índice de suicidios, que cada vez son más altos. Según los expertos en psicología (tengo mucho tiempo para leer por internet), se debe a la baja autoestima que sufren las personas y al sentimiento de soledad generalizado. La ansiedad es recurrente en menores y mayores, y la obsesión por mantener una actividad cibernética constante satura las mentes humanas.

Los expertos no dejan de recordarnos la importancia de salir a la calle para aprovechar el tiempo libre y, en especial, para estar en contacto con otras personas. No sé si algún día la población volverá a la situación de antaño, es decir, la que estás viviendo tú ahora; ni si volverán los cafés, las escuelas y las oficinas físicas. Yo, desde luego, lo echo mucho de menos.