Perfume (Parte II)

El inspector Garrido y la subinspectora Pérez acceden al apartamento de Sara. Humilde, pero con gusto. La azafata viste una falda de tubo color crema, una camisa blanca de mangas anchas y unos finos zapatos negros de tacón.

—Aquí tienen sus cafés —dice la anfitriona, que desprende un sutil aroma a rosas frescas—. ¿En qué puedo ayudarles?

—Usted es la expareja de Alberto Domenech, ¿verdad?

—Bueno, más bien tuvimos un affaire que no duró mucho.

—¿Él estaba casado?

—No, pero más pronto o más tarde iba a pedirle matrimonio a alguna mujer de su mismo estatus —dice Sara—. Ya empezaba a tener una edad y, aunque no se lo crean, también tenía sus presiones para casarse y tener familia.

—¿Usted sabía todo eso mientras tenían ese affaire?

—Sí.

—¿Y le daba igual?

—Yo huyo de las relaciones formales.

—A nadie le gusta ser el segundo plato.

—Inspectores, no soy una mujer “tradicional”, ni creo en las relaciones monógamas.

Sin embargo, usa un perfume de rosas.

—¿Cómo se conocieron?

—Él es empresario, bueno, era, empresario, y yo soy azafata. Ya se pueden imaginar…

—Se encontraron en un evento.

—Sí, en una feria empresarial. Fue el año pasado.

—¿Era un hombre violento?

—Si se refiere al típico hombre que se caracteriza por dar palizas, no, no lo era.

—¿Podría explicarse mejor?

—No era un hombre violento como tal, pero sí bastante controlador. Cuando algo no salía como él quería, podía comportarse de manera agresiva.

—¿La maltrató?

—No.

Hay un silencio incómodo y la subinspectora retoma la conversación.

—Usted lo denunció hace cuatro meses por malos tratos, pero luego retiró la denuncia.

—Tuvimos una discusión acalorada y me empujó. No me gustó su reacción y fui directa a la policía a ponerle la denuncia. Después, vino a disculparse y a suplicarme que la retirara, porque eso podía dañar su imagen.

—¿Y por qué cedió?

—Porque conozco a ese tipo de hombres —me cruzo con unos cuantos todos los días, ¿saben?—, y he aprendido que cuanto menos problemas tengas con ellos, mejor. Si te enfrentas a ellos y la toman contigo, después puedes tener problemas de todo tipo, como por ejemplo a la hora de buscar un trabajo.

—¿La amenazó con dejarla sin trabajo?

—No es necesario decirlo con palabras.

—¿Le ofreció dinero?

—Sí.

—¿Y lo aceptó?

—Tampoco soy ese tipo de persona, inspectores.

Silencio de nuevo.

—¿Por qué discutieron?

—Vino a casa un día bastante borracho y yo no quería hacer nada con él. Se puso muy pesado e insistente, hasta que me enfadé y le dije que se marchara. Entonces fue cuando empezó a insultarme, y me empujó.

—¿Cuándo terminaron la relación? ¿Fue después del incidente?

—Sí, retiré la denuncia y se acabó.

—¿Usted conocía a Ignacio Ferrandiz, el empresario que ha fallecido esta misma semana?

—He oído hablar de él, pero no lo conocía en persona.

—De acuerdo, eso es todo, gracias.

 

Garrido y Pérez se marchan a la comisaría con más preguntas por resolver de las que pensaban. Deciden pasar el resto del día entre papeles, revisando cada detalle por si se les escapa algo. A la mañana siguiente, en la cafetería de las galletas caseras, los inspectores piensan que es una buena idea acudir a la oficina donde Sara puso la denuncia. Esta tarea la realizaría Pérez, mientras que Garrido acudiría a hablar con la mujer de Ignacio Ferrandiz con el fin de extraer algún dato más.

La comisaría de la zona alta es más pequeña y escueta que la que acostumbra a ver la subinspectora Pérez cada día. La hacen esperar un buen rato —a pesar de la poca afluencia de gente—, hasta que al fin es atendida por una de las funcionarias. Esta la dirige hacia la policía que firmó la denuncia de Sara, y su conversación con ella resulta de lo más esclarecedora:

—Al comienzo de la denuncia me dijo que estaba embarazada, pero luego vino expresamente a retirarla y me suplicó que borrara lo del embarazo.

Por otro lado, Garrido consigue una conversación sincera con la mujer de Ferrandiz. El inspector siempre ha sido bueno empatizando en sus entrevistas. Ella le reconoce entre lágrimas y completamente destrozada que Ignacio la maltrataba a menudo, pero que la amenazaba con dejarla en la calle si lo denunciaba.

—También sé que me era infiel.

—¿Sabe con quién estaba? —dice Garrido.

—Ha estado con muchas mujeres, inspector.

—¿Le suena esta mujer? —Garrido le muestra una foto de Sara Robledo.

—No, no la he visto nunca.

—Gracias por todo, señora.

 

En la cafetería más tradicional de la avenida, una exhausta subinspectora Pérez y un agotado inspector Garrido se encuentran para tomar un café vespertino. Tras poner sobre la mesa los últimos datos, se miran preocupados.

—Tenemos que hablar con Sara Robledo de nuevo e investigar a las amantes de Ferrandiz.

Autor: Aitana Morales

Los libros siempre nos acompañan, pero son sus historias con las que nunca dejamos de soñar. De mi amor por las historias nace ¡Sin tiempo para Leer!

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