En la boca del lobo (IV)

Cuarta y última parte de un thriller políciaco repleto de acción.

Vestida de incógnito me dirigí hacia la casa donde vivía mi compañero Alberto Noriega. Yo ya había informado a mi jefa de todo para que controlara todos sus pasos y conversaciones. Eso sí, le pedí la máxima discreción. “Si nos descubren, la hemos cagado, pero bien”, le dije.

Pasaron horas y horas antes de que Alberto se dignara a salir de su casa, pero en cuanto anocheció salió de su garaje con un coche de alta gama que nunca le había visto conducir. “Conque te gusta el lujo, ¿eh?”, pensé. Dejé mis binoculares nocturnos en el asiento del copiloto y arranqué el coche para seguirlo.

Por un momento pensé que lo había perdido de vista, pero logré alcanzarlo de nuevo. Nos alejamos de la zona urbana para adentrarnos en las afueras de la ciudad, allá donde vivían quienes deseaban la máxima tranquilidad. Llegamos a una urbanización de lujo, llena de chalés y casas de nueva construcción. La última vez que vi rodar el coche de Alberto fue al girar hacia una calle estrecha sin salida. Decidí entonces aparcar a dos calles de distancia y moverme a pie.

Con mi pistola y mis binoculares me acerqué hasta la callecita estrecha. La noche era cerrada, y tan siquiera las farolas conseguían aportar la luz necesaria para ver con claridad. El coche de mi compañero no estaba; probablemente lo había metido en alguno de los garajes. Fui inspeccionando cada uno de las casas, cuidando de no encontrarme con ninguna cámara de frente, hasta que vi a uno de los contactos con los que me reuní en su momento salir de un garaje con una furgoneta negra. Posiblemente llevaría dentro algo de droga.

Me escondí automáticamente detrás de un coche y esperé a que se marchara. No podía arriesgarme a ser vista, pues ya me conocía. Parecía tener prisa, así que lo dejé marchar. Después, cogí el móvil y le envié a mi jefa la ubicación en la que me encontraba. Una vez enviado el mensaje, me acerqué hacia el garaje de la casa y después la rodeé hasta llegar a la zona que parecía estar habitada. Con mis binoculares pude distinguir a varios de los integrantes de la operación que estábamos investigando. Sí, parecía que aquel era el corazón de sus negocios.

Un sonido cercano me alertó de que algo pasaba. Me giré y vi a dos hombres acercándose hacia mí mientras corrían. Yo empecé a correr también y, mientras me escondía en uno de los huecos de las paredes de la urbanización, uno de ellos me disparó en el antebrazo con un arma muy silenciosa; el otro erró sus dos tiros, pero era consciente de que venía corriendo hacia mí y en cuanto lo escuché lo suficientemente cerca me asomé para dispararlo. Le di justo en el estómago y cayó al suelo. El otro pareció retroceder, pero sabía que estaba herida y que jugaba con ventaja.

Me moví con presteza hacia el otro lado de la urbanización mientras notaba un dolor agudo en mi antebrazo. Escuché más gente a lo lejos; venían a por mí. Hacia mi lado derecho había una zona con matorrales y decidí moverme hacia allí. Empezaba a debilitarme y necesitaba ganar tiempo. Antes siquiera de poder esconderme encontré a Alberto buscándome con una linterna, así que sin pensarlo me lancé a por él. En cuanto me vio emitió un leve grito, pero le di un golpe en el cuello para que perdiera el conocimiento.

Sabía que los otros hombres nos habían oído y que vendrían a por mí más pronto o más tarde. Busqué otros lugares donde poder esconderme, pero con los matorrales hacía mucho ruido y los hombres se acercaban cada vez más. “Ven aquí, zorra”, me decían. Fue entonces cuando escuché una voz familiar. Después, más disparos y gritos. Y, por fin, el silencio. De nuevo escuché la voz familiar, que era la de mi jefa. Solo llegó a preguntarme si estaba bien, y yo le respondí que sí antes de empezar a marearme. De ese día ya no recuerdo nada más.

Autor: Aitana Morales

Los libros siempre nos acompañan, pero son sus historias con las que nunca dejamos de soñar. De mi amor por las historias nace ¡Sin tiempo para Leer!

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