En la boca del lobo (II)

Esta es la segunda parte de “En la boca del lobo (I)”, un relato inspirado en el thriller policíaco.

Salimos con cautela de nuestro hogar y lo dejamos todo tal cual. Yo apuntaba hacia las escaleras mientras esperábamos llegar los ascensores y rezaba para no encontrarnos con ningún vecino. Mi pareja me miraba sin decir nada. Una vez llegamos a la planta baja, salimos al rellano de la calle y, aunque no parecía haber una sola alma por allí, yo sabía que teníamos a alguien cerca. Abrí la puerta exterior con cuidado y apunté con mi pistola medio escondida en la chaqueta. Allí estaba la furgoneta prometida y no parecía haber nadie alrededor. El copiloto salió con discreción de la furgoneta y nos abrió la puerta trasera para que entráramos.

Primero entró mi pareja. Después salí yo del portal mientras agudizaba mis sentidos en todas direcciones y cuando estaba a punto de entrar en el vehículo se oyeron dos disparos muy de cerca. El copiloto cayó al suelo en un intento de disparar hacia la acera de enfrente y meterse en la furgoneta. ¡No!”, grité mientras me agachaba y corría hacia la puerta abierta del vehículo. Volvieron a disparar, pero logré esconderme detrás de la puerta. Después, me asomé con decisión hacia el lugar de donde provenían los disparos y vi la cabeza de un hombre sobresalir detrás de un coche. Estaba apuntando con su pistola hacia nuestro conductor, pero yo fui más rápida y le disparé en la frente. 

La furgoneta ya había arrancado. Me metí dentro con rapidez y cerré las puertas, lancé a mi pareja al suelo y lo cubrí con mi cuerpo. Hubo más disparos que agujerearon la chapa de nuestro vehículo, pero por suerte no nos alcanzó ninguno más. Seguramente alguien de mi unidad ya había intervenido. Cuando nos alejamos de allí me senté en el suelo y comprobé que todos estábamos bien. Yo aún respiraba con dificultad por la fatiga y mi conciencia se iba hecha añicos tras haber dejado allí a mi compañero. Porque, a esas alturas, poco podrían hacer por él.

¿Cómo es que habían descubierto mi verdadera identidad? Quizá mi compañero de operaciones (que había fallecido hacía unas semanas) y yo habíamos metido demasiado nuestras narices en aquella red de narcotráfico. Estábamos tan cerca que sentíamos el calor de las llamas, pero no podíamos echarnos atrás. Ya era tarde. Nos habíamos hecho pasar por dos contactos de otra red de narcos interesados en hacer negocios con ellos para introducir su droga en la costa de Murcia y, con ello, hacer crecer sendos negocios.

En la casa que nos habían acondicionado para permanecer encerrados sin salir hasta nuevo aviso, hablaba con mi jefa por teléfono desde la habitación mientras observaba a mi pareja leyendo un periódico en el sofá. Parecía más tranquilo que yo, aunque bien es cierto que él no solía mostrarse tenso cuando lo estaba de verdad. Yo no hacía más que darle vueltas al asunto: iban a por mí y no pararían hasta encontrarme. Además, daba por hecho que a mi casa ya no podríamos volver nunca más.

—Cocaína, hachís, marihuana y speed. Están creando todo un imperio estos cabrones —le dije en voz baja.

—Piensa, Camila, tenemos que averiguar la dirección del lugar de producción.

—¡TE DIGO QUE NO LO SÉ! —Yo misma me di cuenta de que había gritado demasiado y bajé el volumen—. Íbamos a reunirnos con dos de ellos en un punto la tarde en que mataron a Ángel. Nos los habíamos ganado ya por completo, pero alguien les dio el soplo de quiénes éramos y fueron a por nosotros. Solo te puedo decir que el punto de encuentro era el Palmeral de Elche, pero eso no tiene por qué significar nada.

Sabíamos que esa gente era peligrosa, pues acumulaban centenares de armas y tenían a su disposición toda una tropa de matones y chivatos repartidos por Alicante, pero de ahí a matar a dos de los nuestros sin pestañear, era cruzar una barrera importante. Estábamos a punto de desmontar el corazón de sus negocios y eso les estaba molestando. Ya conocíamos sus caras y sus nombres y, desde luego, actuaban así porque estaban desesperados o porque se creían intocables, en cuyo caso significaba que había más gente en su bando de la que nos imaginábamos.

—Tiene que ser alguien de los nuestros.

—No puede ser, Camila. Eso es imposible.

—¡No me toques las narices, María! Que no somos monjas de la caridad. Hay que averiguar lo que está pasando y deshacerse de esa escoria cuanto antes, porque mientras tanto voy a tener que quedarme aquí encerrada poniendo en peligro la vida de mi familia —Colgué el teléfono y miré con una mezcla de tristeza y culpabilidad al hombre de mi vida.

 

 

Autor: Aitana Morales

Los libros siempre nos acompañan, pero son sus historias con las que nunca dejamos de soñar. De mi amor por las historias nace ¡Sin tiempo para Leer!

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